CARTA
A LA ESPERA DEL NUEVO PAPA
Queridos diocesanos:
Con la última misa de los “Novendiales”, el novenario de misas que se han aplicado en sufragio del Papa difunto, termina el duelo de la Iglesia convertido en intensa y esperanzada acción de gracias por la vida y el ministerio del Papa que ha introducido a la Iglesia en el tercer milenio. Después de su vida, la muerte de Juan Pablo II ha supuesto para la Iglesia y para el mundo una experiencia de gracia singular. Los medios de comunicación han permitido a millones de seres humanos ver y experimentar cómo la vida de este hombre de Dios, Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo, ha conmovido la conciencia del mundo. El secreto de esta honda conmoción no hay que buscarlo, con planteamientos ideológicos alejados de la realidad, donde no está, porque la vida del Papa difunto sólo tiene una única clave de interpretación y ésta es Cristo.
Quienes hemos podido orar ante los restos mortales del Papa, contemplando la marea humana que acudía a darle su último adiós y rendirle homenaje de gratitud, damos fe de que hemos vivido un fenómeno hondamente espiritual, un acontecimiento de gracia a través del cual Dios ha hablado a su Iglesia y al mundo, para recordarnos a todos que sólo Cristo es la razón de ser de la Iglesia, y que sin la Iglesia los hombres no podrían acceder al misterio de Cristo y a la salvación que Dios ofrece al mundo en él, en su vida, muerte y resurrección.
Pasé algún tiempo ante los restos mortales del Papa meditando en la gigantesca obra apostólica que deja tras de sí, el magisterio y el testimonio de una vida entregada a Dios y a los hombres, asimilada eucarísticamente a Cristo entregado por nosotros a la cruz. Cuando terminó la misa exequial, austera y bella como lo es la liturgia latina, preñada de Escritura y de ritualidad significante, el mundo entero, convocado en la Plaza de San Pedro, había vivido el adiós más fraterno y a un tiempo filial jamás dado a un Papa, pero tampoco a hombre alguno. El tapiz de Cristo Resucitado que había presidido aquella convocatoria ofrecía la clave de interpretación del acontecimiento, a la cual hemos aludido: Cristo es la Vida del mundo y el Papa se iba con Cristo como testigo del “evangelio de la vida”. En él se cumplían las palabras de Jesús: “Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo” (Juan 14,3).
Los restos mortales del hombre providencial que Dios quiso enviar a su Iglesia para tiempos difíciles yacen ya en espera de la resurrección, bajo una losa blanca de piedra marmórea, la misma piedra de Carrara que sirvió de materia inerme para llegar a figuración de vida bajo el cincel de Miguel Ángel. El Papa ha sido enterrado en un sepulcro excavado en tierra en el absidiolo de las grutas vaticanas donde estuvo colocado cuarenta años el sarcófago del amado Papa Juan XXIII. Dice san Pablo que lo que “se siembra en corrupción, se resucita incorrupción” (1 Corintios 15,42). Esta es nuestra esperanza.
Nos toca ahora expresar la más sentidas gracias a cuantos se han unido a nuestro llanto y han atendido a las razones de esta nuestra esperanza, impactados como nosotros mismos por la vida del hombre de Dios que guió a la Iglesia durante el último cuarto del siglo XX y alentó sus primeros pasos en el alba del siglo XXI. Lo hago en nombre de toda la diócesis, mientras nos disponemos todos los diocesanos, unidos a la Iglesia universal, a implorar de Dios el Espíritu Santo para quienes han de elegir al nuevo Pontífice Romano, a aquel que como Sucesor de Pedro habrá de guiar juntamente con el Colegio Episcopal, del cual el Papa es la Cabeza y el jefe visible, a la Iglesia durante los próximos años.
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
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