CARTA
El derecho al protagonismo social de los mayores
Ante el I Congreso de Vida ascendente en Granada
Queridos diocesanos:
De los días 23 al 26 del corriente, el Movimiento católico de apostolado seglar de jubilados denominado de Vida Ascendente en Andalucía y Murcia celebrará su Ier Congreso en Granada con el lema “Los mayores en la sociedad y en la Iglesia”. Vida Ascendente es un movimiento católico que ha sabido dar a los ancianos motivos para el compromiso apostólico en la Iglesia y capacidad reivindicativa para el logro del puesto que a los mayores les corresponde en la sociedad.
Desplazados por el materialismo utilitarista de nuestro tiempo, los ancianos son sujetos receptores de cada vez más cuantiosas sumas del presupuesto anual de las llamadas sociedades de bienestar. Inversiones se han realizado, en efecto, cada día más, en sanidad y residencias, distracciones y rehabilitaciones terapéuticas y de conservación en forma, gimnasias diversas y ocio divertido. Se buscan temporadas bajas de turismo para divertirlos con algún ahorro y los políticos no dejan de acercarse a las residencias de ancianos cuando llegan las elecciones recordándoles el mantenimiento y ascenso de las pensiones, desde las no contributivas a las más jugosas.
Estas y otras inversiones en los ancianos han ido parejas del creciente aislamiento al que se han visto sometidos. Las mal llamadas “prejubilaciones” han ido aumentando la población de mayores y engrosando una estadística que no sería tan gruesa si hubiera que hacer justicia a la edad de los forzosamente jubilados. Desde 55 o 60 forzosamente para muchos, y desde 65 para todos los demás, una masa amplia de población ha de disponerse por decisión de los poderes públicos a programar al menos un promedio de 20 a 25 años de militancia en las filas de los retirados de la responsabilidad social, a la cual sólo se permite acceder al ciudadano común en su condición de productor, es decir, en cuanto desarrolla una actividad económica, salvo que se aventure en el campo de la política o en el de la ciencia y las artes, vocación que no es la de ese ciudadano común.
¿Qué hacer con esta población? ¿Se les propone algo distinto del entretenimiento? Se me puede responder que s hace cuanto es posible por incorporarlos a la vida ciudadana y otras cosas, pero en ello reside la dificultad. ¿Incorporarles? ¿Quién o quiénes? ¿El funcionariado de la estructura asistencial? ¿Sus directivos? No corresponde a las administraciones del Estado ofrecer un sentido de la vida ni tampoco transmitir una concepción del hombre; por eso mismo, tampoco les corresponde transmitir una concepción de la ancianidad y promoverla como servicio a la ingente población de mayores.
Por esto mismo, parece lo más adecuado que los poderes públicos arbitren la convivencia en forma tal que haga justicia a la condición personal de los ciudadanos, ofreciendo aquellos cauces de participación social que sólo una mayor cota de libertad de acción para la sociedad hace posible. Es probable que la flexibilización de la jubilación, o el hallazgo de fórmulas más adecuadas que de las que hoy disponen los mayores para que los forzosamente jubilados puedan ejercer algún tipo de actividad, integrados en el dinamismo social por entero, sean medidas que puedan contribuir a ello.
Sin embargo, las soluciones técnicas no me corresponde a mí ni buscarlas ni sugerirlas. Me corresponde evaluar desde la fe el alcance moral que el problema humano y social que la “concepción oficial” del mayor genera. Por otra parte, a las administraciones del Estado no le corresponde, a su vez, programar el dinamismo social de la ancianidad, sino ofrecer cauces para la misma, dejando a la iniciativa social todo el protagonismo que le corresponde; protagonismo que es el que habla de la modernidad de una sociedad viva y capaz de futuro.
Bien es verdad que ese futuro no llegará si la obsesión política por el voto cultiva a los mayores como destinatarios de favores deseables para captar su voluntad mientras se descuida la “equipación” íntegra de la familia, donde principalmente ha de tener también su puesto el anciano. Esa equipación familiar comienza cuando la protección de la familia responde a la percepción social de la misma como bien no sólo deseable sino insustituible y, al mismo tiempo, imposible de disolver en fórmulas de, que pueden tener su marco legal, pero que no son modelos varios de familia, porque no responden a las condiciones naturales de la familia, ni son permutables con ella. Para que no lo olvidemos Dios así lo ha revelado en el Evangelio de Cristo.
Finalmente, los ancianos no pueden olvidar que la ancianidad es una etapa, la última, de la vida si ésta discurre un curso biológico y humano deseable. Hace algún tiempo, para comentar la Carta del Papa a los ancianos de 1999 escribí sobre esto. Concluyo con aquellas palabras: “Sustraer a la vida la etapa de la ancianidad no sólo es trampa mortal para el anciano, sino para su propio entorno humano. Si se distrae al anciano del tiempo que se le otorga no podrá cumplir consigo mismo ni con los demás. Distraído de su edad, no tendrá tiempo para aquella reflexión que recapitula la verdad de sí mismo en sus propios pensamientos, desechando la escoria que deja la vida con clara conciencia de los errores cometidos (...). El anciano sabe ya por experiencia que la felicidad no se puede programar, porque es el resultado de una vida consumada, sorteando los espejismos que inducen al error y excluyendo positivamente el pecado como negación de lo que Dios quiere del hombre, clave y secreto de la felicidad. Por eso, la ancianidad, además de ser un bien para el anciano, es un bien necesario para la vida de los demás” (El don de la ancianidad, [2000], n.3).
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería |