CARTA
40 AÑOS DEL VATICANO II
Carta a los diocesanos
Queridos diocesanos:
El día de la Inmaculada de 1965 se clausuraba el II Concilio del Vaticano. Han pasado cuarenta años y el Vaticano II sigue siendo el programa de la Iglesia. Evocamos con emoción al amado Papa Juan XXIII, que, interpretando certeramente los signos de los tiempos, convocó el Concilio. Su figura se ha agigantado con el tiempo, venerado ya como beato por todos los que vieron en él al “enviado de Dios de nombre Juan”.
La convocación de un concilio había sido idea de Pío XII, que incluso llegó a sondear las posibilidades reales de llevarlo adelante para afrontar los retos de una sociedad nueva, hondamente dividido por las ideologías, y de una Iglesia en tensión por la confrontación entre tradición y modernidad. La idea hubo de esperar, porque los tiempos no habían madurado para la aventura conciliar.
Vinieron después los dos grandes papas capaces de llevar adelante el Concilio comenzado y el programa conciliar. Pablo VI, asistido por los episcopados centroeuropeos y gran lector de la mejor teología nueva, se propuso llevar adelante el Concilio y aplicarlo, comenzando por la implantación de la reforma de la liturgia. Una empresa ardua que ha hecho de catalizador de la aplicación del Concilio, cuyos frutos son evidentes, a pesar de los excesos.
Pablo VI apoyó su programa en la misión de la Iglesia saliendo, con el diálogo como actitud y método, al encuentro de la nueva sociedad, pero hubo de sufrir las convulsiones del cambio. La Iglesia se vio envuelta en la revolución social alimentada por la fascinación por el marxismo de la izquierda europea, con su particular proyección sobre la América hispana, con los dolorosamente conocidos resultados de desolación espiritual y fracaso humano. El Papa soportaría la crítica del progresismo ideológico a la moral de la persona que daba fundamento a la encíclica Humanae vitae, y la crisis de la conciencia moral católica. Su talante templado y lúcido, su apertura a los valores de la modernidad y su fino sentido de las bellas artes aplicadas a la renovación de la liturgia cristiana dieron una impronta singular a su pontificado, entre las luces de la reforma conciliar y la sombra de los excesos efecto de la ideologización de la fe.
El magisterio de Pablo VI fue prolongado con tesón por Juan Pablo II, el papa que llegó a Roma con la cruda experiencia del totalitarismo comunista y contribuyó de forma decisiva a la quiebra total de un sistema errado en al visión del mundo y del hombre, y de la convivencia humana. Su impulso misionero y su impronta religiosa son la herencia que ha recibido el nuevo Papa Benedicto XVI.
Juan Pablo VI llevó a término la reforma canónica de la Iglesia, e hizo del Sínodo de los Obispos un instrumento eficaz de la colegialidad episcopal. Su apoyo a la causa ecuménica, su pasión por la evangelización de los jóvenes y su recio impulso al laicado católico, amparando a los nuevos movimientos de apostolado son notas definidas de su pontificado.
Ambos papas han aplicado los principios del Concilio, contribuyendo de forma decisiva al surgimiento de la nueva conciencia eclesial. Ambos han querido para el catolicismo una forma nueva de presencia pública, alejada del confesionalismo de otras épocas y, al mismo tiempo, capaz de afrontar el desafío de la cultura moderna, alentando un testimonio valiente de la fe cristiana. Pablo VI creó la «jornada mundial de la paz» y Juan Pablo II trabajó incansablemente por la unidad de una Europa rota en bloques antagónicos haciendo cuanto estuvo a su alcance para recuperar para la unidad europea sus raíces cristianas del Atlántico a los Urales. Hablaron en las Naciones Unidas, y se hicieron presentes en los foros internacionales.
Todo cuanto hicieron los grandes papas del Concilio tenía su inspiración en la visión conciliar de la Iglesia como «sacramento de salvación». En ella el magisterio de los pastores está al servicio de la Palabra de Dios, y el misterio de Cristo es contenido y programa de vida cristiana y testimonio apostólico. El diálogo con la cultura actual es medio de evangelización, porque la Iglesia es para el mundo y sólo a la luz del misterio de Cristo, Verbo encarnado, se esclarece el misterio del hombre.
Así lo entendieron ellos porque así lo propuso el Concilio, que declaró estimar cuanto de bueno hay en todas las religiones, sin dejar de expresar que esa bondad guarda una relación misteriosa con la gracia de Cristo. Como declaró también que la predicación va de la mano de la libertad religiosa. La verdad se ofrece y el mensaje de salvación se acoge en libertad, porque la dignidad del ser humano así lo exige y responde al designio de Dios sobre el hombre.
La Iglesia hoy no sería la que es sin aquel Concilio, al que muchos han querido hacer decir lo que nunca dijo ni estuvo en la boca de los papas que lo impulsaron, empezando por Juan XXIII, que proponía una forma nueva de decirle al hombre de hoy la verdad íntegra revelada de siempre. El Concilio no quiso hacer almoneda de la tradición de fe, ni tampoco secularizar la vida de los cristianos, sino de abrirla a la realidad social y cultural del mundo moderno para atraer mejor al conocimiento de Cristo. Hoy, a cuarenta años de su clausura, con la perspectiva tiempo transcurrido estamos en mejores condiciones de evaluar aciertos y errores en su aplicación. Ha pasado el vendaval y ha retornado la paz de la brisa que serena la fe, pero el desafío del mundo a la Iglesia se ha hecho más descarnado y frontal.
Con mi afecto y bendición.
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
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