CARTA

La familia, un bien necesario e insustituible

Queridos diocesanos:

Un año más la Navidad nos acerca a la sagrada Familia de Nazaret, donde la Palabra tomó carne. La familia, ciertamente, es el ámbito natural de la transmisión de la vida, matriz de su gestación y desarrollo, cuyo origen está en Dios, que es amor, a cuya imagen ha creado al hombre. Por eso este ámbito vital es inseparable del amor conyugal que genera y procrea la vida humana como fenómeno que no puede reducirse a sola reproducción de la especie. La familia necesita de estructura biológica, pero no es sólo biología; necesita de una red de relaciones psicosomáticas, pero es ámbito espiritual de desarrollo personal. Gracias a las relaciones de amor y a la comunidad espiritual que constituye la familia, se crece libre de traumas y carencias irreparables cuando, dentro de las limitaciones propias de todo lo humano, la familia es tal y protegida como la célula social más pequeña, pero institución fundamental para la vida no ya de las personas que la componen, sino para el desarrollo de la convivencia. La familia es verdadero sujeto social, recordaba el Papa, en la Carta a las familias de 2 de febrero de 1994, pidiendo de todos, también y de modo muy principal de las instituciones públicas, el reconocimiento de su identidad verdadera y de su naturaleza social (JUAN PABLO II, Carta Gratissimam sane, n.17).

Otro tanto decían los Obispos españoles todavía recientemente, con un cuidado análisis del estado de la familia en la sociedad y cultura de nuestros días, en su extensa e importante Instrucción pastoral “La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad”, de 27 de abril de 2001. No sólo pedían respeto a la vida concebida y no nacida, defendían además al ser humano desde el incipiente desarrollo del embrión al estado doliente y terminal que caracteriza el desenlace del ciclo vital y el tránsito a una vida nueva, don definitivo de Dios al hombre. Hablaban de la necesidad de proteger legalmente a la familia amparando su identidad y no sólo sus derechos, pues éstos dimanan de esa identidad. Razón por la cual no pueden ser asimiladas a la realidad de la familia otras formas de comunidad o convivencia humana, aunque la convivencia de los seres humanos ofrezca algunos rasgos comunes.

Ninguna de las formas de convivencia entre personas adultas es permutable con la realidad conyugal. En las democracias, la ley ofrece garantías que sancionan y amparan la libertad ciudadana para establecer relaciones de vida en común sin necesidad alguna de agraviar a la familia, amenazando su identidad inseparable del núcleo conyugal que le da origen. Quienes rechazan la relación contractual que funda la vida conyugal y origina la familia ¿no entran en grave contradicción al pretender una asimilación legal al matrimonio que rechazan, no ya como unión sagrada para los creyentes, sino como institución civil que regula la vida social? Más aún, si el origen de la vida conyugal se fundamenta en la diferenciación de los sexos y en la generación de la vida, ¿no es un abuso del lenguaje pretender una asimilación de todo aquello que no es lo que es para reivindicar ante la ley un trato igual de cosas que son desiguales? Un abuso del lenguaje llega a desfigurar tanto la realidad que parece hubiera campañas mediáticas para encubrir la más universal y generalizada aceptación del matrimonio.

Si la paternidad y la maternidad son elementos constitutivos del desarrollo personal, ¿qué argumentos hay para negarle a los niños adoptados este bien natural? ¿Se respetan los derechos de los niños, ya privados por la muerte de uno o de los dos cónyuges ya afectados por situaciones anómalas y desgraciadas moralmente viciadas?

La Iglesia defiende los derechos de las personas, a veces en solitaria defensa, cuando defiende la dignidad de cada ser humano. Por eso afirma contundentemente, pues así lo cree basándose en la ley natural y en la revelación de Dios en Jesucristo, que al defender la realidad natural e institucional de la familia defiende a la persona humana y se carga de razón en la defensa de sus derechos.

Cuando se descalifica la voz de la Iglesia, y se hace con agresividad, hay que dar razones demostrando que se defienden derechos de la persona. Ciertas conductas han sido despenalizadas en la ordenación actual de la sociedad, pero la sola despenalización no las convierte, aunque sean legales, en conductas éticamente legítimas y mucho menos en conductas fundadas en supuestos derechos personales

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería y Administrador Apostólico de Ávila