HOMILÍA
Homilía en la fiesta de San Esteban
Aniversario de la entrega de la ciudad de Almería
a los Reyes Católicos
Lecturas: Hech 6, 8-10; 7,54-59
Sal 30
Mt 10,17-22
Excmo. Cabildo Catedral y sacerdotes concelebrantes;
Ilustrísimo Sr. Alcalde;
Excelentísimas e ilustrísimas Autoridades civiles y militares;
Miembros de la Policía local, que celebráis la fiesta patronal;
Hermanos y hermanas:
Un año más el aniversario de la entrega de la ciudad a los Reyes Católicos nos convoca a esta celebración religiosa de acción de gracias por la recuperación de la libertad perdida. Una acción de gracias que sigue a la procesión cívico religiosa del pendón de la ciudad, santo y seña de aquella histórica jornada del 21 de diciembre de 1489.
Desde entonces a nuestros días la sociedad española ha cambiado mucho. La introducción de un orden jurídico acorde con el principio fundamental de libertad religiosa garantiza la libertad de conciencia y la práctica de la religión según el credo propio, al que la persona se adhiere en libertad.
Las religiones no se asientan sobre una carta de creencias resultado de la libre selección de las mismas. La libertad de la religión estriba en la profesión libre de la fe que se abraza, y descansa en el hecho mismo de adherirse a un credo que el creyente no puede decidir porque le viene dado y es anterior a él. Por eso, el credo abrazado, que concede sentido a la vida del creyente, puede llevarle a poner en juego también su propia vida, es decir a morir por él.
En el cristianismo este credo es una confesión de fe en el misterio de una persona y su misión, en Jesucristo Redentor y Salvador de la humanidad. Esto es lo que predicaba san Esteban, el primer mártir de la fe cristiana, a quienes habían sido correligionarios suyos, los hermanos judíos, a los cuales Esteban anunciaba que Jesús era el Mesías esperado durante siglos por el pueblo elegido; y que Dios así lo había revelado resucitándolo de entre los muertos.
Esteban veía los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios. Era la visión del profeta Daniel aplicada a Jesús. El profeta había contemplado al Hijo del hombre, aquel ser humano que parecía ser divino y venía sobre las nubes del cielo, al cual le fue dado el poder, honor y reino; aquel a quien servían todos los pueblos, naciones y lenguas. (Dn 7,13-14). El diácono y predicador Esteban hablaba de esta visión tantas veces leída en la sinagoga y cuyo significado último se escapaba a la piedad judía. Esteban les aseguraba que Jesús resucitado era este Hijo del hombre, pues una vez resucitado de entre los muertos Jesús aparecía en su gloria y con el poder que recibe de Dios Padre: “Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios” (Hech 7,55).
Esta confesión de fe en la divinidad de Jesús es la causa de la muerte del protomártir cristiano. Una muerte cruel, por lapidación colectiva, que le ha convertido en el primer seguidor de Cristo muerto por la fe en su resurrección. La fe cristiana es inseparable de la resurrección de Cristo, fundamento de la misma y móvil de la predicación del Evangelio a lo largo de los siglos. Es la resurrección de Cristo la que hace del cristianismo algo diferente a la sola adhesión a un conjunto de valores o de pautas de moralidad para una conducta, más o menos correcta, según las estimaciones de la razón humana.
Jesús había advertido a sus discípulos: “No os fiéis de la gente, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi casusa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles” (Mt 10,17-18). Desde la primera persecución padecida por los discípulos de Jesús, la que provino de sus propios hermanos del pueblo elegido, hasta hoy, la fe en Cristo ha estado marcada por la persecución y la dificultad. Con todo, la fe cristiana ha inspirado la conversión de los pueblos y ha alimentado su forma de ver y actuar, orientados por el Evangelio del Resucitado.
Hoy, después de siglos de cristianismo, no estamos en tiempos de cristiandad, la sociedad es más plural y diversificada y, precisamente por esto, el testimonio de la fe se hace más necesario que nunca. La herencia cristiana, sin embargo, constituye el marco de entendimiento del mundo iluminado por el Evangelio de Jesús. La imagen que tenemos del hombre, de sus derechos y de sus obligaciones morales sería imposible sin el cristianismo. El verdadero fundamento de los derechos del hombre es su dignidad, recobrada en la muerte y resurrección de Jesucristo, que se fundamenta en ser el hombre imagen y semejanza de Dios.
Nada es más contrario a la recta razón que negar su misma capacidad para buscar la verdad y dejarse iluminar por ella. Hoy se niega la posibilidad de que haya una Verdad revelada que debamos acoger en nosotros. Nada es más dañino para la conciencia moral de la sociedad que el aniquilamiento de la verdad a la que el hombre puede acceder por la luz natural de la razón; si bien el hombre cuenta, además, con la ayuda de la revelación que Dios nos ha desvelado en Jesucristo. No podemos vivir hoy como si Jesucristo no hubiera existido y como si el tiempo no se contara desde él, aun para cuantos no le aceptan como Redentor del mundo. No es un hecho convencional que en estas fechas daremos paso al nuevo año de 2004 del Señor Jesucristo.La fuerza expansiva de su Evangelio ha hecho posible este milagro prodigioso de estar el mundo regido por la división de tiempos, antes y después de él. Hemos de tomar postura ante la indiferencia religiosa de tantos europeos. Son estremecedoras las palabras del mensaje final de los Obispos en el último sínodo para Europa, que reaccionaba contra la situación descreída del tiempo actual invitándonos a superarla mediante la esperanza y la llamada a la confianza en Dios; a progresar en el camino de la conversión como alternativa a la situación de grave indiferencia religiosa en se halla sumida gran parte de nuestra sociedad. Hoy son muchos los europeos que no conocen a Jesucristo; estamos incluso ante “un secularismo que contagia a un amplio sector de cristianos que normalmente piensan, deciden y viven como si Cristo no existiera “ (II ASAMBLEA ESPECIAL PARA EUROPA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS, Mensaje final, n.5: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 29 octubre 1999).
No podemos cegar nuestros ojos a nuestra historia de fe, al aliento que para vivir y morir la fe cristiana ha prestado a nuestro pueblo. No se trata de restaurar confesionalismos ni tampoco de coartar la libertad de los tiempos modernos, sino de dejar a la fe cristiana, en el marco de la nueva libertad social, ser ella misma. Una sociedad verdaderamente libre no puede reprimir la libertad de la fe a la que tienen derecho tanto los individuoscomo las comunidades religiosas y la colectividad. El laicismo no puede imponerse ni a los individuos ni a la sociedad, porque la libertad de religión en una sociedad democrática no puede reducirse a la libertad de pensamiento ni tampoco de conciencia. No es simple libertad para creer, ni siquiera libertad sólo de culto. Es libertad para vivir según la propia fe, que no es posible recluir en el recinto privado de la conciencia. La libertad de religión es una cuestión pública.
No debemos repetir lo peor de nuestra historia. Quienes pretenden imponer el laicismo, aun cuando declaran lo contrario tomando como pretexto el respeto a todas las religiones, reprimen de hecho la libertad de las creencias para manifestarse socialmente. Con toda razón los Obispos franceses han levantado su voz contra la imposición del laicismo de Estado, contrario a todo signo religioso público como forma única de garantizar el orden democrático de la sociedad. Con ello siembran la idea de que la religión es un factor en sí mismo distorsionador de la paz pública.
Al conmemorar hoy, un año más, la entrega de la ciudad de Almería a los Reyes Católicos, agradecemos vivamente la presencia de las instituciones de la sociedad almeriense en esta misa de acción de gracias. Es una muestra de respeto hacia la historia objetiva de la ciudad. Los que profesamos la fe en Cristo no ofendemos a nadie proclamando nuestra fe y reconociendo en la historia su influjo y su presencia.
En la reciente exhortación apostólica Ecclesia in Europa, que el Papa ha dirigido a todos las Iglesias de Europa, dice: “En efecto, a lo largo de los siglos, la Iglesia ha mantenido lazos muy estrechos con nuestro Continente, de tal modo que la fisonomía espiritual de Europa se ha ido formando gracias a los esfuerzos de grandes misioneros y al testimonio de los santos y mártires, a la labor asidua de monjes, religiosos y pastores. De la concepción bíblica del hombre, Europa ha tomado lo mejor de su cultura humanista, ha encontrado inspiración para sus creaciones intelectuales y artísticas, ha elaborado normas de derecho y, sobre todo, ha promovido la dignidad de la persona, fuente de derechos inalienables” (JUAN PABLO II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, n. 25).
Estas palabras del Papa pueden ayudarnos a superar la tentación de volver las espaldas a nuestra historia. Al despedirse de nosotros en su último viaje, después de haber canonizado a san José María Rubio, hijo de esta Iglesia de Almería, junto con otros cuatro españoles, tres religiosas y un sacerdote mártir, hijos ejemplares de la Iglesia por su santidad de vida y actividad apostólica y por su servicio a los pobres y necesitados, decía el Papa: “España, siguiendo un pasado de valiente evangelización: ¡sé también hoy testigo de Jesucristo resucitado!” (JUAN PABLO II, Homilía en la canonización de cinco beatos españoles, n.1).
Que estas palabras del Papa nos ayuden a confiar en nuestra historia y a no cerrarla sobre sí misma, sino a abrirla a un futuro de esperanza para el logro de la paz y de la mejor convivencia en Europa y entre las naciones. La Eucaristía que ahora vamos a celebrar viene a ayudar nuestra fe al darnos participación en al vida de Aquel que se hizo hombre por nosotros y asumió nuestra historia para redimirla desde dentro, para que nuestra historia fuera la historia de Dios. ¡Qué gozo contemplar en estos días navideños a Dios en la carne del Niño de Belén! Con la Virgen María y con san José acojamos al Verbo de Dios hecho hombre porque, gracias al misterio de su unión con nuestra humanidad, hemos obtenido acceso a Dios y podemos entrar en comunión plena con él.
S. A. I. Catedral de la Encarnación, 26 de diciembre de 2003
San Esteban Protomártir
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería |