HOMILÍA
HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN JUAN DE ÁVILA
Lecturas: Hech 9,31-42
Sal 115
Jn 6,60-69
Queridos hermanos sacerdotes y diáconos, queridos seminaristas,
queridos fieles laicos:
Nos reunimos en torno a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía para celebrar la fiesta de san Juan de Ávila, Apóstol de Andalucía y Patrón del Clero español, después de haber vivido acontecimientos eclesiales intensos y de gran trascendencia para la Iglesia de España. La reciente visita del Santo Padre Juan Pablo II ha traído consigo un aire fresco a todas nuestras Iglesias diocesanas. Nos ha descubierto en la respuesta de tantos jóvenes en Cuatro Vientos que, en verdad, la savia de la fe, que ha inspirado profundamente la trayectoria histórica de España es una realidad viva en las nuevas generaciones. La fe de los adultos que, en tan gran cantidad han contemplado el paso del Papa y han escuchado su mensaje, en índices de audiencia en los medios de comunicación, en particular de televisión, verdaderamente altos, es una fe viva en el corazón de millones de españoles. Es preciso tomar conciencia de ellos en un momento en que se está afianzando la idea en tantos pastores y fieles de una profunda secularización de la sociedad y de la cultura españolas.
Esta secularización ha ahondado, sin duda, el profundo vacío de Dios que ha provocado en las últimas décadas en el alma de muchos españoles. No es posible ignorarlo. Sin embargo, la fuerza de la fe, recibida de la predicación apostólica y que ha iluminado la identidad de los pueblos de España no es una realidad residual, sino hondamente arraigada entre nosotros en una amplia mayoría de la población. Es una realidad esperanzadora para proseguir en la tarea de nueva evangelización de la sociedad en la que estamos empeñados.
No podemos dejar caer la invitación del Papa a recordar a todos, como él lo ha hecho una vez más a todos los jóvenes, que "Cristo es la respuesta verdadera a todas las preguntas sobre el hombre y su destino", y que, por eso mismo, "vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y por amor a Él consagrarse al servicio del hombre" (Discurso a los jóvenes, nn. 4 y 5).
El Papa nos ha recordado su invitación fundamental a abrir las puertas de par en par a Cristo, móvil de su acción apostólica y pastoral a lo largo de los veinticinco años de su Pontificado Romano como Sucesor de Pedro. Necesitaríamos más sacerdotes capaces de proclamar con renovado compromiso apostólico la palabra evangélica con la autoridad de los ministros ordenados, la misma que los convierte en maestros de la doctrina. Los sacerdotes no podemos dejar de ser los responsables de nuestras catequesis, ayudados de los catequistas y de tantos colaboradores que, sin embargo, aun ejerciendo con competencia y dedicación la tarea que se les encomienda no nos pueden suplir.
La visita del Papa ha tenido un marco propio, como ha sido la canonización de cinco nuevos santos españoles contemporáneos. Son testigos glorificados de Cristo en nuestros días que se suman a otros ya canonizados en estos años y que, sin duda, serán seguidos en los altares por otros hijos e hijas de la Iglesia en España, verdaderos discípulos de Cristo en la encrucijada de los tiempos actuales. Es así como san José María Rubio y la beata Dolores Rodríguez Sopeña vienen a sumarse al beato Diego Ventaja, Obispo de esta Iglesia, y a los mártires no hace mucho glorificados por el propio Pontífice. Son todos ellos, queridos sacerdotes y fieles, aquella "nube de testigos" de la que nos habla el autor de la carta a los Hebreos (12,1) que nos estimula "a la emulación unos de otros" (Hb 10,24), convencidos de que tenemos acceso pleno a Aquel en quien hemos de tener los ojos fijos, "Jesús, el que inicia y consuma la fe" (Hb 12,2). A ellos nos hemos acercado, "a la asamblea de primogénitos inscritos en el cielo, y a Dios, juez universal, y a los espíritus de los justos llegados ya a su perfección, y a Jeswús mediador de una nueva alianza" (Hb 12,23-24). Ellos son ejemplo de la adhesión y seguimiento de Cristo para nosotros, y por nosotros interceden junto al Mediador único.
Damos gracias a Dios porque nos ha bendecido en ellos y, al mostrarnos la gloria que les había reservado, nos encamina a nosotros hacia ella con su ayuda. Esto es, con la intercesión de quienes han secundado con éxito gracia de Dios, porque la gracia todo lo puede y, si la secundamos igual que hicieron los santos, alcanzaremos a consumar la vocación a la santidad, que es vocación universal de todos los consagrados por el bautismo.
Con ánimo de ayudar a todos como Obispo vuestro a seguir el camino de la santidad, a la que Dios nos llama a todos, he escrito la Carta pastoral que, con motivo de la canonización de san José María Rubio y de la beatificación de Dolores R. Sopeña, quiere trazar unas orientaciones, válidas para cada uno de los estados en que sacerdotes, religiosos y laicos, vivimos los bautizados. La santidad es el gran programa de siempre, válido para cada etapa de la historia de la Iglesia, porque es el prográma única propuesto por Cristo, el Santo de Dios, confesado como tal por Pedro: "Señor, )a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Jn 6,68-69).
Jesús pronunció justamente estas palabras después de haber expuesto ante los judíos su discurso del pan de vida, del cual acabamos de escuchar el fragmento evangélico de la Misa. San Juan de Ávila, modelo de realización consumada de existencia sacerdotal, concebía el ministerio como participación en la distribución del pan de vida eterna que Jesús ofrece como alternativa al alimento perecedero. Sólo por la fe se tiene acceso a este manjar celestial, cuya dispensación se ha encomendado a los sacerdotes para que el mudo no perezca. La vida del sacerdote se entiende así centrada en este pan de la vida eterna que viene a ser la Eucaristía por acción del Espíritu Santo. Lo dice san Juan de Ávila con bellas palabras, refiriéndose al escándalo provocado en los judíos por las palabras de Jesús: "San Pedro, como tenía lumbre del Señor, siendo preguntados los apóstoles por el mismo Señor: )Y vosotros queréis también iros como éstos?, respondió: )A quién iremos, que tienes palabras de vida eterna? (cf. Jn 6,68). Tanto va en la disposición de quien recibe la doctrina, que por una misma palabra uno huye de quien la enseña, y otro se allega más; y esta palabra de este divino pan es de tan alto misterio, que sin lumbre de Espíritu Santo no se puede creer. Que por ésta dijo el Señor: Ninguno puede venir a mí si mi Padre no le trajere (Jn 6,44). Enseñó el celestial Padre al bienaventurado san Pedro allá dentro de su corazón la verdad de la fe, y con aquella lumbre creía que era nuestro Señor y ser verdad todo lo que decía. Ahora lo entendiese, ahora no, como ha de hacer el verdadero creyente" (SAN JUAN DE ÁVILA, Sermones del Santísimo Sacramento, n. 56, en: Obras completas III: Sermones [Madrid 2002], p. 751).
Estas hermosas aclaraciones san Juan de Ávila nos enseñan que la transmisión de la doctrina no es discrecional, sino necesaria y completa, "ahora lo entendiese, ahora no" el destinatario de la misma, porque la revelación se acoge en la fe y no mediante su reducción a criterios de la racionalidad tolerada por la modernidad y la cultura. El sacerdote, queridos hermanos, ha de tener un particular empeño en ejercer como quien de verdad es, maestro de la doctrina. Cuando recita la plegaria eucarística, el sacerdote pone la acción divina que oculta el misterio de Cristo en la hostia sagrada, al ofrecer al hombre el manjar de la vida que es la Palabra de Dios hecha carne y oculta en el pan eucarístico.
Nos dan pie estas reflexiones para llamar la atención sobre la reciente Carta encíclica del Papa sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia Ecclesia de Eucharistia, del pasado Jueves Santo, 17 de abril de 2003. En ella nos recuerda el Santo Padre la fe eucarística de la tradición eclesial desde el origen, y nos coloca una vez más, después de las importantes reflexiones que ha realizado sobre ello, ante la relación de la Iglesia con el misterio de la Eucaristía. La fe eucarística, expone el Papa, es fe apostólica. Es la Eucaristía la meta de toda evangelización y de la catequesis, y la fuente de la caridad cristiana, de la que se nutre el amor al prójimo. En la Eucaristía se edifica la misma Iglesia y se alcanza la prenda de la vida eterna. Toda la iniciación cristiana tiende a la Eucaristía, término y plenitud de la incorporación a Cristo en su cuerpo místico, que es la Iglesia.
¿Cómo posponer la celebración eucarística a supuestos intereses de evangelización cuando el sacramento del Altar es término al que conduce la predicación?
La fe llega por la audición, como dice el Apóstol, pero a la fe sigue la participación en los sacramentos y en la Eucaristía. Sin ésta la Iglesia carece de aquella edificación espiritual que la convierte en sacramento para el mundo como don ofrecido por el Padre para la salvación del mundo en Cristo. El Papa lo dice recapitulando la fe eucarística: "La Eucaristía se manifiesta, pues, como culminación de todos los Sacramentos, en cuanto lleva a la perfección la comunión con Dios Padre, mediante la identificación con el Hijo Unigénito, por obra del Espíritu Santo" (JUAN PABLO II, Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, n.34).
Porque "la Eucaristía es centro y cumbre de la vida de la Iglesia, también lo es del ministerio sacerdotal", por lo cual concluye asimismo el Papa: APor eso, con ánimo agradecido a Jesucristo, nuestro Señor, reitero que la Eucaristía >es la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de institución de la Eucaristía y a la vez en ella= A. El Papa que recuerda su propio magisterio eucarístico (cf. JUAN PABLO II, Carta apostólica Dominicae Cenae, n. 2), señala la íntima relación que el sacerdote ha de percibir entre la Eucaristía y la caridad pastoral, al decir que esta última es "el vínculo que da unidad a su vida y a sus actividades", pero, tal como enseña el Concilio, la caridad pastoral "brota, sobre todo, del sacrificio eucarístico que, por eso, es el centro y raíz de toda la vida del presbítero". A lo que todavía añade el Vaticano II: "Se entiende, pues, lo importante que es para la vida espiritual del sacerdote, como para el bien de la Iglesia y del mundo, que ponga en práctica la recomendación conciliar de celebrar cotidianamente la Eucaristía, >la cual, aunque no puedan estar presentes los fieles, es ciertamente una acción de Cristo y de la Iglesia= (VATICANO II: Decreto Presbyterorum ordinis, n. 13)" (EE, n. 31).
San Juan de Ávila centró de tal modo su vida en el misterio eucarístico que místicamente nos dejó escrito en sus sermones: "Inefable dignidad es aquesta, mayor sin comparación que la que Dios nos dio cuando nos hizo merced de los manjares del cuerpo (...) Mas danos este Señor en manjar pan que en el cielo comen los ángeles, no sólo contemplando su divinidad, mas también su sacra humanidad, mirándola con grandísimo deleite, cebándose en el conocimiento y amor de aquella sacratísima ánima del Verbo de Dios y admirándose de aquella gracia sobre todas las gracias con que la santa humanidad está unida personalmente al Verbo de Dios y está hecha más alta que todos los ángeles, y reverencian al Verbo encarnado como a su Criador en cuanto Dios (cf. Hb 1,4), y su Rey y Señor en cuanto hombre, y se deleitan en gran manera en pensar cómo se humilló a ser hombre y del excesivo amor que tuvo en la cruz, y subieron muy alegres con Él cuando de la tierra subió al cielo" (Sermón 56, de los "Sermones del Santísimo Sacramento", en: cit., 752).
Al celebrar hoy, queridos sacerdotes, la fiesta de san Juan de Ávila, dejémonos enseñar por su doctrina e imitemos su amor eucarístico, que nutra nuestra vida sacerdotal, llamada a la santidad que ha de caracterizarnos para ser entre los fieles sacramento vivo de la presencia del Señor.
)Cómo no agradecer hoy, en esta circunstancia, al Santo Padre su nueva Carta encíclica? Él como Pedro, tal como hemos escuchado en el Libro de los Hechos, recorre las Iglesias para confirmarlas en la fe, para que se multipliquen por la acción del Espíritu Santo.
Que la Virgen María, Madre del Redentor, de quien el Verbo tomó su humanidad, ahora glorificada en los cielos, interceda por nosotros ante su Hijo, a fin de que alcancemos aquella configuración con Cristo que hace fecunda la vida del sacerdote.
En la Catedral de la Encarnación
10 de mayo de 2003
San Juan de Ávila
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería |