HOMILÍA
HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN INDALECIO
Patrono de la Diócesis y de la Ciudad
Lecturas: Hech 20,17-18.28-32.36
Sal 15
1 Pe 5,1-4
Lc 22,24-30
Nos convoca hoy la fiesta del Patrón de la ciudad y diócesis de Almería, predicador según tradición antigua, de la que dan fe algunos oracionales de los siglos VII y VIII, aunque los martirologios históricos sólo a partir del siglo IX recogen la fiesta de los varones apostólicos.
Más allá, sin embargo, de la narración histórica adornada por la leyenda piadosa, san Indalecio encarna la personalidad de uno de los primeros misioneros del Evangelio de Cristo en la Península Ibérica particularmente vinculado a nosotros por haber sido este el escenario geográfico de su predicación. Las actas del Concilio de Elvira, celebrado en los primeros años del siglo IV, atestiguan el asentamiento ya antiguo del cristianismo en Almería, recogiendo el nombre del Obispo de Urci y los nombres de algunos de sus presbíteros. Las comunidades cristianas asentadas en estas tierras en los siglos II y III son el fruto granado de la predicación apostólica del Evangelio, es decir, de aquellos misioneros apostólicos, entre los que la tradición muy antigua menciona a san Indalecio. Ellos anunciaron a Cristo y establecieron la Iglesia en el sur peninsular, independientemente de los elementos legendarios de la noticia piadosa sobre los Varones apostólicos.
Honramos al Obispo transmisor de la fe que plantó la Iglesia de Cristo en Almería, dando lugar a la historia de la Iglesia en estas tierras, regadas asimismo con la sangre del martirio de cuantos han dado la vida por ella, manteniendo la fiel adhesión a Jesucristo que ha permitido que el Evangelio llegue hasta nosotros inspirando la vida y la muerte de los creyentes en Cristo.
)Cómo no hacer mención de la exhortación del autor de la Carta a los Hebreos?: "Acordaos de aquellos dirigentes vuestros, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. No os dejéis arrastrar por doctrinas complicadas y extrañas" (Hb 13,7-9).
En verdad, nuestra fe está regida por la tradición eclesial, no por la leyenda, por piadosa que sea, sino por la ley espiritual de la Iglesia que es la concreción del Evangelio en la vida sacramental y moral, en las instituciones apostólicas que vertebran cuanto creemos y practicamos y dan cuerpo a la comunidad de fe que formamos. No se ha de confundir la tradición de fe con las tradiciones religiosas, como frecuentemente sucede. Se hace precisa una catequesis que enseñe a distinguir a los fieles la tradición de fe de la Iglesia de las muchas, ricas y variadas tradiciones religiosas, que por muy venerables que sean han de estar sometidas a la norma de la fe apostólica por la cual se gobierna la Iglesia. De lo contrario las desviaciones de la fe pueden amenazar la vida cristiana y su presencia en la sociedad y en la cultura.
Es lo que recomienda san Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso: "Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su Hijo" (Hech 20,28). Es cometido irrenunciable del maestro de la fe y pastor de la comunidad velar por la permanencia en la verdad de todos los fieles. Cuando por complacencia y falsa tolerancia de creencias y costumbres, los pastores renuncian a instruir en la verdad a los fieles, se hacen ellos mismos cómplices de las desviaciones de la fe. Los pastores son los predicadores autorizados que no anulan la predicación de palabra y obra de los bautizados, sino que la orientan y le dan norma y criterio. Los mismos que tenemos en la tradición de fe apostólica. Por eso, el Apóstol advierte contra la acción de los que "deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos" (v.30).
Esta acción magisterial de los pastores ha de ir acompañada en todo momento por la entrega de la vida para bien de los bautizados. Los pastores han de aceptar el cargo recibido de buena gana y no buscando la propia comodidad o, lo que es detestable, sórdida ganancia. La generosidad del pastor se manifiesta en su abnegación amorosa por la comunidad de los fieles cristianos. Procediendo, tal como dice san Pedro, de aquel modo y manera que resulta integrador de la diversidad, y que reduce a obediencia con procedimientos acordes con la mansedumbre y humildad de Cristo, no con despotismo autoritario, sino con la firmeza de quien no se deja manipular, pero se arma de paciencia y tolerancia. Sin dejar de recordar la verdad de la fe, aun a costa de sacrificios y aceptando humillaciones. Porque sólo imitando la mansedumbre y la dulzura de Cristo, buen Pastor, se configuran con él los que ejercen en la Iglesia el ministerio pastoral.
La autoridad de los ministros no se degrada cuando se ejerce sin dominio, más aún, se acrecienta, porque de ejerce conforme al consejo evangélico del Señor: "el primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierne, como el que sirve" (Lc 22,26). Se trata del modo de proceder con humildad y voluntad de servicio, no de renunciar al ejercicio de la autoridad, sin la cual no se salvaguarda ni la pureza de la doctrina ni la práctica de la fe. Más aún, cuando falta el ejercicio de la autoridad de los ministros, la ejercen a veces con intolerancia y poca consideración quienes no la tienen recibida del Señor, y la toman por su mano con voluntad de doblegar a pastores y fieles.
Por eso, no se ejerce la autoridad apostólica sin padecimiento y pruebas diversas, pero, como nos dice el Señor: "Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo os transmito el Reino como me lo transmitió mi Padre a mí. Comeréis y beberéis a mi mesa en mi Reino, y os sentaréis en tronos para regir a las doce tribus de Israel" (Lc 22,28-30). A los pastores se nos promete el Reino y la participación en la mesa celestial, pero sólo llegaremos a ella con los fieles que nos han sido encomendados, después de haberlos guardo en la verdad con la ayuda del Espíritu Santo y haberlos mantenido en la unidad de la Iglesia. Un cometido dificultoso, pero que cuenta con la súplica ferviente de Cristo, Pastor único, por la unidad de todos los fieles: "Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros somos uno" (Jn 17,11). "Santificar en la verdad" (cf. Jn 17,17) a los fieles es la misión encomendada, que sólo la caridad pastoral ayuda a realizar. Aquella caridad que brota del corazón pastoral de los ministros y es percibida por los fieles como manifestación del amor y de la misericordia de Dios.
Que al celebrar ahora la Eucaristía que con configura con el Señor, muerto y resucitado por nosotros, todos, pastores y fieles son sintamos custodiados por aquel que es el Pastor único de las ovejas y cuyo ministerio ha sido sellado con la entrega de su vida y el derramamiento de su sangre para la vida del mundo.
Catedral de la Encarnación
15 de mayo de 2003
Fiesta de san Indalecio
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería |