HOMILÍA

HOMILÍA EN LA TOMA DE POSESIÓN E INAUGURACIÓN DEL MINISTERIO EPISCOPAL
DE LA DIÓCESIS DE ALMERÍA


Lecturas: Is 61,1-3
Sal 95
2 Tim 1,6-14
Jn 10,11-16


Excelencias Reverendísimas: Sr. Nuncio Apostólico de Su Santidad, querido hermano Mons. Rosendo Álvarez Gastón, a quien hoy sucedo en esta sede apostólica; Sr. Arzobispo Metropolitano de la Provincia eclesiástica de Granada; y Señores Arzobispos y Obispos, queridos hermanos en el Episcopado;
Excmas. e Ilmas. Autoridades civiles, judiciales, académicas y militares;
Queridos sacerdotes y seminaristas, religiosos y religiosas;
Queridos fieles laicos, hermanos y hermanas en el Señor:

Jesús es el Buen Pastor y el Obispo que hoy llega a vosotros con la misión pastoral que Cristo le confía es siervo suyo; y, por amor de él, se presenta ante vosotros como servidor de todos. Vengo a vosotros, queridos diocesanos de Almería, "en el nombre del Señor". Es él quien me envía cualesquiera que sean las mediaciones de que se ha servido para traerme hasta aquí y hacerme Pastor de la Iglesia de Almería, que ya es mi Iglesia y mi grey, a la que amo y quiero pastorear según la mente y el corazón de Cristo. Sólo de él quiero hacer motivo de mi presencia entre vosotros, ya que "todo lo estimo por perdido ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor" (Fil 3,8).

Vengo a vosotros como discípulo y apóstol de Jesucristo, y me presento ante vosotros apoyando mi discurso no en persuasivas argumentaciones de la sabiduría humana, sino en la gracia de Dios y "la demostración de su Espíritu y de su poder, para que vuestra fe pueda fundarse no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios" (1 Cor 2,4-5).

Es ésta una misión imposible sin el Espíritu que unge a los profetas y envía a los apóstoles. Fue el Espíritu de Dios quien dirigió a su pueblo por medio de los profetas y lo encamino hacia la plenitud de los tiempos. El Espíritu que alentó la misión apostólica y sigue hoy vivificando la vida de los sucesores de los apóstoles y sosteniéndola en un tiempo de especial dificultad para el Evangelio.

Todos los bautizados nos reconocemos investidos por el Espíritu y ungidos por el oleo perfumado de la salvación, para ser testigos de Cristo, sacerdote, profeta y rey. Pero a los ministros ha querido el Señor ungirlos con el crisma de su Espíritu a fin de que pueden representar a Cristo y obren "en su propia persona", para afrontar de esta suerte la misión que les confía de anunciar la Buena Noticia de la salvación. Misión que es tarea y forma de vida en representación de aquel que, enviado él mismo por el Padre, fue ungido por el Espíritu Santo y por cuyo medio ha llegado la salvación a los seres humanos. Alejados de la vida divina por causa del pecado y destinados a la muerte eterna, Dios genera en cuantos creen en su poder una humanidad nueva por medio del Espíritu de Jesús, muerto y resucitado por nosotros y por nuestra salvación, que actúa en la palabra de los ministros y en los sacramentos de la Iglesia.

Cuando hace cinco años fui ungido para ejercer el ministerio episcopal, y en aquel acto consecratorio se me dio el Espíritu por la imposición de manos de los Obispos, fui puesto al frente de su pueblo como pastor de la grey, insertándome en la cadena de la sucesión apostólica ininterrumpida a los largo de veinte siglos. Pasé de este modo a presidir la Iglesia de Ávila como sucesor de los Apóstoles.

Al desligarme ahora el Santo Padre del vínculo que me ha unido estos años a mi muy amada Iglesia de Avila para venir a vosotros con el nuevo vínculo que me liga a esta Iglesia de Almería, siento que el Espíritu de Cristo reaviva en mí la gracia de la ordenación episcopal (cf. 2 Tim 1,6), para acometer de nuevo, esta vez entre vosotros, la misión de hablar en su nombre y representarle en medio vuestro a él, el único "Pastor y Obispo de nuestras almas" (1 Pe 2,25). Como Pablo el Apóstol de las gentes, yo no quiero "saber entre vosotros sino a Jesucristo y a éste crucificado" (1 Cor 2,2).

Cuando hemos proclamado el Evangelio según san Juan y ha llegado a nuestros oídos la alegoría del Buen Pastor, he escuchado de forma especial las palabras de Jesús, cuando dice: "También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a esas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un sólo rebaño, un solo pastor" (Jn 10,16). Estas palabras de Cristo, que en mí tienen un eco especial por haberme consagrado con tan intensa dedicación y actividad durante años al servicio de la unidad de la Iglesia bajo el cayado único de Cristo, adquieren un significado especial. Estas palabras me descubren no sólo que la grey que se me había confiado no era un reducto cerrado sobre sí mismo, sino susceptible de ser agrandada en primer lugar por la comunión de todas las Iglesias particulares, y después permanentemente expandida hasta dar cabida en ella a cuantos se cuentran alejados del Pastor.

Por esta razón, quisiera que mi ministerio pastoral entre vosotros estuviera marcado por una voluntad sincera de salir al encuentro de cuantos esperan de la Iglesia aquellos gestos de amor que puedan convencerles de verdad de que la luz que emana del Evangelio es la luz cierta que viene de Dios por medio de Cristo. Sé muy bien que no todos los que habitan en la geografía donde está plantada la Iglesia de Almería son del rebaño de Cristo, pero el redil que congrega Cristo está abierto a cuantos en él encuentran luz, refugio y aliento para buscar sentido y orientación en una sociedad profundamente materialista y deshumanizada por unas relaciones de transacionales entre individuos, empresas e instituciones que hacen anónima e impersonal la vida de los individuos expuestos a la fuerza y al poder de la macroeconomía y al dictado de la opinión publicada y difundida, que uniforma la mente de las personas y desdibuja el rostro de los seres humanos.

Dejadme deciros a todos cuantos os sentís alejados de nosotros que Cristo conoce vuestros nombres y sabe la geografía de vuestros rostros, que sois expresión y término de su amor crucificado para la salvación del mundo. Cristo es la puerta del redil y la entrada de las ovejas. Es él quien dice de sí mismo: "Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; y entrará y saldrá y encontrará pasto. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,9.10b). Ayudadme a llevar a todos hasta Cristo. Ayudadme a hacer de su Iglesia, por él querida y por él fundada, un reducto de esperanza perceptible y deseable, para que cuantos se sienten deprimidos y olvidados hallen en ella "un recinto de amor y un motivo para seguir esperando".

A vosotros, presbíteros de la Iglesia de Almería os saludo y os convoco a esta tarea apostólica de llevar a Cristo al corazón de los seres humanos. Sois los primeros e insustituibles colaborades del Obispo y sin vosotros nada podrá hacer. Con vuestra ayuda y en la comunión estrecha de fe y esfuerzo pastoral común afrontemos juntos la tarea evangelizadora que pide el estado de la sociedad y la cultura agnóstica que la embarga. Hagámoslo de tal manera que vean en nosotros aquello que estamos llamados ser y a aparecer: "dispensadores de los misterios de Dios".

La evangelización de la sociedad requiere un esfuerzo especial de nuestra parte para transmitir el Evangelio a las jóvenes generaciones, sin dependencias ni compromisos que esterilizan la predicación y la catequesis. No faltamos al respeto de nadie cuando proclamamos nuestras convicciones y creencias. Una sociedad que no tolere la convicción que tenemos de que la Verdad de Dios se nos ha revelado en Cristo y que esa divina verdad nos vincula de forma absoluta, sería una sociedad falta de recursos democráticos. Proclamamos una convicción que estimamos razonable y fundada. No queremos imponerla a nadie, la ofrecemos como creencia inserta en acontecimientos históricos y duradera en el tiempo desde hace dos mil años.

Si dejáramos ahogar la predicación del Evangelio, queridos hermanos sacerdotes, ¿qué sentido tendría nuestra vida, llamados que hemos sido a anunciar su nombre hasta las islas lejanas? ¿Cómo afrontaremos si no el mañana de la sociedad que queremos evangelizar porque somos impelidos a esta misión que no es nuestra, sino de quien nos envía? Las palabras de san Pablo a Timoteo que hemos escuchado se dirigen en particular a nosotros al desvelarnos la personalidad y misión del apóstol: el Señor quiere hacer de cada uno de nosotros un apóstol y un heraldo del evangelio de Cristo, "quien ha destruido la muerte y ha hecho irradiar la vida inmortal" (2 Tim 1,10).

Nada podremos hacer sin la estrecha colaboración de los fieles laicos, a quienes saludo y animo a dar testimonio de Jesucristo sin avergonzarse del Evangelio. En los años de mi ministerio episcopal he puesto particular énfasis en ello. La Iglesia necesita del testimonio de los laicos cristianos, operativos y capaces, testigos vivos de Cristo que no se avergüenzan de dar la cara por el Señor (cf. 2 Tim 1,8). Presentes en los campos de la sociedad más diversos. Ayudad a vuestro Obispo a alentar vuestra tarea y a guiar a la comunidad de los fieles y secundad con vuestro apostolado la pobra misionera de la Iglesia. Para llevar delante el apostolado todos necesitamos de la oración ininterrumpida de las religiosas contemplativas, a las que me dirijo con palabras llenas de admiración y afecto por su generosidad y entrega. Apoyad el empeño apostólico de vuestro Obispo, de los sacerdotes y laicos con la asidua intercesión de vuestras casas de oración.

Cuento con vuerstro apoyo, queridos religiosos y religiosas, entregados como estáis a diversas tareas educativas y asistenciales. Aprecio vuestra colaboración y la tengo en alta estima, y espero que no os falten las vocaciones para que podáis seguir en el tajo del Evangelio con vuestros dones y carismas. Como espero que no nos falten las vocaciones de jóvenes para el sacerdocio. Confío en que el futuro esté marcado por el soplo del Espíritu que ha hecho florecer el Seminario diocesano en los años del pontificado de mi querido hermano don Rosendo, cuyo esfuerzo premie con creces el Señor de la mies. Que Dios siga bendiciéndole a él como premio a su entrega a esta Iglesia y ejemplaridad de vida; y bendiciéndonos a todos con nuevas vocaciones sacerdotales.

Toda la vida de la Iglesia diocesana halla articulación y estructura gracias al ministerio de Obispo, por cuyo medio se mantiene en la unidad y en la comunión de la Iglesia universal. Por medio del Obispo la Iglesia particular entra en la comunión universal que preside el Sucesor de Pedro. Al asumir hoy la presidencia de esta Iglesia de Almería e inaugurar mi ministerio epsicopal en ella, al sentarme en la Cátedra apostólica de san Indalecio, quiero hacer llegar a Su Santidad el Papa el testimonio de mi fraterna y filial devoción por su persona, al tiempo que pido para él la gracia de la salud y de la fortaleza en la fragilidad.

Con vosotros, mis queridos hermanos en el Episcopado, bajo la guía del Sucesor de Pedro, comparto la preocupación por todas las Iglesias, que se hace empeño del Colegio episcopal para la edificación de Cristo en el corazón de los fieles. Por mi pertenencia al Colegio episcopal esta Iglesia particular que es mi Iglesia de Almería se inserta en la Iglesia universal y experimenta la presencia de su misterio en ella. Un misterio de muerte y resurrección para la abundancia definitiva de la vida que se manifiesta en el memorial de la Cruz y la Pascua de Cristo en la celebración eucarística.

Pongo hoy mi ministerio pastoral bajo la protección y la guía de la Santísima Virgen María, con la advocación que ya es para mí entrañable de "Virgen del Mar", patrona de esta tierra de María Santísima, venerada con tanto amor ayer y hoy, en esta fecha jubilar de hallazgo y patrocinio. Que ella interceda por este humilde siervo y discípulo de su Hijo.

S.A.I. Catedral de Almería
7 de julio de 2002
+ ADOLFO GONZÁLEZ MONTES
Obispo de Almería

PALABRAS AL FINAL DE LA MISA

Antes de impartir la bendición quiero agradecer públicamente la presencia de tantas personas que hoy han querido estar aquí acompañandome en esta inauguración de mi ministerio episcopal en Almería. A todos saludo y a todos quiero agradecer su presencia.

En primer lugar, expreso mi agradecimiento a los Sres. Arzobispo y Obispos, venidos en tan alto número a pesar de la fecha veraniega de este día. Vuestra presencia hoy aquí expresa, queridos hermanos, el misterio de la Iglesia, al mismo tiempo que me consuela y hace percibir una vez más vuestra estima, que pido a Dios os premie.

Saludo muy afectuosamente a los representantes de las instituciones sociales y de la cultura: a las autoridades que representan el gobierno de la Nación y al Gobierno de la región, a las autoridades locales: al Sr. Alcalde de Almería y a los representantes de la Corporación municipal y a las autoridades locales civiles, políticas, judiciales, académicas y militares. Agradezco vivamente su presencia en esta inauguración de mi ministerio episcopal, pues entiendo que esta presencia es testimonio inequívoco de la alta estima en que es tenida la Iglesia en la sociedad. Del mismo modo agradezco la presencia de las autoridades civiles y académicas que se han trasladado desde Avila para acompañarme en estos momentos, al Sr. Alcalde y a sus acompañantes. De Ávila han venido sacerdotes y fieles, con el Consejo Episcopal al frente; también la Junta de Gobierno de la Universidad con su Rector Magnífico, expresión solidaria de un esfuerzo común al que tanto entusiasmo, tiempo y dedicación hemos entregado.

Agradezco la presencia de cuantos habéis llegado hasta aquí desde Salamanca, mi ciudad natal y siempre amada, miembros de su Universidad Pontificia con el Rector Magnífico.

Gracias a cuantos os sentís ligados a mí por la fraternidad y la amistad y habéis venido de regiones bien distantes, Cataluña y Galicia, donde tantos hermanos y amigos tengo, después de años de labor profesional y tarea teológica compartida en un común servicio a la Iglesia en España. Gracias, por último, y no son los menos importantes a mi padre, que me ha querido acompañar siguiendo mis pasos apostólicos a pesar de su edad; y a mi hermana y familia; y a todos los conocidos. A todos, sin la excepción del olvido, que Dios os lo pague.