CARTA
El Señor ha resucitado tal como lo había dicho
“¡Es verdad!, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón” (Lc 24,34). Estas palabras recogidas por el evangelista y puestas en boca de los discípulos de Emaús, a los que el Resucitado salió al encuentro por el camino, expresaban el alborozo y al mismo tiempo el asombro por lo sucedido con Jesús. Ellos creían que todo había terminado de mala manera, como casi todas las esperanzas, ilusiones y utopías de los hombres. Le habían dicho al desconocido caminante: “Nosotros esperábamos ... , pero con todo esto, ya han pasado tres días desde que sucedió esto” (Lc 24,21). Con estas palabras hablaban con desilusión de los hechos. Una vez más, el fracaso.
Esta es la actitud que tantas veces adoptamos ante el curso de aquellos acontecimientos que no dominamos y ante los cuales nos sentimos impotentes. Olvidamos en ello que sólo Dios es el Señor de la historia y que, por eso mismo, ésta nunca está del todo en nuestras manos. Algunas de las grandes catástrofes históricas provocadas por los hombres tienen detrás este terrible olvido. ¡Qué difícil es para algunos extraer las lecciones de la historia!
Pablo, que fue perseguidor de cristianos y a quien Jesús había salido también al encuentro desbaratando todos sus planes, decía a los cristianos de Corinto: “Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también nuestra fe” (1 Cor 15,13-14).
Ciertamente es así. Todo el edificio de la predicación cristiana se levanta sobre la fe en la resurrección. Es verdad que la ciencia y la investigación histórica no pueden suplir la fe, pero la historia de Jesús, su condena por el sanedrín judío y ejecución por los romanos aparecen hoy a una luz nueva para cuantos se interesan por estos hechos gracias a la búsqueda tenaz de la lo sucedido con todos los medios de que el conocimiento puede disponer. En la historia de Jesús, todo apunta a que el mensaje de la resurrección predicado por los discípulos responde a la interpretación más plausible de aquella experiencia, que ellos vivieron sin “montaje”, un acontecimiento que cambió la manera de percibir el aparente fracaso de Jesús y les impulsó a proclamar: “¡Es verdad, ha resucitado!”.
Lo experimentaron vivo los mismos que lo vieron ejecutar y sepultar, después de gustar hasta las heces la miseria humana en una muerte ignominiosa. Aquella experiencia cambió sus vidas y la manera de ver el transcurso de los acontecimientos de la historia. Recibieron de Él una misión y afrontaron los peligros y las persecuciones por extender el Evangelio.
El cristianismo ha aportado desde entonces la mayor cota de humanización de la vida que se ha conocido y los valores evangélicos han inspirado las mejores obras de los seres humanos, aun contando con los errores históricos y los pecados de los hijos de la Iglesia. La resurrección de Jesús ha ayudado a morir en paz y reconciliados a millones de seres humanos y ha devuelto la esperanza a cuantos la perdieron a causa de los hombres. Jesús resucitado arrastra tras de sí el corazón de cuantos le aman y ven en él la esperanza más cierta que el hombre puede albergar.
Si es cierto que él ha resucitado, ¡y lo es!, resucitarán los muertos y contra el poder de Dios nada es alternativa consolidada, ni la inhumación ni la conversión en cenizas de unos despojos humanos, porque la resurrección hará nuevas todas las cosas con la certeza de que cada ser personal seguirá siendo él en su identidad propia. Que eso quiere decir la sentencia del viejo catecismo: “resucitarán con los mismos cuerpos y almas que tuvieron”.
Para quienes siguen propagando el prejuicio según el cual la moral cristiana desprecia o relega el cuerpo humano, la resurrección viene a recordarles que la fe en la resurrección corporal quiere decir precisamente eso: que la identidad de cada ser humano es la de ser compleja realidad espiritual y corporal a un tiempo. Que no tenemos cuerpo, porque ¡somos también cuerpo!; y que, en consecuencia, el destino de gloria que Dios reserva para los que le aman es destino para el hombre entero; y Dios quiere que este destino sea la meta de todos los seres humanos.
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería |