CARTA

Acoger al que llega construyendo la paz
(día de las migraciones 26/09/2004)

La Jornada de las migraciones nos coloca ante una realidad que plantea numerosos interrogantes a la sociedades que se ven en la dificultad de acoger a las personas que dejan hogar y, sobre todo, aquel ámbito humano de significaciones que da sentido a la vida, la atmósfera cultural y religiosa que impregna la vidaespiritual de los seres humanos.

En el mensaje del Papa para esta jornada se habla de “migraciones desde una óptica de paz”. Un lema hoy más pertinente que nunca, sobre todo cuando con la emigración de tantos seres humanos son las culturas y las civilizaciones las que emigran y buscan acogida en el marco social e integrador de otras culturas y civilizaciones. Las migraciones se ven hoy envueltas en guerras que no cesan y parecen alimentadas por el “choque de civilizaciones” que algunos han predicho hace tiempo, y son resultado del desequilibrio entre países desarrollados y países mantenidos en el subdesarrollo.

La tragedia humana de prófugos y refugiados exige tener también en cuenta otros importantes factores que no se deben soslayar a la hora de buscar una justa solución a los conflictos, sin desatender el papel que juega la religión en ellos. No para desacreditar la religión como hacen algunos con evidentes intereses ideológicos, sino para mejor entender la realidad de las cosas. Detrás de las migraciones en general,hay otros muchos factores. Está la geografía y con ellalas sequías reiteradas y las hambrunas, los odios tribales y la disputa por el control sobre los recursos naturales, el sustancioso negocio del tráfico de armas, alimentado por “señores de la guerra” que actúan a plena luz del día, a veces en combinación conintereses extranjeros ajenos a las poblaciones maltratadas.

Cuando el nombre en Dios entra en juego, las condiciones de paz que los creyentes están llamados a crear son aquellas que se desprenden de la palabra divina, siempre de vida y concordia porque es palabra de salvación y comunión de todos en Dios. Los creyentes en Cristo están llamados a crear esas condiciones de paz, con generosa disposición a la acogida y el encuentro con aquellos que emigran buscando una vida digna del hombre.

Sin embargo, para que esta exhortación que brota de la fe en Dios no se convierta en un discurso vacío, las condiciones de paz promovidas por los creyentes no pueden evitar el análisis objetivo de las migraciones en su conjunto. No es posible cerrar los ojos a la acción criminal de las mafias que trafican con seres humanos, ni tampoco a las condiciones en que se aloja a los emigrantes y se comercia con su trabajo.

La situación de inseguridad y carencias de diverso orden en que viven tantos emigrantes en las sociedades europeas de bienestar responde fundamentalmente a una falta de regulación legal solidariamente compartida. Como es también resultado del fraude a las leyes del mercado de trabajo. Cierto que decir esto no es suficiente para explicar el estado completo de cosas, sin denunciar con energía la lenidad por motivos políticos en la aplicación de la ley contra los traficantes con seres humanos y la pereza y falta de consenso entre las fuerzas políticas para conseguir medidas legales que hagan justicia a los hechos sociales que produce el desorden de las migraciones.Un desorden que acarrea la muerte de los emigrantes que se aventuran en las pateras a navegar distancias marinas que burlen la vigilancia del estrecho.

¿Hasta cuándo seguiránnuestras playas recogiendo los cadáveres devueltos por el mar, en las arenas o los arrecifes, de pobre gente acosada por la miseria a un paso de la tierra prometida por las pantallas de los televisores que se ven en la otra orilla? ¿Qué decir del deplorable hacinamiento de emigrantes en campos de trabajo y locales convencionales que están a la vista de quien quiera verlos? Se ha extendido un comercio de mujeres que parece no ha encontrado el tratamiento legal ajustado a la gravedad de los hechos; prolifera un tráfico documental, que vienen denunciando los medios de comunicación, resultado de una organización para delinquir explotando la necesidad humana y, a veces, al amparo del crimen.

Todos estos hechos tienen que ser afrontados por los responsables de la sociedad con medidas justas para con la dignidad del ser humano y el bien común de la sociedad que acoge a los emigrantes. Su manipulación política alimenta un permanente y agrio debate por el control del poder que en nada beneficiará ni a los emigrantes ni a los que los acogen y proporcionan alojamiento y trabajo. Nada debería unir más a las fuerzas políticas que las causas humanitarias.

Esta manipulación llega paradójicamente en ocasiones, olvidando las urgencias a las que deberían hacer frente, a la peligrosa utilización de la religión de los emigrantes como ariete para golpear la religión de los que los acogen, mientras se llama demagógicamente a una convivencia para la que no se ponen medios. Nada más errado y falto de sentido de la realidad como método de promoción de la tolerancia. No se genera tolerancia descalificando y agrediendo a quien propugna el programa de justicia y caridad que brota del evangelio de Cristo, que ha iluminado la vida humana y ha infundido coraje para afrontar tanta miseria humana.

La construcción de la paz pasa por la defensa de los derechos del hombre y el respeto a la identidad de los emigrantes igual que a la identidad de las sociedades que los acogen. Entre éstos tienen una particular situación de sufrimiento los refugiados políticos y por motivos religiosos, a los cuales es preciso atender con la dedicación que viene pidiendo el Papa, gran defensor de los derechos del hombre y constante impulsor de la paz. La construcción de la paz por una legislación justa y la persecución del crimen y del comercio con seres humanos.

Mucho ha hecho y puede hacer la fe religiosa por la paz y la convivencia, contra el fanatismo de los que apelan a Dios para cubrir de terror y de violencia la vida humana prometiendo un futuro imposible. Siempre será un camino para la paz la promoción de la conciencia religiosa y el respeto a los valores evangélicos, que han incluido el amor al enemigo igual que la acogida al forastero entre los deberes del creyente sincero.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería