CARTA

MENSAJE DE NAVIDAD

Queridos diocesanos:

La Navidad nos vuelve a colocar ante el portal de Belén para que contemplemos el misterio del Dios que se hace hombre por nosotros. El canto de los ángeles que bendicen a Dios y dan gloria al Niño recién nacido nos invita a la concordia y a la paz: «Paz a los hombres que Dios ama».

Dios quiere vendar nuestras heridas y curar nuestro corazón con el bálsamo de su amor, llamándonos a la reconciliación que el Niño Dios ha venido a traer a la tierra. Reconciliación que produce paz entre el cielo y la tierra, entre las naciones enfrentadas, y los individuos amenazados por tensiones y agravios recíprocamente imputados y exhibidos como motivo y argumento para la discordia y la desavenencia. Reconciliación y paz también entre el hombre y la naturaleza que es creación divina.

Crecidos a la luz del Evangelio, son muchos los que no desean cargar con el suave yugo del Redentor, que se ha vuelto para ellos un fardo insoportable del que quisieran desprenderse. Mas ¿cómo podrán vivir ignorando que hace dos mil años el amor de Dios salió al encuentro del hombre? Si renegamos del Evangelio, ¿quién podrá iluminar nuestra vida? ¿Cómo silenciar los símbolos cristianos en Navidad, si la Navidad es una creación cristiana? ¡Es la Navidad de Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre! No es nada bueno para nuestro futuro dejar de apreciar la claridad y el calor de la luz del Evangelio ha proyectado sobre nosotros iluminando el destino trascendente de la vida.

No queremos creerlo así, porque la fe en Cristo sigue alentando en el corazón de millones de seres humanos y sigue alcanzando el corazón de otros muchos que cada año vienen a la fe. Mientras algunos sucumben a la desesperanza, la luz del Evangelio llega a otros para esclarecer el destino de nuestra existencia. No podemos menos de dar gracias a Dios porque la fe se sigue transmitiendo y liberando a los hombres de la esclavitud interior, abriendo el horizonte de la vida a su destino eterno. Nosotros no dejamos de anunciarlo a todos: Dios ama al hombre y hay motivo para la esperanza. Nunca podrá la desesperanza arrancarnos la confianza que tenemos en Dios. Es cierto que tropezamos con dificultades que hemos de afrontar con paz y valor.

El año que se va no ha estado exento de crispación social. Nada más dañino para la paz y el bienestar social de un país que el hostigamiento permanente de aquellos a quienes consideramos adversarios. Los cristianos no queremos imponer nada a nadie, pero no podemos aceptar que otros nos impongan una visión de la persona, la familia y la convivencia social manifiestamente contraria a nuestra conciencia religiosa y a nuestras convicciones. Los derechos fundamentales de la persona y de la familia, y los derechos de los grupos sociales son inalienables, no se otorgan, tan sólo cabe reconocerlos como tales. Son anteriores al Estado porque son connaturales con la condición humana y conculcarlos es contrario a la paz social y poner en peligro la convivencia.

No es bueno abandonar el espíritu de concordia y la voluntad de reconciliación que impulsó el gran paso hacia la paz social que trajo consigo la restauración de la democracia española. España tiene como legado una historia milenaria de civilización y proyección mundial impulsada por la fe cristiana. No es posible hacer tabla rasa de tan contundente realidad histórica. Para algunos la negación del pasado parece responder de hecho a la pretensión de negar la inspiración cristiana de la vida que alentó momentos decisivos de nuestra historia.

Es verdad que la realidad social de hoy es otra que la de tiempos pasados, pero esto no nos puede hacer perder de vista de dónde venimos. Como el Papa ha dicho al comienzo de su pontificado, se hace necesario volver a considerar que el ordenamiento jurídico de una sociedad ha de guardar relación con el orden moral. Una verdadera paz social es inseparable del progreso espiritual, y para que este progreso pueda darse, es preciso reconocer el fundamento trascendente del orden moral.
La familia, tal como Dios la ha concebido en su designio, es un bien que hay que proteger. De que así se haga depende la buena salud de la misma sociedad. Quiero por eso dedicar a todas las familias un recuerdo especial en esta Navidad y desearles una vida de hogar entrañable y fecunda. Tengo muy presentes a cuantos estos días tienen que estar lejos del hogar por razones de trabajo y deber.

No puedo olvidar a tantos hermanos nuestros que han venido hasta nosotros buscando un bienestar mayor al cual tienen derecho. Todos hemos de vivir al amparo de leyes justas. Deseamos que la Navidad traiga para unos y otros una fraterna relación en el respeto a cada identidad y el reconocimiento recíproco.

A las comunidades de cristianos orientales, tanto católicas como ortodoxas, quiero enviar con este mensaje nuestro reconocimiento, lleno de afecto, de sus tradiciones cristianas que hacemos también nuestras. Nos sentimos unidos a todos ellos y les deseamos una Navidad de bendiciones divinas que llenen el hueco de la lejanía de sus países de origen.

El pasado día de la Inmaculada se han cumplido cuarenta años de la clausura del II Concilio del Vaticano. Queremos agradecer a Dios el gran don que supuso para la Iglesia la renovación de la vida cristiana que el Concilio impulsó. La voluntad de diálogo con todos sigue viva en la Iglesia como legado conciliar. Nuestros sentimientos de paz y deseos de bienestar se extienden a todos sin distinción de credo religioso.

Por desgracia, un año más tenemos que decir que no podemos permanecer impasibles ante el enorme sufrimiento que el terrorismo sigue infligiendo a las personas y ante el desorden social en que sume a las naciones. Un año más nuestro recuerdo va a todos cuantos viven en Tierra Santa, donde quisiéramos que los cristianos que allí han nacido y allí tienen hecha su vida no se vean obligados a abandonar sus propios hogares y su patria.

Los cristianos pedimos a Dios paz para el Iraq, donde el terrorismo sigue causando muertes, destruyendo familias y arrastrando al caos a la sociedad. Pedimos paz para las sociedades convulsionadas por los desórdenes públicos causados por la indigencia y la falta de justicia. Pedimos al Niño Dios que los países más pobres se sientan apoyados por los más desarrollados y de mayor bienestar. Tenemos muy presentes a tantos miles de personas, a ciudades enteras que se han visto dolorosamente afectadas por catástrofes naturales de gran magnitud; igual que a cuantos han muerto en accidentes laborales y de tráfico. Nuestro pensamiento en estos días va hacia quienes estuvieron con nosotros y ya nos han dejado para ir al encuentro con Dios. Súplicas que colocamos ante el portal de Belén con esperanza cristiana.

Deseo vivamente que, más allá de las palabras, se afiance entre nosotros un clima de concordia y la paz prenda en el corazón de todos los diocesanos, de los cristianos y de los hombres de buena voluntad, para que podamos acoger el mensaje de los ángeles. A todos sin distinción envío la mejor felicitación navideña y mi bendición.

Almería, 24 de diciembre de 2005
+ MONS. ADOLFO GONZÁLEZ MONTES
Obispo de Almería