CARTA

ALIMENTAR EL COMPROMISO MISIONERO

Siempre es hora de anunciar el Evangelio. La situación cultural que respiramos pareciera que nada hay ya que hacer por extender la fe cristiana, una vez que es un ingrediente de la cultura vigente la aceptación de la bondad general de todas las actitudes religiosas, servidas naturalmente a la carta para que de ningún modo resulten estridentes con los gustos y apetencias religiosas, siempre en consonancia con lo que cada cual quiere de esta nueva “religión de la apetencia propia”.

Pero las cosas no son así. Si Dios existe y nos ha hablado por medio de Jesucristo, no dejan, ciertamente, de tener valor todas las religiones sinceramente practicadas con voluntad de agradar a Dios. Esto es verdad, pero hay una novedad en Cristo que no es posible aparcar. Porque si Dios ha hablado a los seres humanos por medio de su Evangelio descubriéndoles además que el que les habla es Dios mismo hecho carne, entonces el cristianismo deja de ser sólo la “religión de un profeta”, la “propuesta moral de un maestro” o el “proyecto de un sociedad mejor”. Nunca nos cansaremos los cristianos de decirlo: el cristianismo es cosa de una persona divina en carne humana. Esto nos distancia de todas las demás actitudes religiosas, que admitimos, ya lo hemos dicho, como caminos hacia Dios, pero siempre que no se haya conocido la Verdad que Dios nos reveló en Jesús.

Para propagar la fe existe la Iglesia, que no puede menos de anunciar, predicar, proponer y guiar hasta Jesús como camino definitivo hacia Dios. La Iglesia anuncia a Cristo porque es él mismo, Jesús, quien la ha fundado y convertido en sacramento para los hombres; es decir, en lugar de encuentro con él.; que es lo mismo que decir: lugar de encuentro con Dios. No se puede aceptar a Jesucristo rechazando a la Iglesia. Cuando se rechaza a la Iglesia de Jesús, se le rechaza a él y, como dice el mismo Jesús en el Evangelio, quien le rechaza a él, rechaza al Dios Padre que lo ha enviado.

Se rechaza a Cristo al rechazar a la Iglesia y despreciar el don supremo de su presencia en ella: su palabra en el Evangelio predicado por la Iglesia; y su cuerpo y su sangre, ofrecidos en la Eucaristía. Es decir, se rechaza la palabra y la humanidad de Jesús, nacido de la Virgen María.

La Iglesia sabe que este rechazo forma parte de su historia, porque comenzó con la inmolación de Jesús y su crucifixión. Por eso no retrocede la Iglesia ante los desafíos del tiempo presente, mientras recuerda a todos el lema de la misión: “Es hora de comprometerse con Cristo”.

La Iglesia Católica consiguió el pasado 2003 recabar de la campaña a favor de las misiones la cantidad nada despreciable de 16.786.466,72 euros (2.793.033.052 pesetas). Todo este dinero ha ido a parar a las misiones católicas y a su gigantesca obra social, educativa y sanitaria entre los pueblos en proceso de evangelización. Quienes confían en la Iglesia saben que su aportación no se pierde ni se malversa. La Iglesia no estafa a nadie cuando solicita ayuda y propone un compromiso con Cristo como forma suprema de compromiso con el ser humano.

La Iglesia apuesta por el desarrollo integral del hombre, por el desarrollo pleno de todas sus facultades y potencialidades, que sólo a la luz del Evangelio de Cristo generan esa obra inmensa de fraternidad y paz social con la que está comprometida la Iglesia.

Almería, a 21 de octubre de 2004

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería