CARTA
BANQUETE Y SACRIFICIO
Queridos diocesanos:
Hoy es Jueves Santo y el corazón se carga de gratitud hacia el Redentor del mundo convertido en alimento que da vida sin fin. El evangelista transmite las palabras de Jesús que dan cumplida explicación del signo eucarístico: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Juan 13,1). En el pan y el vino de la cena les ofrecía el sacramento de su entrega para el perdón de los pecados. Aquel banquete de amistad y comida pascual anticipaba su sacrificio. Aquella cena convertida en eucaristía, “sacrificio de alabanza y comunión”, era para sus discípulos participación de la vida divina que humanamente no podían imaginar. Su estupor apenas podía superar el rechazo de los adversarios de Jesús que inquirían: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (Juan 6, 52); pero ellos, sus discípulos, le amaban y se fiaban, aunque aún no sabían que aquella comida sería el medio de “divinización” de cuantos iban a recibir este sacramento. Faltaba aún la luz de Pascua.
Es Jueves Santo y el acontecer del milagro eucarístico se hace presencia entregada a cuantos tienen fe en Cristo del amor redentor de Dios por nosotros. Porque la Iglesia vive de la Eucaristía: ella la hace y confecciona su ritual sagrado, pero, en verdad, es la Eucaristía la que hace a la Iglesia. Todo en ella mira a la Eucaristía, memorial de la pasión, anuncio y prenda de la gloria futura. Nacida del amor sacrificado de Jesús, la Iglesia entrega a los bautizados la comunión eucarística que contiene el Cuerpo y la Sangre del Redentor del mundo.
Toda la acción evangelizadora de la Iglesia tiene este fin: llevar a los creyentes a participar de la vida de Dios comulgando este divino alimento. Quienes tengan dificultad para entenderlo deben revisar su concepto del cristianismo, porque la fe cristiana es fe en una Persona divina hecha carne y sangre de nuestra humana realidad. El cristianismo es confesar que Jesucristo es el Hijo de Dios encarnado por nosotros y nacido de la inmaculada Virgen María. Evangelizar es llevar a Jesús a cuantos, tocados por su palabra, preguntan por él y por su misterio. La Iglesia sólo hace lo mismo que el Bautista hiciera al señalar a Jesús y declarar públicamente: “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).
La Iglesia es el presentador y heraldo de Jesús, el predicador y la congregación de los que oyen su evangelio; la comunión de los comulgantes en su vida divina; y el sacramento, esto es, el signo viviente de quienes, siendo pecadores y al mismo tiempo llamados a la santidad, constituyen el cauce de encuentro con el Resucitado, escondido en el misterio de Dios pero viviente en la comunidad que vive de él.
No faltará quien me pregunte hoy, una vez más, que cómo puede vivir el Hijo de Dios en una sociedad pecadora como la Iglesia; y he de responderle, una vez más también: como vivió entre los pecadores cuando se hizo carne y sangre nuestra, y obtuvo así el perdón de los crímenes de todos, sin excepción, entregándose como alimento de vida. Tendré que decir a cuantos se escandalizan de los pecados de la Iglesia y la quieren pura, y tal vez la utilizan como pretexto para no ser puros ellos: ¡No tenéis derecho alguno a pedir respuesta a por qué quiso Jesús identificarse con ella! ¿No veis cumplida respuesta en su carne y sangre, que es la vuestra y la mía, la de todos, carne impura y pecadora por la que se entregó a la cruz en sacrificio redentor?
Fue así, identificado con los pecadores, como el hombre Jesús, que era Hijo de Dios, trajo la salvación al mundo. Lo ven y contemplan los que miran con ojos de fe pascual su virginal nacimiento y su pasión y muerte en cruz. ¿Entendéis mejor ahora que si no coméis el pan eucarístico que contiene enteras su divina identidad y su santa humanidad no venceréis sobre la muerte y perderéis definitivamente la vida?
Estoy seguro, queridos diocesanos, que así lo creéis vosotros, porque le amáis. Es tarea nuestra que le amen todos los que aún no le conocen y que retornen a su amor cuantos le amaron; porque sólo él es su Pastor y pasto también.
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería |