CARTA
Fiestas religiosas del verano
Con la llegada de los meses veraniegos, las parroquias y comunidades que dan forma eclesial a nuestras poblaciones, al igual en toda la geografía española, por estas fechas celebran las fiestas patronales y las advocaciones marianas y de los santos, que son motivo de encuentro y gozosa participación en actos religiosos y sociales sin los cuales los individuos perderían conciencia de su pertenencia a una determinado grupo humano, y la visión colectiva de la vida, que genera la cultura, perdería vigencia y plasmación social. Por algo los sociólogos han estudiado con interés la relación entre religión y sociedad y han visto en la religión un importante factor de integración social.
Sucede así que la religión se convierte en un elemento social, al margen de las creencias personales de los individuos. Por esta razón, convendría llamar la atención sobre el móvil religioso de las fiestas veraniegas para que mantengan su propia identidad religiosa. La Iglesia acoge a cuantos a ella se acercan buscando identidad en la tradición religiosa en la que la mayoría hemos crecido, pero invita a reflexionar sobre el mensaje evangélico que ha dado origen a esta visión de la vida marcada por la religión. Nuestra fe es la clave de algunas creencias fundamentales que alientan en el alma de los creyentes, y aún de los alejados de la Iglesia. Es fe en un Dios creador y providente conservador del mundo; en un Dios redentor del hombre pecador, que por puro amor sale a su encuentro y en Jesucristo le revela su misterio y, con él, el destino del hombre, creado y salvado para la felicidad eterna.
De ahí que, en María, la Madre de Jesús, el Cristo de Dios, los creyentes encuentren protección y acceso seguro a cuanto Dios ha revelado en Jesús; es decir, a la misericordia y al perdón, al auxilio divino para superar las dificultades y contrariedades de la vida, conjurar el sinsentido y poner orden en el desorden de cada día. Los creyentes han visto en María y en los santos, cuyas fiestas celebran con fe y gozoso entusiasmo, manifestaciones de la voluntad de Dios y aquella ejemplaridad de vida que ellos mismos desearían poner en práctica, pero se ven dificultados para ello por el alto ideal evangélico de vida que reflejan y la necesaria transformación de la sociedad a la que obliga esa ejemplaridad. Los creyentes son conscientes de que ellos por sí mismos difícilmente pueden lograr esa ejemplaridad sin la ayuda de aquellos que consideran amigos de Dios y cercanos a su misterio: María y los santos.
En María, se nos manifiesta la aceptación del designio amoroso de Dios y su extraordinaria cercanía al misterio de amor divino por ser la Madre del Redentor. En los santos se nos descubre la heroica voluntad de seguir el camino del Evangelio. Bien merece celebrar con fiestas que Dios haya dado a los humanos signos tan altos de esperanza y salvación. Por eso nadie debería olvidar que las fiestas cristianas tienen una identidad religiosa imposible de reducir a meros sentimientos o nostalgia de una integración social imposible o dificultosa. Detrás de las fiestas cristianas está el hecho incontrovertible del Evangelio de Jesús y su predicación y transmisión por la Iglesia. El Evangelio que ha dado sentido a las "creencias" de la tradición religiosa de los católicos.
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería |