CARTA
"Un programa para nuestra Iglesia particular"
Queridos diocesanos:
Con el término de las vacaciones estivales toda la actividad ha vuelto a ponerse en marcha y la sociedad retoma el ritmo de su propio desarrollo, todo un concierto de objetivos y de acciones para su logro más o menos inmediato. Pasadas las fiestas religiosas del verano, a las que la piedad popular concede una significación social muy grande, incluso espectacular, también la Iglesia diocesana vuelve a ocuparse de sus propios objetivos, para dar curso a un programa pastoral que le permita alcanzar la meta a la cual tiende toda la acción de la Iglesia: la evangelización de la sociedad. Porque la Iglesia no tiene razón de ser en sí misma, sino para la misión a la que fue enviada por su Fundador: la proclamación del Evangelio y la convocación de todos los hombres en su propio recinto.
Es el mismo Jesús resucitado quien convoca a la humanidad e invita a todos los seres humanos a entrar en la Iglesia como ámbito de la redención. Por medio de la predicación de Pedro y de los Apóstoles, dice la crónica del Libro de los Hechos, que narra los orígenes de la predicación cristiana y la primera expansión de la Iglesia, "el Señor agregaba al grupo a los que cada día se iban salvando" (Hech 2,47). Es decir, aquellos que aceptando el Evangelio se reconocían salvados por la muerte y resurrección de Jesús y se incorporaban a su Iglesia como ámbito donde alienta la esperanza de la salvación.
Cualquiera, puede, pues, interpretar con razón que la Iglesia busca hacer discípulos de Jesús y que todo cuanto realiza lo hace para lograr este objetivo, programa permanente de la vida de todos los cristianos: servir a la misión para la que han sido enviados como testigos de la esperanza de salvación.
Esto supone para la Iglesia acertar a transmitir un mensaje que el hombre actual no acepta con demasiado agrado. ¿Cómo puede convencer la Iglesia al hombre de hoy que necesita de salvación? Más aún, ¿cómo puede acertar la Iglesia a transmitir la idea de que la salvación se comunica a través de su propia realidad humana, una comunidad de fe formada por hombres y mujeres llenos de defectos y limitaciones? Ciertamente, es tarea difícil la que se le ha encomendado a la Iglesia. Quienes combaten su presencia social no lo hacen porque sientan un celo irrefrenable por su pureza evangélica, sino porque de una u otra forma sienten amenazado su propio modo de ver y entender el mundo, su particular manera de conducirse privada y socialmente, y están prestos a hacer de los defectos, errores y maldades de los bautizados, y muy en particular de los hombres y mujeres "de Iglesia", sobre todo de los clérigos, pretexto de una permanente descalificación y descrédito de la Iglesia, esa comunidad de fe que ellos no desean ver socialmente enraizada como referente de la conciencia histórica y moral de tantos ciudadanos.
En su Carta apostólica Novo millennio ineunte ("Ante el nuevo milenio"), el Papa repetía que el programa de la Iglesia es el mismo de siempre: "se centra en definitiva en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste" (n. 29). Pero justamente porque es así, cada Iglesia diocesana está llamada a analizar en profundidad su propia situación histórica y su inserción social, su relación con la cultura ambiente y el tenor de vida de sus miembros. De esta suerte, al contrastar el programa de siempre, que se resume en la evangelización de la sociedad, la Iglesia "recupere un nuevo impulso para su compromiso espiritual y pastoral" (n. 3).
La Iglesia particular de Almería, como las demás Iglesias diocesanas de España, ha de estar empeñada en esta tarea evangelizadora de dar a conocer a Cristo partiendo de su propia realidad y situación en el espacio y en el tiempo. La diócesis de Almería ha realizado una profundo análisis de su situación en el reciente sínodo diocesano. No convendría, entonces, dejar atrás el sínodo como realidad conclusa y cerrada en sí misma. Lo que sí conviene es poner el sínodo en relación con los dos referentes de primera instancia sin los cuales no resultaría factible su aplicación en la comunión de la Iglesia.
El primero de ellos es el programa de la Iglesia universal, que se viene formulando en las Exhortaciones postsinodales que el Santo Padre ha ido ofreciendo a la Iglesia en las dos últimas décadas, resultado de un análisis penetrante y pormenorizado de las diversas áreas de la vida eclesial y de la acción evangelizadora de la Iglesia en la sociedad actual.
No conviene ni a los hoy llamados "agentes de la pastoral", es decir, los ministros ordenados y sus colaboradores, ni tampoco a los cristianos de a pie vivir como si el magisterio del Papa y de los Obispos no existiera o hubiera sido devaluado por la velocidad de la sociedad actual. Pensarlo así es apartarse de la comunión de la Iglesia. El programa de la Iglesia universal tiene una expresión clara y bien definida en la antes mencionada Carta apostólica "Al comienzo de un nuevo milenio", de Juan Pablo II, para echar a andar por el nuevo milenio apenas estrenado. Este programa se concreta en la llamada a la fidelidad al contenido de la evangelización: dar a conocer la persona de Cristo redentor y salvador de la humanidad.
El segundo referente es la programación actualizada de la Iglesia en España gracias a los planes de la Conferencia Episcopal. Estos programas han venido dando unidad y estructura a la presencia del catolicismo en la sociedad española, sin coartar la libertad de las Iglesias diocesanas. El último de ellos ofrecido por los Obispos españoles para el trienio 2002-2005, propone a los católicos "responder a las llamadas de Dios y a las principales cuestiones, problemas y necesidades de la Iglesia y de la sociedad en este comienzo de siglo"; e invita a hacerlo favoreciendo, entre los grandes objetivos y prioridades pastorales, la comunión eclesial.
Pues de eso se trata. Es la hora de una nueva evangelización de la sociedad, que sólo será posible si los evangelizadores evangelizan en nombre de la Iglesia y permanecen en su comunión de fe y actuación. Lo demás, conforme a las palabras de Cristo, lleva a la disgregación y desorienta a los mismos que se interesan por el Evangelio, aunque pudiera aparentemente satisfacer a otros.
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería |