HOMILÍA

HOMILÍA EN LA FIESTA DE JESUCRISTO SUMO Y ETERNO SACERDOTE
Bodas de oro y plata sacerdotales en la diócesis

Lecturas: Is 52,13-15; 53,1-12
Sal 39
Hb 10,12-23
Lc 22,14-20

Queridos hermanos sacerdotes, religiosas y fieles laicos que nos acompañáis:

Un año más nos reunimos en torno al altar para celebrar las bodas de oro y plata de algunos de los sacerdotes del presbiterio diocesano. Después de haber celebrado el pasado mes de mayo la fiesta de san Juan de Ávila, patrón del Clero español, esta fiesta de Jesucristo sumo y eterno Sacerdote es ocasión de gozo espiritual y acción de gracias a Dios, por el ejercicio del ministerio sacerdotal de algunos hermanos nuestros que celebran rodeados de todos nosotros estos aniversarios de su ordenación sacerdotal hace cincuenta y veinticinco años respectivamente. Tiempos que si parecen que han pasado de prisa, en realidad no ha sido así. Han sido años para la predicación y la alabanza divina, para la dispensación de los misterios de la fe y el ejercicio continuado de la caridad pastoral al frente del pueblo de Dios.

Años, sin duda alguna, de entusiasta proyección de vida generosa y entregada al servicio del Señor y de su Iglesia, y años también llenos de dificultades; si bien es verdad que aminoradas éstas en los últimos años gracias a la guía firme y sostenida del Sucesor de Pedro, confirmando, alentando y orientando la labor de los Obispos, que mediante el instrumento valioso del sínodo episcopal ha ido dejando en manos del Papa análisis y propuestas inestimables para la vida de la Iglesia en nuestros días. Muchas veces he dicho que si los sacerdotes siguiéramos con interés y dedicación el magisterio doctrinal y pastoral del Papa y de los Obispos, el ejercicio del ministerio sacerdotal se fortalecería a la hora de tener que afrontar los grandes retos de nuestro tiempo. Los sacerdotes encontrarían en este magisterio el sostén necesario para tiempos de especial dificultad.

Con todo, en tiempos de dificultad como en tiempos de bonanza la vida del sacerdote ha de estar prendida de la Palabra de Dios, que siempre es leída e interpretada en la tradición de fe de la Iglesia. Ella es el norte de la vida sacerdotal porque ésta se halla enteramente a su servicio igual que el magisterio eclesiástico sirve a esta divina Palabra sin colocarse sobre ella. No nos debemos a nosotros mismos sino a la Palabra divina, que ha de ser en nuestras entrañas como un fuego interior que impulsa la existencia del sacerdote llamado a proclamarla y hacer de ella instrucción y magisterio de los fieles.

Si a veces el precio de este servicio a la Palabra es oneroso, la salida de la dificultad hay que buscarla en la identificación con el siervo de Dios sufriente que demanda respuesta a su dolor redentor. Este dolor del siervo es consecuencia de su misión, pero el ejercicio de redención que se le encomienda consiste en soportarlo con fe y fidelidad: “Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca al Señor se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma verá luz, se saciará” (Is 53,10s).

Cuando los sacerdotes sentimos el peso de nuestro ministerio no debemos olvidar que en hacer de él carga suave por la fe y la identificación con Jesucristo consiste la asimilación de nuestra vida a la de Cristo mismo, sacerdote y víctima, que se ofrece al designio del Padre sobre él, en la esperanza de alcanzar del mismo Padre “la gloria que tenía antes de la creación del mundo” (Jn 17,5), gracias al cumplimiento consumado de su misión redentora, por el cual podrá decir en la cruz ya exánime: “Todo está cumplido” (Jn 19,30).

Cuando en nuestros días tendemos a una cierta profesionalización y reglamentación de los tiempos sacerdotales propiamente dichos, nos hurtamos a la identificación de nuestra existencia con la existencia sacerdotal de Cristo, felizmente llamada por los teólogos de nuestro tiempo verdadera proexistencia; es decir, vida entregada por los demás en obediente aceptación de la misión confiada por Dios Padre. La existencia sacerdotal es plena y total, abarcadora de tiempos y descanso, sin que pueda nunca ponerse entre paréntesis el ejercer de sacerdote todo el día y todos los días de nuestra vida.

Esto es así, de forma que la reducción a unidad en el ministerio sacerdotal de las múltiples actividades pastorales del sacerdote, que aveces le fatigan, descansa, —dice el Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbiterorum ordinis del Vaticano II— sobre el seguimiento de Cristo, “cuyo alimento era hacer la voluntad de Aquel que le envió a realizar su obra”; para añadir enseguida que en el cumplimiento de la voluntad divina entra en juego el cumplimiento de la norma eclesial de la misión. Así agrega el Concilio: “Para poder realizar incluso concretamente la unida de su vida, han de considerar todas sus acciones, buscando cuál es la voluntad de Dios. Ésta es siempre la conformidad de las acciones con las normas de la misión evangélica de la Iglesia” (VATICANO II: Decreto Presbiterorum ordinis, n.14a). Esta entrega a la causa de Dios en Cristo constituye el ejercicio del ministerio sacerdotal in persona Christi y en representación corporativa de la Iglesia, consciente el sacerdote de que él ha de hacer aquello que Cristo le ha confiado por medio de la Iglesia.

Sin duda que, entre todas las acciones sacerdotales, ninguna como la confección de la Eucaristía. Tal como dice el Papa en su última carta a los sacerdotes con motivo del Jueves Santo, hay que reconocer que venimos de la Eucaristía: “Hemos nacido de la Eucaristía (...) El ministerio ordenado, que nunca puede reducirse al aspecto funcional, pues afecta al ámbito del ’ser’, faculta al presbítero para actuar in persona Christi y culmina en el momento en que consagra el pan y el vino, repitiendo los gestos y las palabras de Jesús en la Última Cena” (JUAN PABLO II, Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo de 2004, n.2b).

¿Cómo no sentirnos presentes en esta Cena del Maestro amado que dice a sus apóstoles: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer” (Lc). El Papa que tan bellamente ha comentado las palabras de Cristo en la última Cena vuelve sobre ellas: “Mientras pronunciaba aquellas palabras: ‘Haced esto ...’, pensaba también en los sucesores de los Apóstoles, que habrían de prolongar su misión, distribuyendo el alimento de vida hasta los extremos confines de la tierra. Así, queridos hermanos sacerdotes, en el Cenáculo hemos sido en cierto modo llamados personalmente, uno a uno, ‘con amor de hermano’ (Prefacio de la Misa crismal), para recibir de las manos santas y venerables del Señor el Pan eucarístico, que se ha de partir como alimento del Pueblo de Dios, peregrino en el tiempo hacia la Patria” (cit.,3c).

Es así, queridos sacerdotes, porque en la Eucaristía alcanza el ministerio sacerdotal su cima y meta: llevar a la participación de la vida divina a los fieles mediante la comunión en el Cuerpo y Sangre de Cristo. La Eucaristía se convierte de esta suerte en meta de la evangelización y en razón de ser del ministerio sacerdotal. Podemos con toda razón concluir con el Papa: “Por tanto, el pueblo cristiano tiene buenos motivos para, por un lado, dar gracias a Dios por el don de la Eucaristía y el Sacerdocio y, por otro, rogar incesantemente para que no falten sacerdotes en la Iglesia” (cit., n. 4b).

Dad, pues, gracias a Dios, queridos sacerdotes que celebráis vuestras bodas de oro y plata, porque llamados por el Señor, habéis permanecido con él hasta esta hora undécima en que al hacer balance de vuestra entrega al Señor, descubrís que nada ha merecido tanto la pena como haber sido llamados por él para asociaros a su misión incorporándoos a su Hijo y asimilándoos al misterio de su carne redentora, la misma que tomó de la bienaventurada Virgen María, a cuya intercesión os encomiendo vivamente en esta eucaristía.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
3 de junio de 2003

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería