HOMILÍA
HOMILÍA EN EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA
Misa de Acción de gracias por la beatificación de Dolores Sopeña
Apertura del Año Jubilar en Vélez Rubio
Lecturas: Hech 4,32-35
Sal 117
1 Jn 5,1-6
Jn 20,19-31
Querido Sr. Cura Párroco y hermanos sacerdotes,
Queridas Catequistas del Instituto Sopeña y fieles laicos,
Hermanos y hermanas en el Señor:
Acabamos de celebrar las solemnidades de la Pascua de Cristo y el gozo por la resurrección del Señor llena el corazón de los fieles. Ciertamente, la resurrección es el argumento de la fe cristiana. Dios ha acreditado a Jesús ante los hombres como verdadero enviado del Padre y Redentor de la humanidad.
En esta solemne Misa que celebramos para dar gracias a Dios por la reciente beatificación en Roma de María de los Dolores Rodríguez Sopeña, bautizada en este templo parroquial e hijo de Vélez, es la muerte y resurrección del Señor la que se actualiza en nosotros por la comunión en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Mientras celebramos la Pascua de Cristo hecha gracia de salvación en nosotros, contemplamos hoy con vivo agradecimiento al Señor que esta Pascua se ha realizado y consumado en una hija de nuestra Iglesia de Almería, la beata Dolores R. Sopeña. Ella fue místicamente configurada con la muerte y resurrección de Cristo por el bautismo y la confirmación la convirtió en testigo del Señor ante los hombres, a los cuales amó hasta dedicar su vida a la promoción cultural y religiosa de los más pobres.
Elevada ahora al honor de los altares, la beata Sopeña, bienaventurada por haber creído, goza de la vida feliz que espera a los bienaventurados. Feliz porque participa de la vida de Dios para siempre, escondida ya en el misterio divino a cuya contemplación esperamos llegar por su gracia y con la intercesión ahora de la beata.
Para llegar a la contemplación de Dios, hemos de renacer de nuevo, según las palabras de Jesús a Nicodemo: "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agia y de Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios" (Jn 3,5). A lo largo de estas semanas de Pascua renacen a la nueva vida los catecúmenos que desde la Vigilia Pascual están recibiendo el bautismo, la confirmación y la sagrada Eucaristía, sacramentos de la iniciación cristiana, pero con ello no termina el proceso de renacimiento si a la recepción de los sacramentos no sigue una vida acorde con la fe profesada. Más aún, es preciso rehacer cada día la fe y mantenerla como fuente de inspiración que alienta nuestras acciones. Es lo que nos dice san Juan en su primera carta: "Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama el que ama a Aquel que da el ser, ama también al que ha nacido de Él. En esto conocemos que amamos a los hijos d Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos" (1 Jn 5,1-2).
Dolores R. Sopeña creía firmemente que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios, nacido de Él, y le parecía de tal transcendencia para la vida del hombre que concibió con acierto pleno la idea de que la transmisión de esta fe transformaría la vida de los pobres y de los desheredados de este mundo. Pensó con pleno acierto que el conocimiento de Dios que nos proporciona el evangelio de Cristo descubre la dignidad del ser humano y su llamada a la santidad como meta de la vida. Por su dignidad el hombre exige aquel respeto y amor que los que aman a Dios y cumplen sus mandamiento se esfuerzan en vivir y en contagiar. Fue así como Dolores R. Sopeña se lanzó a la promoción cultual de los obreros de su época y de los necesitados, convencida de que la apertura de la mente y el desarrollo de las facultades es exigencia de su misma dignidad. Lo que ella creía como intuición genuina de su obra es que esa promoción cultural es inseparable del conocimiento de Dios, fundamento del descubrimiento de la dignidad del hombre.
La importancia de la fe es transcendental, en efecto, para la vida humana, tal como creía la beata. Por eso el evangelio de hoy contrapone la incredulidad del Apóstol Tomás a la fe en el Resucitado. Porque Cristo ha resucitado el hombre tiene un futuro de felicidad plena, consecuencia de su dignidad. El hombre ha sido amado por Dios y llamado a la santidad para el logro definitivo de su vida. Por eso, la proclamación del mensaje evangélico de la resurrección de Cristo es misión y objetivo de cada cristiano.
Es Jesús resucitado quien al exhortar a santo Tomás a creer en él, nos exhorta a todos a mantenernos creyentes: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo sino creyente" (Jn 20, 27). Dios nos manda creer en su Él y creer en su Enviado; y creer apoyados en el testimonio de la predicación apostólica. Por eso dice a Tomás: APorque me has visto has creído. Dichosos los que n o han visto y han creído@ (Jn 20,29).
Por eso, el autor de la carta a los Hebreos dice que la fe es Ala garantía de los que se espera; la prueba de lo que no se ve@ (Hb 11,1). No porque se nos exija una fe absurda o falta de razón, sino porque la fe que siempre es fe en la actuación de Dios en favor nuestro, se levanta sobre una experiencia que otros antes que nosotros. Dice san Pedro: "Dios resucitó a Jesús al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y muertos" (Hech 10,40-42).
Así lo recitamos en el símbolo de la fe, en el Credo, cada vez que nos reunimos en domingo para la celebración del memorial de su muerte y resurrección, que es la santa Misa. Tendríamos que ser consecuentes con esta fe, como lo fue la beata Sopeña, hasta conseguir reproducir en cada comunidad cristiana aquel amor que daba a conocer a los primeros discípulos del Resuciatdo, del cual da testimonio el libro de los Hechos: "En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía" (Hech 4,32). Habían llegado a esta comunión de vida por la fe en Cristo resucitado. Fue esta fe la que los ayuda a descubrirse recíprocamente hermanos, con la misma dignidad señores y esclavos, ricos y pobres. Lo que cual causaba una gran admiración en el pueblo: "Todos eran muy bien vistos" (Hech 4,33), dice san Lucas, porque en vedad aquella multitud de creyentes que se adhirieron al Evangelio y se hicieron bautizar por la predicación de los Apóstoles, "tenían un solo corazón y una sola alma" (v. 32).
Es la fe, como veis, la que transforma el mundo, porque cambia el corazón del hombre y abre ojos para ver la actuación de Dios y contemplar el mundo como obra de su amor. Sin la fe el mundo aparece cerrado sobre sí mismo y sin futuro de felicidad eterna para el hombre. La fe ha llevado a nuestros padres a lo largo d ela historia de la salvación a soportar dificultades y superar sufrimientos, alentando la vida con la esperanza del favor final de Dios y su constante ayuda para avanzar por el camino de la aceptación en libertad plena de la voluntad divina.
Al abrir hoy el Año Jubilar que atraerá a esta iglesia parroquial de Vélez Rubio a los peregrinos que han venir a inspirarse en la fe de Dolores R. Sopeña y a rogar sui inspiración parfa vivirla en favor de nuestros hermanos, tenemos muy presente la llamada universal a la santidad como vocación de los creyentes. Sabemos que esa es la meta y que consiste en hacer la voluntad de Dios en las diversas circunstancias de la vida. Sabemos que ella, igual que el padre Rubio, a quien el Papa canonizará próximamente en Madrid, sólo buscaron seguir el camino de Jesús como siervo obediente del Padre, a quien Dios exaltó, ofreciéndonos en la resurrección su nombre como el único nombre en el cual podemos salvarnos.
El perdón que los peregrinos han de buscar ha de ir seguido de la profunda transformación y renovación de vida. La fe se acreditará en ellos con las obras de la caridad que son obras de la fe. Ganar o recibir la Indulgencia Plenaria por los vivos o por los difuntos significa justamente eso, que Dios nos ofrece el perdón pleno sin atender siquiera a la pena que de hecho merecemos por el pecado. Que sepamos todos agradecer este don de gracia y hacerlo fructificar en obras de vida eterna.
En la Iglesia de la Encarnación de Vélez Rubio
26 de abril de 2003
Apertura del Año Jubilar de Dolores Sopeña
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería |