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BEATO CECILIO LÓPEZ, TESTIGO DE LA FE
El día 30 de Julio celebrábamos en la parroquia de Fondón una fiesta importante: la memoria del Beato Cecilio López López, mártir por la fe en pleno siglo XX, un tanto desconocido para nuestra Iglesia de Almería. ¿Quién era este hombre y a qué dedicó su vida?
Enrique López López nació en Fondón el 25 de Junio de 1901. Sus padres, labradores sencillos y con pocos recursos, formaban, sin embargo, una familia cristiana. Sintiendo la llamada del Señor para servirle en los pobres y enfermos, a los quince años ingresó en la Escuela Apostólica de Ciempozuelos (Madrid), perteneciente a la Orden religiosa de los Hermanos hospitalarios de San Juan de Dios, donde, con buena inteligencia, adquirió una especial formación en latín y humanidades y en anatomía y medicina. En 1919 profesó solemnemente en esta Orden, y cambió su nombre por el de Hermano Cecilio, dando signos de una gran entrega a los enfermos e impedidos.
Pocos años después fue enviado a Colombia, para trabajar en los distintos hospitales que esta Orden tiene en ese país, donde se hizo famoso por sus conocimientos anatómicos y de medicina, de tal forma que fue recibió numerosas ofertas de trabajo para que dejara la vida religiosa, que muy convencido no aceptó.
En marzo de 1935 volvió a España incorporándose a la Casa de Carabanchel Alto, donde se encontraba al estallar la guerra civil de 1936, que acabó con él y con los demás religiosos de la comunidad, al ser matado cruelmente el 1 de septiembre de 1936 en Boadilla del Monte (Madrid). Tenía 35 años. Fue beatificado por Juan Pablo II, junto a otros 70 compañeros religiosos mártires Hermanos de San Juan de Dios, el 25 de Octubre de 1992.
El Beato Cecilio López tuvo claro desde el principio lo que es vivir la fe cristiana, no de una forma abstracta, con buenas palabras e intenciones, sino plenamente enraizada en la vida de cada día. Tenía muy claro por quién se tienen que hacer las cosas en esta vida, y a quién entregaba su persona, como le cuenta en una carta a su hermana María en febrero de 1930: «El que sirve a un hombre, se le muere ese dueño y... nada. El que milita bajo las órdenes de un buen general, por a o por b, lo pierde y... nada. El que se sujeta al yugo de cualquier ser humano, no podrá resistir ante el inexorable impulso de la muerte. Muere y... nada. Lo terrenal y humano desaparece, se deshace. El que sirve a Jesucristo, está sobre roca. Le sirve en esta vida con dolores y sufrimientos, pero... lo seguirá sirviendo en la otra con gloria y gozo. El servicio de Jesús es eterno».
Cristo era el centro de su vida, y por eso su fe llenó de sentido toda su persona. Escuchó la llamada del Señor a seguirle como discípulo suyo desde una entrega más generosa de su existencia, y no dudó en abrazar la vida consagrada, ingresando en la Orden de los Hermanos de San Juan de Dios, dedicados al cuidado y servicio del enfermo en hospitales y enfermerías, con gran espíritu de trabajo, sacrificio, austeridad y sencillez, a semejanza de Jesús y su evangelio.
El Beato Cecilio López supo vivir su existencia desde Dios y para los hermanos, aunque eso le costara la vida: por eso se convierte, para nosotros, en testigo de la fe, un testigo sencillo, cercano y actual que no vivió en la Edad Media, sino hace casi setenta años. Hoy tal vez no estemos llamados a dar la vida de una forma tan cruel, pero sí tenemos que entregar la vida, cada día, con nuestro testimonio de cristianos en medio del mundo, como servidores de los demás, desde la fe en Dios como centro de nuestra vida. Que la intercesión del Beato Cecilio López nos guíe e ilumine en esta tarea.
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