CARTA

La paz que une a los cristianos

Queridos diocesanos:

Un año más llega la semana de oración por la unidad de todos los cristianos, de plegaria personal y comunitaria a favor de la unidad visible de las Iglesias. Cada año un grupo ecuménico elige y trabaja el tema de reflexión y motivación de la plegaria por la unidad. Los miembros de este grupo son nombrados la Comisión de Fe y Constitución, organismo ecuménico de las Iglesias para el ecumenismo teológico, y el Pontificio Consejo para la Unidad, de la Iglesia Católica.

Este año el grupo ha estado formado por miembros de las Iglesias cristianas de Alepo (Siria), ortodoxos, católicos y protestantes. Algunos de los miembros del equipo pertenecen a las llamadas “antiguas Iglesias orientales”, unas de confesión ortodoxa y otras en comunión con la Iglesia Católica. Son Iglesias que han sufrido mucho a lo largo de los dos últimos siglos, atrapadas en la red de guerras coloniales, nacionales y regionales prolongadas hasta la actual confrontación entre judíos y musulmanes en Palestina y la guerra y terrorismo del Irak, donde sobrevive la Iglesia oriental de los caldeos de tradición siria.

Las circunstancias del presente han llevado al grupo ecuménico a elegir para este año el lema de la paz de Cristo “Mi paz os doy” (Jn 14,27), tomado del evangelio según san Juan, donde Cristo aparece en la noche de la despedida entregando su paz a los discípulos. Allí donde la paz de Cristo se hace presente se suprimen los enfrentamientos y las oposiciones, siempre resultado de la impotencia del hombre acosado por el egoísmo y el afán de someter a los otros a uno mismo. La guerra es la expresión del radical enfrentamiento entre los humanos, faltos de capacidad para el diálogo y la búsqueda leal y pacífica de la verdad y del bien.

Si las Iglesias cristianas reciben ellas la paz de Cristo y la ofrecen a los pueblos como don precioso de la redención de Cristo, con ella llegará la reconciliación de los que se hallan divididos a causa del pecado, pues como dice el evangelista san Juan, fue el sumo sacerdote quien interpretó la muerte de Cristo proféticamente: “Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios dispersos” (Jn 11,51-52).

No esta semana de la unidad una semana para hablar de las confrontaciones bélicas, sino para orar por la paz de las Iglesias a fin de que esta paz que es de Cristo redunde en la beneficio de la paz entre los pueblos. No es una semana para el diálogo interreligioso, que tiene su propio ámbito y lugar, sino para la oración cristiana a favor de la unidad de todas las Iglesias cristianas, de la unidad que Cristo quiso para su única Iglesia como signo visible de la unidad de los hombres. Por eso el II Concilio Vaticano dice de “la Iglesia que es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Constitución sobre la Iglesia, n. 1). Por eso mismo, está llamada a aparecer ante el mundo como tal, favoreciendo con su unidad visible el testimonio que los cristianos han de dar de Cristo, conforme a sus palabras: “Que todos sean uno para que el mundo conozca que tú me has enviado” (Jn 17,23).

La unidad visible de la Iglesia no puede ser resultado del voluntarismo de los cristianos, ni es un asunto que pueda ser tratado superficialmente, como no se puede atribuir la división a solo malentendidos o falta de modernidad y diálogo. Tales simplificaciones no hacen justicia a la trayectoria histórica de la Iglesia ni a la historia de las rupturas de la cristiandad.

El ecumenismo ha sido siempre una querencia de las Iglesias cristianas que no pudieron reprimir ni siquiera las guerras de religión. El ecumenismo moderno ha recorrido un trecho doctrinal que merecía ser mejor divulgado y conocido, pero ha recorrido un largo trecho de diálogo en la caridad y el amor de Cristo, que acerca todos los cristianos en la convicción que responde a la verdad, ya que es más lo que los une que lo que los separa. Hoy, tal vez más que en otros tiempos, este ecumenismo cristiano está llamado a desempeñar un importante papel en la evangelización de las nuevas sociedades y de la nueva cultura. Rezamos para que Cristo nos dé su paz, la que el mundo no puede darnos y cada día la suplicamos como don para la unidad de su Iglesia.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería