CARTA
Construir una casa para todos
El día de las migraciones nos recuerda que son un fenómeno complejo. En él se mezclan la necesidad de hallar trabajo y un futuro que garantice una vida personal y familiar más digna, junto con la urgencia de huir de situaciones sociales y políticas no deseadas y vejatorias para quienes emigran. Hay situaciones en las que, a estas carencias que impulsan la emigración, se suman factores de conflictividad social y religiosa que provocan la huida del medio social en que se vive con permanentes sobresaltos. Se huye de los escenarios de la guerra y de situaciones de opresiva imposición, marginación y persecución. Las migraciones y los desplazamientos de los refugiados tienen tras de sí factores de diverso orden que es necesario saber distinguir.
Por otra parte, los medios de comunicación han acercado deslumbrantes imágenes de las sociedades de bienestar a la geografía de la indigencia. Las sociedades europeas aparecen como un bien deseable y de atracción irresistible como lugar sin hambre, con trabajo y prosperidad. Las imágenes ocultan así la precariedad que persiste todavía del empleo y la carestía de la vivienda, la falta de trabajo para los jóvenes y otras deficiencias reales. Es así como el deseo de una vida mejor y la fascinación de cuanto atrae a ella alimentan la emigración de cuantos abandonan su hogar con la esperanza de llegar a otro mejor.
Además de esto, a las causas que motivan la emigración se suman su explotación y comercialización delictivas por mafias carentes de toda moral, que trafican con los seres humanos dejándolos esquilmados y desguarnecidos ante la ley. Un tráfico perseguido, pero que muchos consideran de difícil erradicación, por ser un medio de fácil y pronto enriquecimiento para gentes sin escrúpulos, responsables de la muerte de tantos emigrantes que dejan la vida en el intento de burlar la ley. Este tráfico es un “terrible crimen”, difícil de calibrar en su verdadero grosor y alcance, en las consecuencias desgraciadas para las personas que son víctimas del mismo y para las sociedades receptoras de los emigrantes.
Sean cuales sean de hecho la condiciones en que se ven envueltos tantos miles de personas en busca de trabajo y nuevo hogar, la realidad es que la acumulación de estos contingentes de población extranjera en países donde hasta hace muy poco apenas se veía a ningún extranjero no dejan de generar una conflictividad que es necesario saber resolver con acierto. Los poderes públicos están legitimados para regular la emigración y la ley que haya de aplicarse ha de ser justa y siempre al servicio de los derechos fundamentales, tanto de los emigrantes como de los receptores. Los emigrantes no son mera “fuerza de trabajo” y han de ser protegidos de cualquier abuso, pero la demagogia o la manipulación del fenómeno migratorio debe desterrarse de raíz en la confrontación política de partidos y fuerzas sociales, mediante el consenso de un proceder justo y respetuoso con todos. Porque, ciertamente, esta casa grande de una Europa, abierta a cuantos puedan encontrar en ella acogida y futuro, ha de ser “casa de todos y construida por todos, porque la construimos juntos”, tal como reza el lema de esta Jornada mundial dedicada a los emigrantes y refugiados. Mas no ha de ser así a cualquier precio, sino con justicia y generosidad.
La Iglesia es muy consciente de la complejidad del fenómeno y no desea que la simplificación del mismo induzca a salidas en falso. Solidaria con los que sufren abre sus puertas como comunidad humana a cuantos llegan a ella como miembros de la misma fe en Cristo. Son muchos los que hoy, entre nosotros, proceden de países cristianos del Este europeo, unos pertenecen a las Iglesias ortodoxas hermanas, que han de recibir de nosotros el apoyo fraterno de cuantos se saben unidos por el mismo bautismo. Otros son católicos de rito oriental, miembros de la gran comunión católica, aunque los diferencie el rito de los que somos católicos latinos. Muchos proceden de los países hermanos de Hispanoamérica y traen consigo la religiosidad católica de la fe que los evangelizadores españoles les llevaron.
A todos ellos hemos de abrir la casa grande de la fraternidad cristiana. Quisiéramos que la integración de los católicos en nuestras parroquias fuera fácil y sin traumas, como deseamos las mejores relaciones con los hermanos cristianos de otras confesiones. Para los católicos orientales, en particular, desearíamos un servicio pastoral ofrecido en el marco histórico y rico de la tradición oriental, y en ello trabajamos.
Pero nuestra apertura no se cierra en esta frontera de la fe en Cristo. Son muchos, sobre todo africanos, los que llaman a las puertas de la Iglesia Católica y se preparan para recibir el bautismo después de conocer a Cristo. Nosotros los recibimos con gran gozo. Pero también los emigrantes miembros de otras comunidades religiosas no cristianas han de encontrar en nosotros una acogida fraterna, carente de cualquier tipo de proselitismo. El Padre común de todos los hombres que se ha revelado en Cristo nos descubre nuestra común humanidad, enriquecida por la fe en Dios que ve fundada toda dignidad humana en ese común origen divino.
La fe alimenta así una integración social que no repara en las barreras de las etnias, las culturas o la diversidad de religión, ni otras similares, tal como dice el Papa en su Mensaje para esta jornada. Lo único rechazable es cubrir la delincuencia sirviéndose de la emigración dando cauce a la acción violenta e ilegal de las mafias. ¿Lograremos esta integración respetuosa con las diferencias y al mismo tiempo potenciadora de cuanto nos une? Todas las sociedades receptoras de inmigrantes han de desechar las actitudes xenófobas y estos últimos, los inmigrantes han de saber integrarse respetando la identidad histórica y social de las sociedades que los acogen. La integración es costosa, sin duda, exige su tiempo, ritmo y paciencia. La fe ayuda a que dé frutos de fraternidad.
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería |