HOMILÍA

HOMILÍA EN EL DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Lecturas: Hech 10,34.37-43
Col 3,1-4
Jn 20,1-9

"No os asustéis. )Buscáis a Jesús el nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado.Mirad el sitio donde lo pusieron" (Mc 16,6)


Queridos hermanaos sacerdotes y seminaristas,
queridas religiosas, cofrades y fieles laicos:

Las palabras que anoche leíamos en el evangelio según san Marcos nos anuncian la gran noticia: (`Ha resucitado el Señor! Tal como lo anunciaron las santas mujeres a los Apóstoles sumiéndolos en la perplejidad. María Magdalena vio el sepulcro abierto y vacío y no supo interpretar lo que veía hasta que el Señor le salió al encuentro, igual que se apareció a Pedro y a los Once. Con el salmista canta la Iglesia:

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
(Este es el día en que actuó el Señor,
sea nuestra alegría y nuestro gozo! (Sal 117,22-24).

La resurrección de Cristo abre el significado de todo lo sucedido, tal como lo anuncia Pedro. El Príncipe de los Apóstoles recorre la historia de Jesús, "ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo (...) Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver (...) a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección" (Hech 10,38-39). Dios ungió a Jesús con el Espíritu y Dios lo recitó por medio del Espíritu. Por el bautismo y por la resurrección de entre los muertos, Dios Padre ha constituido a Jesús Ungido o Mesías y Salvador de la humanidad.

Así glorificado por el Padre, "porque Dios estaba con él" (10,38c) y no con quienes le crucificaron, Jesús aparece ante el mundo como aquel que de verdad es: el Hijo de Dios. Por eso, san Pablo dice que él es apóstol de Jesucristo por vocación de Jesús, que lo llamó y se le apareció para revelarse a él y comisionarle como predicador del evangelio (cf. Gál 11,12), para que anuncie que Jesucristo es el "Hijo de Dios, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder , según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos" (Rom 1,3-4).

Es la posesión plena del Espíritu Santo por Jesús, que el Padre ha derramado sobre él lo que le acredita y revela como verdadero Hijo de Dios. El Espíritu de Dios que se cernía sobre la creación al principio del mundo es el mismo que ha recitado a Jesús de entre los muertos. Por poder del Espíritu Santo obraba Jesús las curaciones de los enfermos y salía victorioso sobre el demonio. Este mismo Espíritu es el que Jesús da a los Apóstoles para constituirlos en testigos cualificados ante los hombres de su poder sobre la muerte. Jesús, por su resurrección de entre los muertos, ha recibido "todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28,18), por el cual ha entregado un mandato y una misión a sus Apóstoles. Nombrado Juez de vivos y muertos, en su nombre se predica el perdón de los pecados, que reciben cuantos creen en él (Hech 10 43). No hay otro nombre bajo el cielo en el cual podamos ser salvos. Sólo hay salvación en el nombre de Jesús, ante el cual se ha doblar toda rodilla en los cielos, en la tierra y en el abismo pra gloria de Dios Padre (Fil).

La muerte de Jesús era según el designio de Dios el camino hacia su glorificación. Esto fue lo que comprendió al instante el discípulo amado, al entrar después de Pedro en la cámara del sepulcro: "vio y creyó", dice el evangelista, quien añade: "Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos" (Jn 20,9). Creyeron los discípulos al contemplar la tumba vacía y unir aquella experiencia de la ausencia de Jesús en el sepulcro con las apariciones que habían narrado las santas mujeres. (Era verdad! Jesús había resucitado. Comprendieron entonces el alcance y el sentido de las predicciones de su muerte al entender las Escrituras que anunciaban esa muerte y su resurrección.

Si Cristo no ha resucitado, ciertamente es vana la fe que profesamos. Pero Cristo ha resucitado en verdad y en su nombre anuncia y otorga la Iglesia el perdón de los pecados. La Iglesia es el heraldo de la salvación y, por voluntad de Cristo es inseparable del perdón de los pecados. Es el anuncio de la Iglesia el que hay que aceptar como condición del perdón divino. Es la Iglesia la que bautiza para que los creyentes en Jesús reciban ese perdón y renazca en ellos la vida divina. Por eso, la resurrección de Jesús es la acreditación del evangelio que la Iglesia predica y la de la Iglesia como tal. Es el recitado el que envía: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará ..." (Mc 16,15-16).

El anuncio de la Iglesia es un anuncio público con destino universal, para todo el que lo acoge y le teme porque ADios no hace distinciones, sea de la nación que sea@ (Hech). El anuncio cristiano no es una proclama al servicio de un pueblo o de una cultura. Su alcance es universal, porque "hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos" (Ef 4,5-6). El carácter universal del cristianismo invita a los pueblos y a las culturas al respeto recíproco y al reconocimiento d ela común humanidad, con la meta puesta en el logro de aquella fraternidad que se fundamenta en la paternidad del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

El sepulcro vacío que vieron Pedro y el discípulo amado es el testimonio de que, en efecto, Dios estaba con Jesús. Podría haber sido vaciado de su cadáver, pero Jesús fue visto vivo por los mismos que le habían visto muerto. Jesús puede ser experimentado hoy también en la fe. No como quien comprende su presencia espiritual como mera presencia en la historia de una causa razonable. Su presencia es la de aquel que, en verdad, vive en el misterio de Dios y actúa en su Iglesia. Jesucristo se revela vivo a quienes por la fe se encuentran con él y son atraídos por su amor, le saben resucitado y han visto en él la única esperanza cierta de la humanidad.

Los discípulos lo reconocieron al partir el pan, haciendo memoria de él según su mandato. La Eucaristía se convierte ahora para nosotros en medio de su presencia real y en experiencia de la vida divina que él entrega a cuantos le siguen y le aman.


Catedral de la Encarnación
20 de abril de 2003
Domingo de Resurrección


+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería