CARTA
Eucaristía y el amor por el hombre
Queridos diocesanos: La fiesta del Corpus Christi tiene este año un eco especial en el pueblo cristiano. Estamos viviendo un “año de la Eucaristía y de la Inmaculada” que nos urge a meditar sobre el misterio de la presencia de Cristo en el sacramento del Altar. Una presencia real y que por ser fruto de la acción del Espíritu en la Iglesia, oculta bajo la figura del sacramento no sólo la divinidad del Hijo de Dios encarnado, sino también su misma humanidad. Jesucristo resucitado y oculto en el misterio de Dios está al mismo tiempo presente y oculto bajo la figura del pan sacramentado, que ya no es pan, y el vino sacramentado, que ya no lo es; porque ambos elementos, aparentemente pan y vino, son el Cuerpo y la Sangre del Señor, alimento del pueblo peregrino hacia la nueva humanidad.
Tradicionalmenteen la fiesta del Corpus viene celebrándose el “Día nacional de Caridad” y la Iglesia reclama la aportación generosa de los fieles para socorro, atención inmediata y la promoción mejor posible de los más desfavorecidos, los pobres y marginados, a los que si no se ayuda, por aguardar la llegada de los cambios sociales que se esperan de las decisiones de los gobiernos, se verían abandonados a su suerte y expuestos a la más dura marginación.
El discurso social de este día parece haber desplazado en ocasiones el misterio divino celebrado en la liturgia: la presencia eucarística de Cristo en la Iglesia. Se me ha de permitir apelar a la voluntad de Cristo, para decir que esta presencia eucarística es inseparable de su presencia en los pobres y abandonados. Quienes silencian la verdad de fe de la Eucaristía, para convertir el sacramento de la comunión en el Cuerpo y Sangre del Señor en un mero “pretexto de simbolismo religioso” para hablar de los necesarios cambios sociales, atentan gravemente contra la verdad última de la urgencia del amor a los más necesitados: que Cristo se ha identificado con ellos, no como treta o subterfugio para que le amemos a él y no al prójimo, sino para que sigamos su ejemplo y amemos al prójimo por sí mismo, ya que antes que nosotros es Dios quien ha amado primero dando su vida por nosotros.
El amor de Dios por el hombre tiene en la Eucaristía la expresión más alta y sublime de la entrega divina para que el hombre tenga vida. ¿Cómo saltar, entonces, sobre la verdad religiosa del Corpus Christi? Quienes tratan de secularizar la Eucaristía y desestiman la adoración de Cristo en este “sacramento admirable que encierra el memorial de su pasión” terminarán por hacer de las proclamas por la caridad y la justicia un pretexto ideológico para afianzar su propia visión del mundo, demasiado expuesta a ser un reflejo de la pugna de intereses.
Se hace preciso recordar a los cristianos que el alcance social de la Eucaristía pasa ineludiblemente por la comunión eclesial, porque la Iglesia se levanta sobre el cuerpo eucarístico de Cristo y la comunión de fe, ámbito de la fraternidad cristiana, es resultado de la unidad que crea y desarrolla el “dinamismo social” genera la Misa. Cuando se pretende vivir la fe cristiana al margen de la Eucaristía se aleja uno de este dinamismo de unidad y comunión, germen de una sociedad reconciliada y, por eso, mismo lugar donde los pobres reclaman y reciben una atención que sólo el amor les puede proporcionar.
Conviene, por eso, que no saltemos tampoco sobre el “hecho mariano” de que el Cuerpo de Cristo es el “cuerpo nacido de María Virgen”, porque así afirmamos en la confesión de fe que recitamos en la Misa que la humanidad de Jesucristo es nuestra propia humanidad, “nacido de mujer bajo la ley” en identificación total con nosotros, forma suprema del amor divino. ¡Qué lejos todo esto de las proclamas sociales que dejan desamparados a su suerte a aquellos mismos que dicen querer integrar en una sociedad verdaderamente solidaria en la que todos han de identificarse con la humanidad de todos!
Almería, 29 de mayo de 2005
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
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