CARTA

“Toda una vida”

Queridos diocesanos:

La Conferencia Episcopal Española tomó recientemente la decisión de llevar a cabo una campaña de sensibilización sobre el valor primordial de la vida humana, campaña destinada a todos los fieles y personas de buena voluntad que quieran escuchar la voz de la Iglesia. Hemos elegido el segundo domingo de Adviento para llevar a cabo la primera fase de esta campaña en la diócesis de Almería. La reflexión que propone la Iglesia para este domingo es la del respeto que merece la duración íntegra de la vida y lo contraria que es la eutanasia al mandato divino “No matarás”.

La eutanasia, en efecto, es el procedimiento que permite acabar artificialmente, mediante el recurso a fármacos o a otras acciones aplicadas al organismo con intención de poner fin a la vida de un ser humano, cuando al parecer de quien pide la eutanasia y/o de quien la practica la vida resulta ya inservible y no placentera, “sin calidad”, como ahora se dice; lo que parece suceder, sobre todo, en el caso de que una persona quede afectada de una enfermedad incurable o haya entrado en un proceso terminal.

Se habla del derecho de la persona a una muerte digna y, ciertamente, ese derecho existe y es patrimonio personal de cada ser humano, pero ¿qué se entiende por muerte digna? Este es el verdadero problema que no se puede solucionar cuando se corta el nudo de una cuerda por lo sano, para evitar desenredar el nudo. Hoy impera un confusionismo que todo lo envuelve y se da una perversión del lenguaje que cualquiera puede observar y padecer.

Si hemos de acoger la palabra de Dios como criterio, acudiendo a las fuentes de la revelación divina que nos transmite la Sagrada Escritura y la tradición de fe de la Iglesia, la vida es sagrada desde su concepción hasta el acabamiento con la muerte. También la vida “sin calidad” es sagrada y vale por sí misma. Es verdad que el llamado “ensañamiento terapéutico”, que consiste en aplicar al paciente todos los medios al alcance de la ciencia para sólo prolongar la hora de la muerte, en condiciones de permanente vejación a la dignidad del que agoniza, no es respeto por la vida y el misterio de su acabamiento en la muerte. De ahí el reclamo del derecho a morir con dignidad. Ahora bien, esto es una cosa y otra es la eliminación por acción u omisión del paciente.

Sin embargo, la falta de escrúpulos morales en una sociedad que todo lo mide por el criterio de utilidad y, sobre todo, la postura de fondo que alimenta una concepción del ser humano como un mero mamífero evolucionado, sin otro destino que su muerte, lo hacen posible todo. También la eutanasia como forma de salida a situaciones límite en las que el hombre parece ha perdido la capacidad para afrontar su propio destino con verdadera dignidad. Sin el sentido de la trascendencia de la propia vida y sin fe en su destino final en la participación en la felicidad divina, ¿qué le queda al hombre? ¿Ante quién puede dar cuenta de sus actos? No basta la apelación a la propia conciencia cuando ésta carece de otra norma que la discrecionalidad de las opiniones. Hay una ley inscrita en el corazón y en la conciencia, y la razón permite al ser humano descubrir su radical apertura a un destino que, al menos, el corazón anhela y que, con toda certeza, Dios ha descubierto a los hombres en Jesucristo.

La trascendencia de la vida no está en la descendencia de los hijos, destinados también a la muerte, ni siquiera se realiza en las obras que los que van muriendo dejan tras de sí. La verdadera y, en realidad, única trascendencia de la persona humana está en la plena consumación de su vida en Dios. Los cristianos no podemos vivir como los hombres que carecen de esta esperanza. De ahí nuestro compromiso irrevocable con la vida y su condición sagrada, don inestimable de Dios al hombre. De ahí, también, el respeto que la vida merece; y, en consecuencia, de ahí el sentido profundo que se impone a quien, sin prejuicios, contempla el prodigio de la vida: toda vida es digna de ser vivida hasta su acabamiento, sostenida por el amor de quienes la contemplan con fe y saben que ni siquiera el sufrimiento puede restarle dignidad ni valor. La calidad de la vida no se mide sólo por su utilidad o el placer que la acompañan.
Con todo afecto y bendición.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería