CARTA

La vocación de las monjas


Hace poco más de una semana que con la celebración de la fiesta de la Candelaria la Jornada dedicada a la Vida consagrada me permitía celebrar con los pocos religiosos y las muchas religiosas de la diócesis un encuentro en dos fases, primero en la Catedral el día de la fiesta y poco después en el Stella Maris. Fue la reunión con las religiosas en el Colegio de las Jesuitinas un encuentro entrañable, que me permitió constatar una vez más, ahora en Almería, la entrega generosa de tantas mujeres que han dado su vida por Dios y por el prójimo en el silencio de un compromiso con la Iglesia que tiene su razón de ser en el amor a Jesucristo.

No se trata de organizaciones no gubernamentales, sociedades bienhechoras y que merecen todo nuestro respeto, pero que no piden la vida de los socios y voluntarios. Se trata de la Iglesia y, en ella de una forma de vida irreversible en sí misma, libremente asumida como compromiso para toda la vida. Por eso van quedando pocas religiosas y mayores en comparación con tiempos pasados, pero las chicas jóvenes que se deciden a dar el paso delante de hipotecar la propia vida en Cristo y en su Iglesia son una esperanza para la fe de los creyentes en tiempos de inclemencia.

Nada invita hoy, es verdad, a dejarlo todo y avanzar por el camino de la perfección más utópica, con la esperanza puesta en un reino trascendente y en una felicidad esperada que pide ahora la renuncia a opciones legítimas y llenas de promesa, para cosechar el ciento por uno. Por otra parte, la promoción que se hace del modelo de mujer para hoy está arrasando la “diferencia” y dejando como si de un accidente biológico se tratara la distinción de sexos, de estructura psíquica del alma personal del varón y de la mujer. Parece como si el ser persona sólo tuviera estructuración humana uniforme, cuando ser hombre o ser mujer son formas singulares de realizar la humanidad y la condición personal por designio del Creador.

Digo esto, porque a las dificultades de la cultura ambiente se ha venido a sumar en la Iglesia un prejuicio de época que en nada favorece las vocaciones a la virginidad consagrada. Se trata de la dificultad que encuentran algunas chicas para asumir nueva vida de abnegación y generosa voluntad de servicio que no pase por la imagen aparente de una mujer promocionada según la cultura más correcta al uso de nuestros días.

El envejecimiento de las religiosas y la carencia de vocaciones femeninas a la vida consagrada nos debe hacer pensar a los cristianos, a todos, hombres y mujeres, en ello. La mujer consagrada no se acredita ante la sociedad por encarnar el modelo de mujer al uso, sino por la provocación que supone la opción de vida que determina su imagen y su tarea en la Iglesia y en la sociedad. Por eso el pueblo fiel ama a sus monjas, por lo que son, aun a costa de la imagen que de ellas quieran dar. La opción de vida de una mujer consagrada es resultado de una respuesta afirmativa a la elección que de ella hace Cristo, para que le ame místicamente como el Esposo del alma porque lo es de la Iglesia. Para que lo ame en los pobres y necesitados, en los enfermos y los desvalidos, los afligidos y los desheredados, los extranjeros y los niños, los escolares y los jóvenes, los presos y los moribundos, los sacerdotes ancianos y los jóvenes seminaristas, las niñas abandonadas y las jóvenes prostituidas, los que contrajeron el sida y los que gozan de buena salud pero buscan sentido a la vida.

Los “carismas” de las monjas pasan por donde pasa la mujer socialmente acreditada, pero son de particular relevancia para un mundo sin amor cuando son expresión del amor de Dios a la humanidad y de la honda e inmensa ternura divina. Misericordia de Dios, que según dice Isaías, aunque es Padre tiene un amor por su pueblo infinitamente superior al de una madre, con ser ya el amor de madre el amor más entrañable y tierno amor que puede experimentar un hijo. Pero estos dones de la vocación de las monjas tienen un lugar específico en la Iglesia. Es por la fe como se acreditan, como pro-vocan, es decir, como llaman a la causa de Cristo y atraen a los hombres hacia ella.

Por eso la vocación de las monjas como la vocación de los bautizados no siempre puede asimilarse a las aspiraciones sociales y a los modelos de humanidad, la del hombre o la de la mujer, que propone la sociedad de una época determinada. La vocación de las monjas es como la de la Candelaria, una vocación de luz.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería