HOMILÍA

HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL
Jueves Santo 2003, celebrada el 16 de abril, Miércoles Santo

Lecturas: Is 61,1-3
Sal 88
Ap 1,5-8
Lc 4,16-21

"Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oir" (Lc 4,21)

Queridos hermanos sacerdotes y queridos fieles laicos:

Celebro esta primera Misa crismal como Obispo vuestro, por la misericordia de Dios, que me confío el cuidado pastoral de esta amada Iglesia de Almería. Justamente ayer, Martes Santo, se cumplía el primer aniversario de mi nombramiento como Obispo vuestro por el Papa Juan Pablo II. Un año que ha pasado pronto, que me ha permitido una fácil adaptación y al mismo tiempo un acrecentamiento del amor por las realidades humanas positivas y esperanzadoras de esta Iglesia. Permitidme, pues, que sin otras palabras de introducción, después de dar gracias a Dios, me detenga en el significado de esta Misa que celebramos, centro sacramental del Año, por cuanto en ella la consagración del santo Crisma y bendición de los oleos, nos proporciona la materia sacramental para la unción de los bautizados y de los ministros, así como para la dedicación a Dios de las cosas santas.

Celebramos además esta Misa sacramental por excelencia cuando ya hemos comenzado a vivir el nuevo Año jubilar diocesano que nos ha otorgado el Santo Padre, mediante la libranza de la indulgencia por parte de la Penitenciaría Apostólica. Aún hemos de celebrar solemnes actos jubilares en honor del beato José María Rubio y de la beata Dolores Rodríguez Sopeña en las villas de Dalías y de Vélez Rubio. Quiero manifestar aquí que será de una importancia grande para la vida apostólica y pastoral de nuestra Iglesia diocesana el que se sepan aprovechar unos y otros acontecimientos y actos programados con motivo de este año jubilar.

Las peregrinaciones a la Catedral de la Encarnación y a las Iglesias parroquiales de las villas natales de estos dos hijos de la Iglesia de Almería, por ser imagen de nuestro caminar hacia la patria definitiva, la Jerusalén del cielo, serán otras tantas ocasiones de renovación interior y de renovados impulsos de evangelización para cuantas parroquias peregrinen a estos lugares santos que hemos designado como lo que de verdad son, ámbitos de conversión y alabanza, recintos de perdón y reconciliación, santuarios de la gracia, porque las iglesias cristianas son recintos para la congregación de nuestras asambleas, las congregaciones del pueblo de Dios, templo y edificación del Espíritu.

Precisamente por ello, son tan necesarias las iglesias. Si en ellas se celebran los misterios de la fe, su misma configuración exterior está llamada a ser expresión material por su plástica configuración de aquel misterio de salvación que es la Iglesia. Para poder seguir celebrando la divina Liturgia y los ritos de la fe necesitamos nuevos templos y en ellos estamos empeñados. Habremos de hacer cuanto esté a nuestro alcance por darle a las comunidades de fieles los lugares aptos para la celebración de la fe. Más áun ellas mismas, las comunidades cristianas, con sus párrocos al frente, tienen que ser sus primeras promotoras de sus propias iglesias.

Al elegir como lema y recapitulación de esta homilía las palabras de Jesús: "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír" (Lc 4,21), he querido atraeros al Ahodie@ de la liturgia, al hoy de la salvación que aquí y ahora acontece, igual que ocurre esta misma salvación en cada celebración de los sacramentos en las distintas iglesias diocesanas. La dignidad del renacido por el agua y el Espíritu Santo se recibe por la de filiación divina y la unción espiritual del Santo, pero estos ritos sacramentales acontecen gracias a la materialidad de los elementos que nos sirven para ello y que, al ser segregados de entre las demás cosas, adquieren aquella santidad que les da lo mismo que significan. El oleo santo deja de ser un simple perfume oleoginoso, un aceite oloroso para ser realidad sacramental por cuyo medio los bautizados reciben el Espíritu Santo significado en este divino perfume.

Ungidos los bautizados con el Crisma reciben por su medio juntamente con el agua que purifica y transforma, la acción fecunda del Espíritu Santo. El mismo que descendió sobre Jesús. Cada bautizado ha sido ungido con el Espíritu de Cristo y hecho por él partícipe de la vida divina. Por eso no es posible acceder al bautismo si antes no se ha producido aquella preparación que se requiere para poder recibir las cosas santas, según la ley de la Iglesia antigua: "lo santo es para los santos". )Quién no comprenderá que no es posible recibir el bautismo sin una iniciación cristiana, tanto doctrinal como ritual suficiente a la vida de la Iglesia? Los que son bautizados de infantes han de ser presentados por quienes se responsabilizan de su educación en la fe; es decir, padres y padrinos y, en su defecto, quienes los suplen. Lo que no es tolerable es una dispensación indiscriminada o falta de catequesis suficiente del bautismo igual que d elos demás sacramentos de la fe.

El designio providente de Dios ha querido servirse de estos signos externos que son los sacramentos y los ritos sacramentales para operar nuestra salvación, sirviéndose así de nuestra propia dimensión corporal para llegar hasta nuestra más honda realidad espiritual, allí donde la vida divina se convierte en identidad de los que han sido redimidos por la sangre del Salvador del mundo. Somos cuerpo y espíritu y los sacramentos son realidades materiales y espirituales a un mismo tiempo. No podemos nosotros disponer de ellos, ni siquiera quienes por nuestra ordenación sagrada hemos sido hechos ministros y dispensadores d ela gracia sacramental. No podemos servirlos a nuestro modo, sino según la mente y la ley de la Iglesia, porque solo ellas garantizan su verdad y sus efectos.

No somos dominadores del rebaño, dice san Pedro, sino servidores de la grey puesta a nuestro cargo, para la cual estamos llamados a ser modelos (cf. 1 Pe 5,2-3), misión para la que fuimos ungidos, a fin de llevar "la Buena Noticia a los pobres y anunciar la libertad a los cautivos, y a los ciegos la vista" y así "anunciar un año de gracia el Señor" (Lc 4,18-19; cf, Is 61,1-2). Vuestra manos sacerdotales, queridos presbíteros, igual que la cabeza del Obispo, fueron ungidas con el Crisma para dispensar estos sacramentos de gracia, y nada nos autoriza a disponer de ellos sino es conforme a la mente de Cristo.
Por esta unción Cristo hace de nosotros sacerdotes del Nuevo Testamento, no para prolongar un sacerdocio incompleto, sino para actualizar el suyo duradero para siempre. Y por medio de nuestro ministerio se prepara un pueblo sacerdotal formado por aquellos que van siendo agregados a los santos al ser regenerados y ungidos, un pueblo de salvados, gracias a la sangre de "aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios su Padre", a quien "sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos" (Ap 1,5-6).

Con el santo Crisma, en verdad, son ungidos los bautizados y lo son también cuantos reciben el sello del Espíritu Santo para llevar una vida adulta en la fe, testigos de Cristo y fuertes en la confesión de su nombre. La iniciación cristiana conduce por esta unción a una meta última que es la comunión en su Cuerpo y Sangre, para recibir con ellos la vida misma de aquel que nos comunica la divinidad que ha recibido del Padre.

Sé lo difícil que hace la sociedad contemporánea hace el ministerio sacerdotal de los ministros ordenados, pero todo hemos de supeditarlo y tenerlo en nada por poder ofrecer a los fieles la mesa de la Palabra y el pan eucarístico, meta de toda evangelización. No deja de ser gozosa la noticia que nos anuncia la nueva Carta encíclica del Santo Padre como la Eucaristía, don y regalo del Papa a la Iglesia, siguiendo la entrega de cada Jueves Santo, que él ha convertido en tradición de su Pontificado. En ella recuerda el Papa a toda la Iglesia que vive de la Eucaristía, experiencia cotidiana de fe en la que se encierra, dice el Pontífice, en síntesis Ael núcleo del misterio de la Iglesia@ [Carta encíclica Ecclesia de Eucharistía, n. 1].

El ministerio sacerdotal convierte a los presbíteros, y al Obispo en sumo grado, maestros del pueblo de Dios como ministros de la palabra; y, además de guías y pastores del pueblo de Dios, en dispensadores de los sagrados ministerios. Ordenados para proclamar la fe con autoridad que les viene de Cristo son ellos quienes ponen la Eucaristía en la Iglesia por voluntad de Cristo, que por su medio se hace presente en la comunidad y en el altar. Cada sacerdote ha de estimar don tan inmerecido en don primero entre los dones, porque por su medio la vida divina se comunica a los fieles, que son asociados al sacrificio eucarístico.

De ahí que la ordenación correcta de las misas en número y calidad en su celebración sea asunto de primera importancia en la vida de un sacerdote, que nunca debe supeditar a nada la celebración de la Eucaristía, meta de su acción pastoral y misión específica de para la que fue ordenado. Todos hemos de revisar nuestro fervor primero, preguntándonos si se mantiene duradera aquella emoción que nos hizo temblar cuando el Señor quiso asociarnos a sus ministros y puso en nuestras manos por vez primera y en virtud de sus propias y proféticas palabras su Cuerpo y su Sangre como dones para la vida del mundo.
La renovación profunda y verdadera del ministerio de los presbíteros guarda una relación inmediata con su condición de ministros fieles de la santísima Eucaristía. Permitidme que hoy, como Obispo vuestro, necesitado como vosotros de la misericordia de Dios, os pida fidelidad a la celebración eucarística, a la forma y al contenido. No os pertenece ni es vuestra, es para el pueblo santo de Dios. Vosotros y yo viviremos de ella dándola a los fieles como manjar de peregrinos y prenda de vida eterna.

Volvamos todos a aquella hora primera de nuestro ministerio, para ofrecer a Cristo nuestros labios y nuestras manos para seguir contribuyendo a que su presencia salvadora alcance a los hombres nuestros hermanos. Al renovar hoy vuestras promesas sacerdotales ante el Obispo y los fieles, recordad, queridos presbíteros, la llamada y la elección que Cristo hizo de vosotros y devolvedle agradecidos por tan inmerecido don un compromiso acrecentado con su amor por los hermanos, por los que él entregó su vida para el perdón de los pecados y la adquisición de un pueblo sacerdotal. Por ellos se santificó Cristo y por ellos, como representación suya y en su propia persona hemos de santificarnos nosotros en él para la vida de los hermanos.

No podremos lograr este objetivo sin la ayuda de los fieles y con su oración. Partícipes de la vida de la Iglesia como miembros de pleno derecho, los fieles cristianos han de ver en los ministros enviados de Cristo y sacramento de su iva presencia en medio de su Iglesia. A ellos, a su oración por nosotros y su ayuda y comprensión hemos de encomendar nuestro ministerio, para que ellos igual que nosotros lo perciban como inestimable e inmerecido don de la misericordia amorosa de Cristo.

Santa Apostólica Iglesia Catedral de la Encarnación
16 de abril del año jubilar diocesano de 2003
Miércoles Santo

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería