CARTA
Mensaje de Navidad
Queridos diocesanos:
Llegados los días de Navidad, es una gran satisfacción para mí poder dirigirme a todos los diocesanos para hacerles llegar mi felicitación navideña y expresar a todos los mejores deseos de paz y bendición. Fruto todo ello de una visión creyente de la vida que brota del Evangelio. La fe, en efecto, nos permite contemplar la historia humana con esperanza, porque aunque las cosas de este mundo no sean para todos motivo de satisfacción y, más aún, parea muchos millones de seres humanos su situación deje mucho que desear, sin embargo, sabemos que nada escapa a la mirada amorosa de Dios, verdadero Señor de la historia de los hombres.
El año que ahora termina, justo en estas fechas navideñas, ha sido un año más de gracia y de esperanza para cuantos ven con ojos de fe lo que se oculta detrás de los acontecimientos: que la causa de Dios es la verdadera garantía de una vida humana acorde con la propia dignidad. La fe sabe que Dios es el fundamento de todos los derechos del hombre y que, en consecuencia, sin Dios es el hombre se coloca en una peligrosa zona de riesgo.
Hoy, en Europa parece que la idea de Dios está en declive. Parece, en verdad, que se pretendiera vivir sin Dios o, al menos, como si no existiera. Todo se programa y aún las leyes se promulgan mirando tan sólo al consenso de los ciudadanos y poniendo entre paréntesis la ardua cuestión más genuinamente humana: la cuestión de la verdad de las cosas. Una cuestión, ciertamente, que aun queriendo ocultarla no es posible ahogarla en la conciencia, porque en ello se le va al hombre su dignidad.
Por eso, en esta Navidad, la revelación de la presencia de Dios en la carne de Jesús, nacido de María Virgen, viene a recordarnos que Dios, en efecto, por la encarnación de su Hijo se ha unido en cierto sentido con todos los hombres y que, por esto mismo, nada que sea humano puede dejar de ocupar nuestra atención de hombres de fe. Es el caso de la amenaza que pesa sobre la paz en el mundo, en conflictos que no parecen hallar salida alguna segura en la voluntad de sus protagonistas. Entre estos conflictos, la confrontación entre judíos y palestinos padece un enquistamiento dolorosamente persistente y odioso, echando tierra sobre el hecho de que aquella tierra es el escenario de la humanación del Hijo de Dios.
Otros conflictos regionales siguen vivos y aún los zarpazos del terrorismo en el mundo y en España provocan toda la repugnancia que generan en cualquier corazón noble. Los Obispos españoles hemos condenado una vez más esta particular perversión de la mente y del corazón de los terroristas. Son enemigos del ser humano y de la paz que Jesucristo nos anuncia y otorga en su nacimiento en Belén, porque Jesús, derrotado y vencido en la cruz, es la paz y la reconciliación de Dios.
La familia es otro de los grandes asuntos pendientes en una sociedad enemiga de la procreación que gasta ingentes sumas en la investigación de la fecundación, aun contra toda la lógica del amor conyugal, verdadero regazo de la concepción de un ser humano, mientras son millones los niños abandonados a la peor suerte, acosados por la injusticia de una sociedad insolidaria. El pansexualismo de una cultura que todo lo compra y vende con el cebo de un erotismo degradante es una cultura decadente y decrépita, que aniquila los valores espirituales que engrandecen el espíritu del hombre.
El nacimiento de Jesús de las entrañas purísimas de María es un desafío a esta cultura del placer sin riesgos, enemiga de la vida. Una cultura relativista, que el mensaje de Belén pone una vez más en quiebra al colocarnos ante la gran verdad de la carne viva de Dios hecho hombre por nosotros. El nacimiento de Jesús nos invita a descubrir en todo hombre la presencia viva de Dios, su rostro. Nos invita a acoger a cuantos lo necesitan y buscan la hospitalidad de quienes pueden albergarlos entre ellos. Nos invita a agradecer el esfuerzo solidario de cuantos pretenden cotas más altas de justicia y no dudan en hacer convergentes la tolerancia y la irrenunciable búsqueda de la verdad de Dios en fidelidad a la propia conciencia cristiana, que es coincidente con la verdad más radical del hombre: la dignidad que los seres humanos tienen por ser imagen de Dios, y la fraternidad que ha de unir a todos los que son hijos de Dios.
Deseando a todos los diocesanos las bendiciones del Niño de Belén, quiero hacer llegar a cada uno y a sus familiares los votos de una feliz Navidad, en la esperanza de un nuevo año lleno de la gracia del Señor.
+ Adolfo González Montes
Almería y Ávila, a 24 de diciembre de 2002 |