CARTA
“Nunca es tarde para la paz”
El Santo Padre viene repitiendo que nada se pierde con la paz y que todo puede ganarse con ella, que con la guerra sí se pierde todo. En el discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, el Papa con la autoridad religiosa y moral más alta que hoy es escuchada en las naciones decía refiriéndose a la guerra: “Ésta nunca es una simple fatalidad. Es siempre una derrota de la humanidad. El derecho internacional, el diálogo leal, la solidaridad entre los Estados, el ejercicio tan noble de la diplomacia, son los medios dignos del hombre y las naciones para solucionar las contiendas”.
La oposición a la guerra es el principio civilizado de las sociedades maduras y verdaderamente democráticas. Por eso hay que recordar ahora, cuando de la oposición a la guerra o de su legitimación se puede hacer una batalla de intereses políticos, la enseñanza del Vaticano II sobre la paz. El Concilio advierte que “la paz no es la mera ausencia de guerra, ni se reduce tampoco al establecimiento de un equilibrio de fuerzas adversarias, ni surge de una dominación despótica, sino que se llama con exactitud y propiedad la obra de la justicia (Isaías 32,27)” (Constitución sobre la presencia de la Iglesia en la sociedad actual, n.78).
Es decir, sin justicia no puede haber verdadera paz. No hay paz en sociedades sin hostilidades bélicas pero amordazadas y despóticamente sometidas. En consecuencia, no hay paz donde no son respetados los derechos humanos ni el ordenamiento jurídico es expresión de la libre voluntad de los ciudadanos, siempre conforme al derecho natural y al derecho internacional que debe regir las relaciones entre los Estados.
Desde los tiempos de Pablo VI la Iglesia viene repitiendo que las naciones no pueden ser indiferentes ante el desorden interno de los pueblos sometidos. La Doctrina Social de la Iglesia contempla la autoridad internacional como instancia que insta y garantiza de alguna forma y con medios lícitos el cambio político en sociedades sometidas, excluyendo por tanto la guerra y el terrorismo.
Es verdad que puede admitirse el recurso a la guerra defensiva en los casos extremos, cuando han sido agotadas todas las demás vías, si los Estados o las naciones son amenazadas mediante la agresión de las armas. El Concilio lo reconocía así al afirmar que no se puede negar a los pueblos el derecho a una legítima defensa. Sin embargo, la guerra preventiva no está legitimada por principio moral alguno que garantice un trato de justicia a quienes son objeto de agresión armada. Por eso el Concilio añadía que “el poder bélico no legitima todo uso militar o político de él”. Con la guerra no sólo se viola la paz, sino que se pueden ampliar en forma no reparable las desgracias derivadas del uso de las armas, pues los llamados “daños colaterales” en pérdida de vidas humanas y ocasión de sufrimientos no encontrarán nunca la satisfacción de la justicia que reclaman.
Hago un llamamiento a todos los diocesanos a que eleven a Dios oraciones por la paz en el Oriente cercano y desaparezcan las amenazas de guerra que hoy nublan el horizonte de Palestina y de Irak. Los Obispos deseamos vivamente que el conflicto entre palestinos e israelíes encuentre una salida honorable para las partes. Con el Papa, venimos repitiendo que las presiones que se ejercen sobre Irak se mantengan dentro de los medios que establece el derecho internacional. Que no cejen los contactos y negociaciones que puedan garantizar la justicia de los procedimientos.
+Adolfo González Montés.
Obispo de Almería |