HOMILÍA
HOMILÍA EN LA MISA POR LAS VÍCTIMAS DEL ATENTADO TERRORISTA
DEL 11 DE MARZO DE 2004 EN MADRID
Lecturas: Lam 3,17-26
Sal 24,6-7. 17-18. 20-21
Lc 12,35-40
Queridos hermanos sacerdotes,
Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades civiles y militares;
Queridos hermanos todos en el Señor muerto y resucitado por nuestra salvación:
Nos trae esta tarde hasta el altar del Señor nuestra voluntad unánime y fraterna de elevar a Dios nuestra súplica por el eterno descanso de los casi dos centenares de víctimas mortales del hecho luctuoso del criminal atentado perpetrado por terroristas en la capital de nuestro país. Madrid acumula en sí misma el dolor de toda España por tan execrable crimen. Todos nos encontramos hoy junto a los heridos que han sobrevivido al atentado y junto a los familiares de fallecidos y heridos, sin que apenas hayamos podido reponernos del tremendo impacto a que hemos sido sometidos.
En estos momentos nos volvemos hacia Cristo crucificado, que lleva sobre sí todas las heridas del mundo y todas sus laceraciones: “Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron.” (Is 53,4-5). Todo el dolor del mundo se concentra en Jesucristo crucificado, secuencia del Calvario que dentro de unos días encontrará un eco particular en nuestras calles con las celebraciones de la Semana Santa. Secuencia de inmenso sufrimiento ocasionado por el pecado de los hombres, origen de todo mal y sufrimiento. Los que creemos en el valor redentor del dolor de Cristo nos reconocemos salvados en él y de la cruz vemos brotar aquella esperanza que alienta en nuestros corazones, esperanza fundada en la resurrección de Cristo de entre los muertos, esperanza ofrecida por Dios a toda la humanidad que anhela la salvación. Porque, como dice el Apóstol san Pablo, es la obediencia de Cristo “hasta la muerte y una muerte de cruz” (Fil 2, 8) el origen de nuestra resurrección; y “así como por la desobediencia de un hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno todos serán constituidos justos” (Rom 5,19).
Es verdad que en situaciones como la presente nuestra identificación con el profeta de las Lamentaciones es completa: “Me han arrancado la paz y ni me acuerdo de la dicha; me digo: Se me acabaron las fuerzas y mi esperanza en el Señor. Fíjate en mi aflicción y en mi amargura, en la hiel que me envenena: no hago más que pensar en ello y estoy abatido” (Lam 3,17-20). ¿Qué sentido puede tener tanta muerte y desolación? ¿Qué se puede alcanzar de bueno cuando se pretende lograr mediante la muerte y el sufrimiento? Sobre la muerte sólo se puede sembrar la muerte.
Pero nosotros somos hombres de esperanza y, con el profeta, traemos a la memoria algo que nos da esperanza: “que la misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión; antes bien, se renueva cada mañana” (Lam 3,22-23). Nuestra plegaria se dirige a Dios confiando en su misericordia: “Recuerda, Señor, que tu ternura / y tu misericordia son eternas (...) // Ensancha mi corazón oprimido / y sácame de mis tribulaciones. // Mira mis trabajos y mis penas / y perdona todos mis pecados” (Sal 24, 6s).
Por eso, a pesar de la oscuridad que arrojan sobre nosotros los acontecimientos luctuosos que estamos viviendo, nos reconocemos salvados en la muerte de Jesús, que a todos nos iguala en el perdón y la gracia que nos elevan a hijos de Dios destinados a la vida eterna. De suerte que “si el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8,11).
Ninguno de los sorprendidos por el zarpazo mortal del crimen terrorista podía sospechar esta horrible desgracia. Comprendemos mejor la advertencia de Jesús en el Evangelio: “Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas (...) Estad preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre” (Lc 12,35.40). Todos hemos de estar preparados, con la confianza puesta siempre en el Señor, porque vivimos sometidos a nuestra condición frágil y quebradiza, mortal.
Por eso, la natural defensa de la vida terrena tiene siempre que ir acompañada de hechos merecedores de la vida eterna que esperamos. Hemos de llevar una conducta intachable a los ojos de Dios. Hemos de vivir con sentido de nuestro destino último, para poder ser justificados por Dios. El mandamiento de Dios es contundente: “No matarás” (Ex 20,13). La condición sagrada de la vida tiene su fundamento en que su origen está en Dios, y el hombre es la imagen viviente de Dios. Por eso, desde que Caín asesinó a su hermano, la sangre de Abel, dice el Señor, “se oye clamar desde el suelo a mí” (Gn 4,11). Sobre Caín pesa la maldición de Dios para siempre.
Hemos de enjuiciar moralmente el terrorismo sin ningún tipo de atenuaciones o paliativos como crimen execrable y hablar de la intrínseca perversión de los terroristas. Sólo esta perversión da cuenta del ofuscamiento de la luz natural de la razón en la mente de los terroristas. El terrorismo como todo atentado contra la vida humana es una gravísima ofensa a Dios creador, dador y señor de vida. Cristo ha muerto para arrancarnos de la muerte eterna y devolvernos a la vida perdida. Pedimos a los terroristas que se arrepientan y repudien sus acciones criminales, pues no escaparán a la justicia de Dios.
No es moralmente lícito colaborar de algún modo políticamente con los terroristas sin hacerse cómplice de sus crímenes. Quienes los disculpan o excusan, quienes no ponen de su parte cuanto es humanamente legítimo hacer según la ley justa contra los crímenes del terrorismo, se comportan de forma inmoral a la luz natural de la razón y de la revelación evangélica.
No es la venganza sino la justicia el fundamento de la ley, que ha de salvaguardar la vida de todos. Los Obispos españoles decíamos en noviembre de 2002 en la Instrucción pastoral sobre la valoración moral del terrorismo en España, refiriéndose al justo castigo de los terroristas: “La Iglesia reconoce sin ambages la legitimidad de las penas justas que se les imponen por sus crímenes, a la vez que defiende, con no menos fuerza, el respeto debido a la dignidad personal inamisible” (n. 22).
Nos colocamos al lado de las víctimas del terrorismo y de la violencia, porque sólo mediante la solidaridad con su desgracia y sufrimiento podremos devolverles la “esperanza que no defrauda” (Rom 5,5). Oramos por el eterno descanso de los fallecidos y por la recuperación y el consuelo de heridos y familiares de todos los afectados, dando cauce así al amor y a la caridad que viene de Dios y que cura la heridas. Que el sacrificio de Cristo, que se hace presente en nuestra celebración eucarística nos asocie a su dolor y nos devuelva la paz que viene de Dios.
Confiamos las lágrimas de cuantos sufren a la santísima Virgen, Madre dolorosa y Consuelo de todos los afligidos, y nosotros sufrimos con ellos tanto dolor y desolación en la esperanza de que Dios jamás olvida a las víctimas, porque Dios “no es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12,27).
S.A.I. Catedral de la Encarnación
12 de marzo de 2004
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería |