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Queridos diocesanos:
La Navidad viene a recordarnos que hace más de dos milenios de historia que el Hijo de Dios se hizo hombre por amor nuestro. En las breves palabras que gracias a los medios de comunicación puedo enviar a cuantos siguen este mensaje, puestos ante el Niño de Belén os invito a hacer memoria de un año que termina y a ofrecer al recién nacido lo que somos cargados con nuestras acciones, exitosas unas y llenas de insuficiencias y culpables errores otras, pero confiados siempre en que el Hijo de Dios hace suyo lo nuestro.
La Iglesia vive el reto de acercar a las personas y a la sociedad de nuestro tiempo al misterio del amor de Dios manifestado a los pastores en Belén, a cuya poderosa luz la vida cobra un sentido trascendente que va más allá del período de duración de nuestra existencia terrena.
El evangelio de Jesús esclarece la vida humana, descubriéndonos su dignidad al revelar al mundo el amor irreversible de un Dios que nos rescata una perdición sin remedio en las tinieblas de la muerte. Si el hombre pierde su vida, preguntaba Jesús, ¿qué podrá dar para recobrarla?
Los cristianos estamos ante el desafío de una cultura laicista que quisiera entregar a la estadística el valor de la vida y las condiciones de su desarrollo humano. La Navidad, sin embargo, viene para decirnos que la vida se acoge en la familia, la comunidad natural del amor humano, espejo del amor de Dios, donde se engendra la vida misma y se abre a su crecimiento espiritual.
¡Qué entrañablemente familiares nos resultan estos días marcados por el cese de las incomprensiones y por la mano tendida al olvido de ofensas, malentendidos y rencores! ¡Qué gozo vivir los hermanos unidos al calor del hogar que hizo posible una fraternidad duradera! Aún cuando se esté lejos del hogar, sus lazos siguen atando en la lejanía a sus miembros. Cuanto hagamos por salvaguardar la identidad de la familia y proteger sus intereses sociales siempre será poco en relación con las ventajas que la familia reporta a los seres humanos.
Por otra parte, en el año que acaba se ha dejado sentir una mentalidad anticristiana que se hace fuerte en nuestra sociedad, impulsada por quienes apelan a la tolerancia, pero manifiestan una voluntad claramente intolerante de desterrar del ámbito público los signos cristianos, sin los cuales la cultura creada durante dos milenios de cristianismo perderá sentido y resultará imposible de interpretar.
No sólo esto. El año que pasó nos dejó acontecimientos, que afectan a la paz entre la naciones. La guerra de Iraq ha ido seguida desgraciadamente de una conspiración horrenda del terrorismo contra la convivencia ciudadana en aquel país. La confrontación en Palestina ha escalado cotas de violenta intransigencia, que deseamos retrocedan hasta hacer posible la paz.
El terrorismo integrista islámico ha venido a sumarse al terrorismo que durante décadas venimos padeciendo los españoles y, en un desafío abierto a Occidente, nos ha salpicado de sangre, segando en Madrid la vida de ciento noventa y dos personas que ya no están entre nosotros. Eran de los nuestros, pero no diferentes de otras víctimas abatidas por terroristas, ni tampoco diferentes de las víctimas de otros pueblos, sacrificadas por el mismo terror criminal y blasfemo de quienes quieren hacer prevalecer su propia concepción del mundo y de la sociedad por encima de la dignidad personal de los seres humanos y del carácter sagrado e intangible de la vida.
Deseamos vivamente que el canto de los ángeles alcance el corazón de todos los hombres: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”! La Iglesia viene proclamando las condiciones de una paz verdadera, que no consiste en el solo equilibrio de los intereses y de las fuerzas en litigio, sino en el reconocimiento de Dios como fundamento de la vida y de la moralidad, y origen del amor que ha de regir las mentes y los corazones de los hombres. En el nuevo año que en breve vamos a comenzar, hagamos nosotros cuanto esté de nuestra parte para hacer más amable la convivencia, sin pretender someter a quien discrepa de nosotros, acallarlo o excluirlo de la convivencia, descalificando su presencia en sociedad.
Hoy en Europa, cuyas raíces cristianas son clave de entendimiento de su presencia histórica en el mundo, son muchos los que pretenden silenciar por principio la concepción cristiana de la vida, que las Iglesias no quieren imponer, pero sí proponer y defender iluminándola con el testimonio de millones de cristianos, que son la mayoría de los europeos; y ofreciendo a cuantos no lo son y quieran acoger el mensaje evangélico una propuesta de humanismo bienhechor para la convivencia.
Si organismos de la Iglesia diocesana como Caritas y el Secretariado para las migraciones se han ocupado de acercar el amor cristiano por el prójimo a los más necesitados, la solidaridad de nuestra Iglesia con los más pobres ha sido una constante que deseamos acrecentar.
Entre los necesitados, se encuentran también miles de cristianos venidos de países hermanos que buscan entre nosotros mejor vida. Por eso, quiero hacer ahora una alusión al programa de la diócesis de ayudar a otras Iglesias cristianas a su asentamiento y organización, para aunar juntos fuerzas y avanzar en la evangelización que la sociedad necesita; al tiempo que abrimos nuestra acción de caridad y promoción de la justicia a las necesidades más urgentes, sin reparar en procedencia, cultura o religión, sabiendo como sabemos ―porque Dios así lo ha revelado― que todos los hombres son nuestros hermanos.
Jesús vino para devolver a todos los hombres a la unidad que el pecado había roto. Que la Navidad nos devuelva a todos a la contemplación de Belén, para que podamos descubrir el común origen de nuestra humanidad, que Dios ha hecho suya en Jesucristo nacido de María, la Madre Inmaculada que Dios libró del pecado para que fuera la “digna morada” que preparó para su Hijo.
En este año de la Eucaristía y de la Inmaculada, quiero invitar a todos a adquirir una mayor conciencia de que la carne de Jesús es la de María y que con esta humanidad recibida de ella se quedó para siempre con nosotros.
A todos los diocesanos y a cuantos acogen este mensaje con buena voluntad envío la mejor felicitación de Navidad, con todo afecto y los mejores deseos de bendición divina.
Almería, 24 de diciembre de 2004
+ ADOLFO GONZÁLEZ MONTES
Obispo de Almería |