CARTA
«Las migraciones, signo de los tiempos»
Queridos diocesanos:
Con este título, el Santo Padre Benedicto XVI nos hace llegar su mensaje para la «XCII Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado» que se celebra este 15 de enero. El Papa ve en el complejo fenómeno de las migraciones no sólo un hecho imposible de ignorar, sino asimismo, con palabras del Vaticano II un «signo de los tiempos». Su amplitud, en efecto, y sus repercusiones sobre las sociedades occidentales es patente. Procedentes de África, América y Asia, en los últimas décadas han llegado a la Europa de la Unión principalmente algunos millones de personas a la búsqueda de una vida mejor y una recuperación de la dignidad mediante el ejercicio honesto de una profesión.
Por lo que se refiere a España, como señalan, a su vez, los Obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones, en 1990 había en España una población extranjera de alrededor de un cuarto de millón, mientras que hoy, quince años después, la cifra alcanza los 3 millones y medio, con un porcentaje sobre la población española en total de un 8,4% y con una distribución muy desigual en las provincias: desde 1,7% al 5% en las de menor densidad de inmigración hasta el 10% al 18% en las que mayor densidad, sin excluir concentraciones concretas de mayor densidad.
Los ciudadanos de la Unión Europea, por lo demás, ya pueden fijar su segunda residencia fuera de sus fronteras nacionales en cualquier país de la Unión, lo que hace que, en casos como los países mediterráneos, la presencia de ciudadanos europeos sea cada vez mayor, constituyendo, como en el caso de España el mayor contingente de extranjeros presentes en el país después de los procedentes de América.
A estas cifras, todas ellas facilitadas por la Comisión Episcopal, hay que añadir las que ofrece sobre la propia emigración española, tan importante desde los años sesenta a los ochenta para la economía del país. Si el siglo XX fue un siglo de emigración y grandes desplazamientos de población europea, todavía hoy un 2,7%, algo más de un millón de españoles viven en lo países a los que emigraron algunos hace décadas. Con todo, España ha pasado en veinte años de ser un país de emigración a convertirse en meta de las migraciones y país de acogida.
Este fenómeno sugiere algunas reflexiones. Si la inmigración produce ciertos desajustes sociales por la repercusión sobre la población autóctona de un contingente elevado de extranjeros, también enriquece el tejido social, empezando por la contribución de los inmigrantes a la producción, fuente de la creación de riqueza. La primer consecuencia que se sigue del hecho: los inmigrantes no pueden ser considerados tan sólo como fuerza de trabajo, sino como personas cuya dignidad es la misma que la de los autóctonos. Sus derechos y deberes, son los mismos.
El problema se plantea cuando la capacidad de producción no puede absorber el contingente de población inmigrante porque el flujo migratorio deja de ser controlado por la ley y se hace objeto de tráfico, poniendo en riesgo la vida de las personas y creando situaciones indeseables por inhumanas. Entonces las leyes tanto nacionales como internacionales deben cumplir la misión de salvaguardar la dignidad de las personas y perseguir el crimen. Hacer objeto de partidismo político el tratamiento de la inmigración sería una inmoralidad en sí misma, al margen de quién y cómo, cuando y con qué medios procediera para atraer el favor electoral de la población.
El Papa señala con una singular fuerza en su mensaje el trato inhumano de las mujeres inmigrantes, en un momento en que las migraciones se han comenzado a caracterizar por el protagonismo de la mujer, un signo de los tiempos. No hace mucho todavía que los Obispos españoles ofrecíamos a la opinión pública una reflexión con datos sobre el lacerante problema del tráfico de mujeres, aunque su eco fue escaso.
Las reflexiones se extenderían, pero baste en esta ocasión recordar que la pluralidad cultural que aporta la inmigración exige respeto y protección de todos, inmigrantes y autóctonos, sin detrimento de nadie. Son muchos los católicos inmigrantes, a los cuales hemos de acoger en nuestras comunidades parroquiales e incorporar a la vida diocesana. Muchos también los cristianos ortodoxos a los cuales hemos de ayudar a integrarse en una sociedad mayoritariamente católica, con el mismo espíritu ecuménico con que queremos acoger a los cristianos de la Unión no católicos. Como también ha de ser posible nuestra convivencia y colaboración con los musulmanes. De la contribución de todos depende la justicia y la prosperidad de una sociedad asentada sobre el bien deseable de la paz y la fraternidad.
Con mi afecto y bendición.
+ ADOLFO GONZÁLEZ MONTES
Obispo de Almería
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