CARTA

EL NUEVO PAPA

Queridos diocesanos:

Los cardenales han elegido a Josef Ratzinger, el Prefecto de la Doctrina de la Fe para ocupar la silla de san Pedro y llevar adelante el ministerio del Obispo de Roma y Papa de la Iglesia universal. Todos los comentaristas están de acuerdo en que la rápida elección del nuevo Papa Benedicto XVI deja ver el consenso entorno a su persona como el mejor sucesor de Juan Pablo II para el tiempo presente. Por esta razón impresiona más la prevención y reticencia con que el nuevo Papa ha sido recibido por algunos sectores sociales creadores de la opinión pública con objetivos definidos. Parece como si se quisiera descalificar al nuevo Papa porque no se va a dejar asimilar a los postulados de la cultura vigente.

La verdad es que para el nuevo Papa está muy claro, como para cualquiera que quiera cumplir con el mandato apostólico de Cristo, que la sal no se puede tornar insípida. Está bien probada la ingenuidad de creer que asimilando las posturas de la Iglesia a las de la sociedad, ésta se reconciliaría con el Evangelio. El nuevo Papa sabe muy bien que la disolución de la fe está haciendo estragos irreparables en algunas Iglesias evangélicas y que la crisis interna a algunas Iglesias cristianas es el resultado de una desorientación irreparable: ¿qué creer? ¿quién y por qué tiene autoridad en la Iglesia para decir qué pertenece y qué no pertenece al depósito revelado de la fe? Me confesaba un miembro anglicano de las Comisiones de diálogo teológico ecuménico que si le interesaba de verdad el ministerio del Papa, esto se debía a que el Obispo de Roma no tiene un simple primado pastoral de honor y precedencia, sino que, por voluntad de Cristo, tiene el carisma de la verdad; sí, la verdad de fe, que encarna como intérprete último de la revelación de Dios en Cristo. Un ministerio que el nuevo Papa, igual que sus predecesores, no va a desempeñar, estoy bien seguro de ello, en enrocado aislamiento, sino “en medio de la Iglesia”, en el “centro de la comunión” y muy atento a las urgencias de la hora presente y las necesidades del mundo.

Quienes hoy se muestran reticentes, lo hicieron ya con Pablo VI y lo han hecho con Juan Pablo II. Cuando se reclama la misericordia de Cristo en la actuación de la Iglesia, ¿qué es lo qué se quiere decir? ¿Renunciar a predicar el evangelio? ¿Sustituirlo por postulados acordes con el grado de tolerancia social a las propuestas evangélicas, legitimando indiscriminadamente lo que el mundo da por bueno? A veces así parece, sobre todo si tiene etiqueta política y patente de modernidad.
Quienes conocemos al hasta ahora Cardenal Ratzinger, sabemos muy bien quién es. Su hechura intelectual, su vastísima cultura, su lúcida capacidad de análisis son cualidades de su personalidad que van acompañadas de su elegante forma de proceder como ser humano: exquisito en el trato, atento y respetuoso confidente de cuanto se le expone; sugerente más que impositor, siempre abierto al diálogo y atento a la crítica que se le pueda hacer. Me gustaría preguntar a los críticos: ¿No se debería desconfiar con humildad de que si el Papa estuviera cortado a su propia imagen tal vez no lo estuviera según la mente de Dios? Porque de lo contrario, ¿dónde queda la fe?

Cuando algunos con la autosuficiencia de una actitud segura y “moderna”, se distancian del nuevo Papa como si ya supieran que va a dar de sí, reflejan demasiado miedo para afrontar la mirada ante el espejo y contemplar la propia imagen, no sea que el espejo denuncie el afeamiento que los humanos solemos a veces padecer. Los hay suplicantes de misericordia que son impositivamente inmisericordes, tolerantes que nada toleran, doctrinarios que con nadie dialogan ahogados entre declaraciones de apelación al diálogo.

He repetido muchas veces que una sociedad verdaderamente abierta y democrática es aquella que es capaz de tolerar que la fe religiosa ponga en cuestión el pensamiento “oficial” que la rige. En definitiva, que no tenga miedo ante la proclamación de verdades con pretensión de valor absoluto.

Benedicto XVI es el Papa que Dios ha dado a su Iglesia y es una suerte que este Papa haya resultado de la divina conversión del admirado Cardenal Ratzinger en Benedicto XVI. A mí me acompaña estos días la convicción de que su ministerio pastoral va a ser muy benéfico para la causa del hombre y la causa de los más atormentados por la ignorancia, la duda y la desorientación. Su paternal solicitud nunca dejará en el desvalimiento a los más débiles y necesitados del mundo.

Almería, a 22 de abril de 2005.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería