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El 14 de octubre de 1978 el Cardenal Karol Wojtyla se encerraba en el cónclave del que saldría convertido el día 16 en Juan Pablo II. Con aquella elección, la Iglesia Católica abría un periodo de hondo significado histórico y de no menor trascendencia para el transcurso del siglo XX, que había entrado en su último tramo; si bien los acontecimientos que cambiarían el signo del siglo llegarían con el primer decenio del nuevo Papa.
Cuando ahora se cumplen los veinticinco años de Juan Pablo II, bien podemos mirar hacia atrás con agradecimiento a Dios por el don de su ministerio del Papa a lo largo de estos años. El Cardenal polaco sucedía a Juan Pablo I, de tan fugaz pontificado, con una visión avezada de los hechos históricos y cargado con el bagaje del sufrimiento y del empeño tenaz en pro de la libertad de la conciencia para adorar a Dios y de la libertad de los pueblos contra la opresión de las tiranías. Hoy es universalmente reconocida la contribución del Papa a la libertad de Europa. Como nadie pone en duda la talla de gigante que calza este defensor de los derechos del hombre, cuya dignidad no se cansa de decir que se funda en la condición divina de su origen.
Con este bagaje y el espíritu templado en la confrontación de la fe católica con una concepción del mundo beligerantemente atea, opuesta a la visión intelectual de un filósofo cristiano, universitario por vocación, pastor de una Iglesia sin libertad, la de su amada Polonia natal, el arzobispo de Cracovia llegaba a Roma para ser Sucesor de Pedro, el pescador del lago de Galilea, al que llamó Jesús a su seguimiento para hacer de él la piedra de fundación de la Iglesia. Le esperaba la ardua tarea de llevar a término la aplicación completa del Vaticano II, y la durísima tarea de equilibrar con determinación la vida de la Iglesia, centrándola en la tradición apostólica de la fe, que comprende doctrina y práctica, creencia y código de conducta.
Juan Pablo II, el Papa que ha promulgado el nuevo Código de derecho canónico, ha tenido que afrontar la difícil tarea de dar cauce a la corrección de los excesos del postconcilio que tanto hicieron sufrir al Papa Pablo VI, fiel ejecutor de las decisiones conciliares como antes fue artífice real de la llegada a buen puerto del Concilio. El Papa Wojtyla ha tenido que enfrentarse con tenacidad al secularismo de una cultura neopagana, que ha querido hacer de la herencia cristiana clave “genética” de interpretación del momento social y cultural del presente. Como si del cristianismo que partir tan sólo para poder interpretar el momento en que estamos, una vez superadas ya las creencias cristianas como cosa pasada.
El Papa se ha empeñado con tesón en este cuarto de siglo en devolver a la Iglesia su condición de comunidad religiosa, depositaria del mensaje evangélico de salvación integral del hombre y de la comunidad universal de los seres humanos. Lo ha hecho recordando la proclama fundamental de la fe cristiana: que Jesucristo es la clave de interpretación del misterio del mundo y del hombre; y que este último, el hombre, sólo en Cristo alcanza su verdadera medida, de forma que evitar a Cristo es el mayor riesgo de perdición del hombre. Por eso ha pedido y suplicado a lo largo de estos veinticinco años en los cinco continentes: “¡Abrid las puertas a Cristo!”.
Cristo ha sido la clave de sus proclamas evangélicas y contenido de sus catequesis, y la razón formal de sus propuestas de reforma de la Iglesia, en la tarea de aplicación del Vaticano II. A la luz de Cristo ha presentado el misterio del hombre como plasmación divina en el troquel y horma del Redentor, proponiendo el matrimonio como comunión de personas donde se procrea la vida generada en el amor de los esposos por voluntad divina. Su defensa de la familia se funda en la revelación evangélica del amor humano como designio divino.
Al recordar esta verdad fundamental de la antropología cristiana, Juan Pablo II ha apelado al “esplendor de la verdad” como justificación de cualquier planteamiento ético. Lo ha hecho defendiendo la capacidad de la razón para alcanzar la verdad que da sustento a la naturaleza humana y a la convivencia de los seres humanos. Por eso se ha opuesto con todas sus fuerzas al relativismo de nuestro tiempo como filosofía imperante y causa de la desazón de tantos.
Con voluntad moral sin fisuras contra una “cultura de la muerte”, ha denunciado el aborto lacra de nuestro tiempo, contrario a las evidencias de la ciencia; recordando, además, en relación la manipulación científica de la vida que no todo lo que es científicamente posible está, sin más, permitido. La claridad de su lenguaje no ha echado atrás a los jóvenes que le han seguido fascinados por un Papa jovial y combativo. Sus encuentros con millones de jóvenes han constituido un momento particularmente intenso de comunicación y entrega del Evangelio a las jóvenes generaciones.
Cargado de razón, después de haber combatido las tiranías del nazismo y del estalinismo, quebrado ya el totalitarismo comunista, el Papa ha podido alzarse con fuerza contra el neocapitalismo sin control, la conversión del mercado en ley suprema y la marginación del capital social que sustenta la producción. Lo que le ha valido la aprobación general de la opinión que se califica a sí misma de “progresista”, mientras esta misma opinión sostiene que el mensaje moral del Papa sobre la sexualidad y la bioética es conservador. El Papa, sin embargo, en uno y otro caso se ha puesto de parte del ser humano, de su dignidad, acreditándose como defensor de cuantos se hallan en situación de debilidad, de los concebidos y no nacidos igual que de los social y económicamente marginados. Según intereses de grupo social y posición ideológica, el Papa es visto, siempre con respeto, con la doble matización de “progresista” y “conservador” , sin prestar suficiente atención a lo único que permite comprender su mensaje: el carácter religioso de su proclama, que tiene en el Evangelio de Jesucristo su única razón de ser y perenne valor.
Ha propuesto centenares de beatos y santos como ejemplos de realización humana que incluye el dolor y la falta de calidad de vida para ojos materialistas; más aún, la pérdida de esta vida por Cristo. Es también su caso como discapacitado, porque este “atleta de Cristo” se ve hoy postrado en una silla de ruedas sin poder caminar, exhibiendo su enfermedad sin escrúpulo, porque la “fuerza se realiza en la debilidad, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,10), palabras del Apóstol cuyo nombre ha hecho suyo, al igual que sus dos predecesores. Lección de humilde manifestación de la verdad del hombre, que sólo se recupera de su debilidad en el poder de Dios, a quien el Papa quiere adorar en público como esperanza única de la humanidad redimida. La silla de ruedas se ha convertido en el último vehículo de un viajero que ha prolongado, en razón de su ministerio, los viajes apostólicos paulinos, siguiendo a Pablo VI, predecesor al que admira.
Durante este cuarto de siglo, somos muchos los obispos que hemos sido llamados por el Papa a ejercer como sucesores de los Apóstoles. La comunión con la Cabeza del Colegio episcopal y la adhesión a su magisterio es resultado de convicciones de fe; y son estas convicciones las que alimentan la empatía con su persona y su misión apostólica y pastoral en la Iglesia, por la cual siente la pasión de quien entrega la vida por ella.
El compromiso del Papa con la modernidad, purificada y recobrada para la fe cristiana, hace de él sincero defensor de su libertad. No, ciertamente, como quien sanciona un pluralismo que da por bueno todo lo que hay tratándolo con el mismo rasero, como muchos quieren. Ha seguido el camino del Concilio: el respeto al que discrepa se funda en la dignidad de la persona, que piensa, opina y se conduce conforme a su conciencia y creencias; pero este respeto no significa la quiebra o renuncia a la verdad, sino la razón de su más comprometida búsqueda.
Es lo que el Papa propone al ecumenismo cristiano, cuya meta es la unidad de la Iglesia: hay que avanzar hacia ella con fidelidad a la verdad. Con él, el reencuentro doctrinal ha dado pasos de gigante, siempre amparado por el ecumenismo de la caridad entre cristianos, a pesar de las tensiones y los momentos difíciles. El ecumenismo es para el Papa irrenunciable, nota distintiva del modo de estar en la Iglesia en nuestro tiempo. Su respeto por las religiones y el impulso que ha dado al diálogo interreligioso tienen en las convocatorias de Asís un exponente claro y sin confusión.
Termino esta semblanza de Juan Pablo II aludiendo a su fervor mariano, que le ha sostenido a lo largo de su pontificado, sabiéndose amparado por la Madre del Redentor del mundo, un amor tan arraigado entre nosotros. Lo hago para confiar a santa María, unido a tantos cristianos de todo el mundo, la salud y la persona del Papa, el tiempo de vida que la Providencia divina quiera regalar al Santo Padre, para bien de la Iglesia y sostenimiento de la conciencia moral de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
Almería, 16 de octubre de 2003
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