CARTA

¿Hacen falta tantos Santos?

Las beatificaciones y canonizaciones que se han sucedido a lo largo del pontificado de Juan Pablo II han llevado a muchos católicos, siguiendo el dictado de la opinión difundida, a preguntarse por la utilidad de tantos santos. La celebración de la fiesta anual de Todos los Santos resulta propicia para hilvanar algunas reflexiones sobre el tema.

Antes de nada, bien conviene recordar una vez más que los santos no son los difuntos. La fiesta de los santos viene en el calendario litúrgico seguida de la conmemoración de los fieles difuntos, lo que hace que ya en la tarde de la fiesta de los santos, cuando no en la misma fiesta del día, los cementerios se pueblen de familiares y deudos de los difuntos, cuyas sepulturas se convierten en el centro de atención de cuantos las visitan. La televisión y los medios de comunicación aprovechan la ocasión para repetir un año más que el fenómeno constituye un hecho social de primer orden, aventurar algún que otro juicio de valor sobre el precio de las sepulturas, el negocio empresarial de los tanatorios y los nuevos usos crematorios, su cómoda e higiénica procedencia; o sobre la suerte de costumbres que estos días, con buñuelos y repostería al uso incluidos, acompañan el carácter social de la muerte, su alto costo crematístico y la procedencia más o menos pagana de algunas de las prácticas tradicionales funerarias.

Pero los santos no son los difuntos, por los cuales la Iglesia ora e intercede, unida a Cristo, único Mediador de la salvación, para que el Señor perdone sus pecados y se vean purificados de sus faltas como disposición espiritual definitiva al encuentro personal y para siempre con el Dios santo y santificador, en el cual consiste el cielo y la salvación.

Los santos son la multitud de aquellos en quienes Cristo ha alcanzado la plenitud de su obra, configurados con él y su destino. Aquellos en quienes Dios ha realizado la santificación plena de una vida humana, marcada como la de todos los humanos por el error y el pecado, pero abierta a la acción de Dios, que restaña las heridas del alma y sana aniquilando el pecado y consumando la existencia por el perdón y la gracia. Dios ha asociado a los santos, en efecto, a la pascua de Cristo, haciendo para ellos posible la muerte definitiva al pecado y el renacimiento a la vida para siempre. La vida de los santos resulta así ejemplar para cuantos tratan de hacer del programa evangélico razón de vida, aun cuando la sociedad en la que viven no lo comprenda al primer intento.

Las beatificaciones y canonizaciones nos dicen que la santidad es posible, porque es una y única la llamada que Dios hace de todos a la santidad; es decir, al cumplimiento de su voluntad, única garantía de que el hombre tenga futuro, porque al margen de Dios no hay vida para siempre, por mucho que los humanos queramos prolongar la vida de los difuntos cultivando sus tumbas, llevándonos sus cenizas a casa como nuevos dioses lares, tan duraderos en el tiempo como lo fue el Imperio romano.

Los beatos y los santos son aquellos cristianos, hombres y mujeres, jóvenes y mayores, a los que la muerte sorprendió con una vida centrada en Dios y, por eso mismo, volcados hacia el prójimo, no ensimismados en su personal y egoísta preocupación por la propia vida. Dispuestos incluso a perderla por principios que representan su mejor garantía y salvoconducto. Por afirmar que Dios es la condición de una vida de verdad digna, porque la dignidad, aunque se la podamos conferir nosotros a la vida cuando la gobernamos por la ética coherente de los principios, si no hay Dios o vivimos sin Dios, los principios de una vida ética resultan tan relativos como el tiempo en que están en vigor.

La Iglesia declara beatos a los seres humanos que aparecen así, coherentemente atractivos y seductores de la mejor vida que el hombre es capaz de llevar con dignidad duradera, para cuantos han visto en ellos un paradigma de vida meritoria. La Iglesia declara santos a aquellos de los que tiene certeza infalible, sí, es decir excluida toda duda, de que, por haber vivido así, gratos a los ojos de Dios y de los hombres, gozan de la vida divina para siempre y pueden ayudarnos con el ejemplo de su vida y su cercanía a Dios a que vivamos, también nosotros, concordes con la voluntad de Dios.

No nos sobran los santos. Necesitamos tener seguridad de que el camino que el Evangelio nos propone es posible recorrerlo, porque antes que nosotros y delante de nosotros lo han recorrido hombres y mujeres que, ciertamente, son multitud. Que hay hombres y mujeres que lo siguen recorriendo, arriesgando incuso el más alto valor que puede cotizar una sociedad civilizada: la vida. Sin respeto a la vida no hay valor que se sustente en nada y menos en el imperativo totalitario de quienes siegan la vida de los demás como forma vil y despreciable de afirmar los supuestos valores de los que ellos se dicen portadores. Son los antípodas de los santos, es decir, sus verdugos.

Pero algunos no quieren santos porque quieren acabar con un ideal de vida con el que no están de acuerdo, porque es propuesto por la Iglesia Católica como programa de existencia y conducta. Su rechazo de las beatificaciones y canonizaciones no es por un celo virtuoso de la santidad, que como bien preciado pudiera devaluarse, sino porque las concentraciones en la plaza de san Pedro para la declaración por el Papa de nuevos beatos o santos evidencia dos cosas en la pantalla que de hecho no se quiere ver y que hemos de tener muy presentes los católicos.

La primera es el vigor persistente de la sociología del catolicismo en una sociedad secularizada. El catolicismo persiste en su realidad y, aun debilitado en las sociedades occidentales, bloqueado en las conciencias el programa evangélico por la fuerza de una mentalidad ambiente ideológicamente relativista, el catolicismo se expande y nuevos pueblos y sociedades se abren a su vigorosa fuerza de renovación de la vida.

La segunda es el mismo ideal de santidad en sí. Es un ideal para todos; y el siglo que ha concluido, a pesar de las ingentes cantidades de malas acciones que acumula en su haber, totalitarismos incluidos, ha sido un siglo para el rejuvenecimiento de la Iglesia y nuevas ilusionantes propuestas de vida cristiana, para personas de vida consagrada y para los laicos cristianos. Movimientos apostólicos y comunidades de seglares y laicos han seguido a la multiplicación de institutos religiosos y sociedades de vida apostólica. Los matrimonios y las familias han conocido formas nuevas de apostolado y metas de santidad en el mundo que parecían cerradas a los que no fueran religiosos. El compromiso misionero de tantos católicos, la aventura de la expansión de la Iglesia sólo posible por la pasión de santidad de tantos hombres y mujeres que lo han dado todo por llevar el amor de Cristo a los pobres y marginados del poder de decisión y del desarrollo material y cultural.

Programas de santidad que revelan que la Iglesia, a pesar del pecado y los errores de sus miembros, no es sólo una obra humana. Por todo esto, a algunos no les gustan los santos, promotores, muchos de ellos, de esta renovación de la vida cristiana, que ha producido sus frutos.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería y Administrador Apostólico de Ávila