HOMILÍA

EL CUMPLIMIENTO DE LA LEY DIVINA HACE A DIOS CERCANO AL HOMBRE”

“La cercanía de Dios se alcanza con el cumplimiento de la ley divina. La cercanía de Dios es, por eso mismo, el secreto de la grandeza de un pueblo que se rige por la ley de Dios, impresa en el corazón de los hombres y revelada en la historia de la salvación al pueblo elegido, para su propuesta universal a todos los pueblos.

La inscripción de la ley divina en el corazón del ser humano es manifestación de la imagen de Dios en él, creado a semejanza del Creador; y es el fundamento de la moralidad de las acciones verdaderamente humanas. Por esta razón, soslayar la ley de Dios sólo puede conducir a nublar el código moral de conducta que nos hace verdaderamente humanos. La conducta no se torna moral por que así lo decidan los hombres modificando el valor de las acciones mediante los preceptos humanos. La legislación positiva, por sí misma, no hace moralidad ni cambia el valor moral de acciones intrínsecamente malas o perversas. La moralidad de las acciones se fundamenta, por el contrario, en la voluntad divina, porque Dios quiere sólo el bien del hombre. Dios no puede querer sino nuestra realización plena y la consumación de nuestra humanidad en la aceptación y realización de su voluntad como bien pleno del hombre.

El evangelio de Cristo, que ha inspirado ampliamente la conciencia cristiana de Europea se ha convertido históricamente en fuente y nutriente de las mejores empresas de los europeos. ¿Cómo podríamos renunciar a las raíces de la moralidad que inspira el humanismo que caracteriza la civilización europea? El Papa, en su reciente Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, dice que el interés de la Iglesia por Europa deriva de su naturaleza y misión; y añade que “a lo largo de los siglos la Iglesia ha mantenido lazos muy estrechos con nuestro Continente, de tal modo que la fisonomía espiritual de Europa se ha ido formando gracias a los esfuerzos de grandes misioneros y al testimonio de santos y mártires, a la labor asidua de monjes, religiosos y pastores” (JUAN PABLO II, Exhortación apost. posts. Ecclesia in Europa, [28 junio 2003], n. 25). ¿Quién puede negar que históricamente ha sido así?

El Papa prosigue diciendo: “De la concepción bíblica del hombre Europa ha tomado lo mejor de su cultura humanista, ha encontrado inspiración para sus creaciones intelectuales y artísticas, ha elaborado normas de derecho y, sobre todo, ha promovido la dignidad de la persona, fuente de derechos inalienables. De este modo la Iglesia, en cuanto depositaria del Evangelio, ha contribuido a difundir y a consolidar los valores que han hecho universal la cultura europea. Al recordar todo esto, la Iglesia de hoy siente, con nueva responsabilidad, el deber apremiante de no disipar este patrimonio precioso y ayudar a Europa a construirse a sí misma, revitalizando las raíces cristianas que le han dado origen” (Ibid.).

No se trata de ignorar o de no querer respetar el carácter laico del Estado moderno; se trata de no someter las sociedades como ámbitos de libertad al cúmulo de prejuicios anticristianos imperantes, los mismos que se esgrimen todavía hoy con virulencia aunque han sido históricamente derrotados por la contundencia de los hechos históricos, para impedir que la sociedades europeas vean reflejada en su propia ordenación jurídica la trayectoria histórica que le ha dado origen y sin la cual no es posible entender su realidad actual.

¿Por qué este empeño por silenciar la historia cristiana de nuestros pueblos? ¿Qué ganamos alejándonos de la fe cristiana? ¿No debemos a Jesucristo la revelación de la paternidad de Dios y el conocimiento de la dignidad y el destino eternamente feliz del hombre? ¿No es el evangelio de Cristo la proclama de la dignidad del ser humano? ¿Acaso los derechos del hombre se sostienen sobre la sola voluntad de quererlos reivindicar cada día sin referirse nunca a la verdadera razón de ser y fundamento de la dignidad del ser humano? ¿Quién puede conferirle al hombre su dignidad? ¿Quién podría dar valor moral a sus acciones si Dios no existiera y el bien y el mal no fueran realidades objetivas que Dios nos ha dado a conocer en su honda verdad para que nadie tenga excusa alguna ante la ley divina?

Esta es la razón de ser de la palabra de la Iglesia, depositaria de la revelación de Dios en Cristo. No se trata de mantener una religión de Estado, sino de dar cauces a la sociedad para que esta pueda en plena libertad dar cabida a la palabra de Dios y mantener la inspiración que de ella le viene al hombre para dar opción a los ciudadanos a conducirse según la ley de Dios, y a tributar al Dios vivo y verdadero el culto que le agrada”.


De la homilía de Mons. González Montes en el Santuario de la Patrona, en el domingo de la procesión de la Virgen del Mar.

Almería, 31 de agosto de 2003.