HOMILÍA

HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DEL SEÑOR

Lecturas: Gn 14,18-20
1 Cor 11,23-26
Lc 9,11-17

Queridos hermanos sacerdotes,
Excmas. e Ilmas. Autoridades,
Queridas religiosas y fieles laicos:

“Dadles vosotros de comer” (Lc 9,13).

Es la respuesta del Señor a los Doce que invitaban a Jesús a despedir al gentío que había acudido a escucharle y le seguía. Ya caía la tarde y estaban en descampado, parecía lógico despedir a la muchedumbre para que “acudieran a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida” (Lc 9, 12b). La respuesta es Jesús les desconcierta: “Dadles vosotros de comer?” (v.13a). Ellos comentan: “No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar para dar de comer a todo este gentío” (v. 13b). El sentido de su comentario responde a la extrañeza del interrogante que se les plantea: ¿qué podemos hacer con tan poco: cinco panes y dos peces? Pero Jesús ha venido de parte de Dios y su mensaje es el de crear y generar en el alma de la gente la certeza de que Dios no abandona jamás a su pueblo, se cuida de él y le envía a su tiempo el alimento oportuno. Como nuevo Moisés, que pidió de Dios el alimento del maná para que el pueblo no pereciera de hambre; y hendió la roca para que no pereciera de sed, Jesús alimenta al pueblo hasta saciarse: “Yo soy el pan de vida. El que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed” (Jn 6,35).

Jesús es el pan que ha bajado del cielo, no fue Moisés el que dio alimento de vida eterna a los hebreos, sino el Padre que ha enviado a su Hijo al mundo. El maná no pudo impedir que los que comieron de él en la travesía del desierto murieran, pero las palabras de Jesús son vivificadoras, porque la voluntad del Padre es que “quien vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo le resucite en el último día” (Jn 6,40).

Comer el pan de la vida eterna es acoger la palabra de la vida que llega con Jesús, que ofrece su carne “por la vida del mundo” (Jn 6,51). Es el ofrecimiento que le llevará a su propio sacrificio en la cruz por nosotros, anticipado sacramentalmente en la noche del Jueves santo durante la última Cena. La más temprana narración del gesto de Cristo durante la Cena la acabamos de escuchar a san Pablo: “Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido” (1 Cor 11,23). El Apóstol nos dice lo mismo que los evangelistas narran independientemente de él. San Lucas, al narrar la misma escena eucarística de la Cena nos ofrece el gesto de Cristo con su interpretación. Al entregarles el pan, Jesús dice: “Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). Al pasarles el cáliz, el evangelista ahonda en la idea de la entrega sacrificial de Jesús, que verterá su sangre para sellar la alianza nueva que sustituye definitivamente la alianza antigua sellada con la sangre de los sacrificios rituales: “Este cáliz es la nueva Alianza en mi sangre, que se derrama por vosotros” (v. 20).

La Eucaristía se celebra como fracción del pan y participación en la sangre de Cristo bajo los signos sacramentales de pan y vino, que ya no son pan ni vino sino el Cuerpo y la Sangre del Señor. La Iglesia al hacer cada domingo la Eucaristía cumple con el mandato del Señor: “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11,24; Lc 22,19b). De esta suerte acontece el misterio de nuestra fe como memoria sacramental de la muerte sacrificial de Cristo y anuncio permanente del sentido redentor de esta muerte: “Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva” (1 Cor 11,25). La Eucaristía no es solamente presencia permanente del Señor dada a la Iglesia, sino anuncio de su retorno glorioso. Cabe, pues, que nos preguntemos con inquietud: ¿No nos asombramos de este misterio que nos llega por la acción de los sucesores de los apóstoles que consagran a los sacerdotes que nos entregan a Cristo? ¿Valoramos esta presencia del Señor que hace de su Iglesia sacramento de su presencia en el mundo hasta su retorno glorioso? ¿Cómo no adorar el misterio sacramental de la presencia de Cristo, memorial de su pasión y anuncio de su venida? El pan y el vino eucarísticos son, en efecto, el mayor tesoro de la Iglesia, porque son presencia de la Palabra encarnada de Dios y convertida en alimento para que el pueblo de Dios no perezca.
Una verdad de fe que el pueblo cristiano ha profesado con humilde espíritu de adoración, dando origen al caudal histórico artístico de la Iglesia pensado y labrado para contener, guardar y mostrar las especies eucarísticas. Una verdad de fe a la que debemos prestar una atención mayor que la que expresa una contemplación secularizada del patrimonio histórico artístico generado por la fe eucarística. Formamos una comunidad de fe que se expresa como pueblo redimido y salvado alzándose para rezar, pero debemos también seguir postrándonos con humildad de rodillas para adorar el misterio de nuestra fe, para adorar la presencia de Cristo resucitado en la Eucaristía. Nunca cobran más valor testimonial los gestos de la piedad como en los tiempos de increencia y apartamiento social de la fe.

La llamada de la proclamación evangélica a entrar en el reino de Cristo, esto es, en el ámbito concreto de la Iglesia, comunidad de sus discípulos, es una llamada a entrar en la comunión con Dios, que acontece en la Iglesia por el bautismo y la Eucaristía. En cuanto bautizados no podemos vivir como si no hubiéramos sido injertados en Cristo, ni podemos dejar de creer en que por la participación en la Eucaristía ahondamos nuestro injerto en Cristo por nuestra pertenencia a la Iglesia. El Papa nos ha recordado estas verdades fundamentales de la fe eucarística en la encíclica sobre la Eucaristía del pasado año. Son palabras del Papa: “La incorporación a Cristo, que tiene lugar por el Bautismo, se renueva y se consolida continuamente con la participación en el Sacrificio eucarístico, sobre todo cuando ésta es plena mediante la comunión sacramental. Podemos decir que no solamente cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros. Él estrecha su amistad con nosotros: ‘Vosotros sois mis amigos’ (Jn 15,14). Más aún, nosotros vivimos gracias a Él: ‘el que me coma vivirá por mí’ (Jn 6,57) . En la comunión eucarística se realiza de manera sublime que Cristo y el discípulo ‘estén’ el uno en el otro: ‘Permaneced en mí, como yo en vosotros’ (Jn 15,4)” (JUAN PABLO II, Carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, n.22).

Nada es tan contradictorio como participar del culto eucarístico privándose de la sagrada Comunión, sobre todo cuando son prejuicios sociales o ideológicos los que apartan de la comunión a los bautizados. La libertad religiosa alcanza a todos, garantizando para todos la práctica religiosa sin limitaciones impuestas. Pero nada es tan inconsecuente como pretender participar de la comunión eucarística sin la debida preparación y sin aquella fe y respeto por el sacramento que salvaguarda el provecho que de la comunión en el Cuerpo de Cristo se recibe. ES preciso seguir el consejo del Apóstol: “Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo `de Cristo], come y bebe su propia condena” (1 Cor 11,28-29).

La fe eucarística es, además, inseparable del amor al prójimo: “Dadles vosotros de comer” (Lc 9,13). Las comidas de Jesús con los pecadores y publicanos son un gesto de manifestación del perdón de los pecados y signo de la llegada del reino de Dios en aquel que perdona los pecados, en Jesús mismo. Si la Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia, es la Eucaristía la que produce aquella fundamental fraternidad que nos hace solidarios con los demás al descubrirnos su igualdad con nosotros en cuanto que todos los seres humanos han sido amados pro Dios y Cristo ha vertido su sangre por todos y cada uno.

Puede sucedernos que nos sepamos cómo dar de comer a los demás, pero el Señor nos dice que sí es posible para quienes tienen fe en el poder de Dios, que siempre da alimento a su pueblo y no deja que perezca. La celebración anual del día de Caritas nos permite recordar que Cristo sigue en los pobres y necesitados, en los indigentes y marginados pidiéndonos que les demos de comer. Dar de comer es propiciar con nuestra conducta y acciones cívicas una sociedad más justa, más sensible a las necesidades de los otros y menos levantada sobre nuestros egoísmos insatisfechos. Si los derechos que asisten a las personas no sólo han de ser respetados, sino, más aún, promovidos por todos y amparados por la ley, la sola apelación a los derechos no puede dar como resultado un sociedad justa y solidaria.

La justicia sin caridad es justicia sin corazón. Hay que servir mediante el cumplimiento de los deberes para con los demás y hay que ir más allá del deber para servir incluso a los demás de forma gratuita. Cuando falta la caridad en el servicio al prójimo, el deber cumplido no pasa de ser un ajuste laboral de relaciones contractuales. Se puede ser justo e indiferente ante el prójimo por paradójico que pueda parecer. La indiferencia se manifiesta con profusión.

Nos movilizan las grandes catástrofes y damos lo mejor de nosotros mismos, pero olvidamos con facilidad en la vida ordinaria el sufrimiento de los otros. Hemos de ser sensibles a las grandes catástrofes, pero también a lo que se convierte en rutina, como las nuevas formas de pobreza a las que nos habituamos. Caritas viene llevando a cabo una obra de amor que es preciso sostener como obra de la Iglesia contra quienes pretenden separar su acción social de la vida de la Iglesia. Caritas es el amor de la Iglesia por los pobres y necesitados. Sed hoy generosos con Caritas y dad al que lo necesita. Hemos de dar parte de lo que tenemos, pero hemos de darnos a nosotros mismos para que a nadie falte el amor de Cristo que ha de hallar en nuestro amor cotidiano por los demás.

Jesús repartió el pan como regalo extraordinario y abundante: “Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos” (Lc 19,17). La sobreabundancia es la señal de Dios Padre bueno y misericordioso, del que Cristo nos pide que seamos imitadores. Si así lo hacemos alcanzaremos la vida eterna.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
Domingo del Cuerpo y Sangre de Cristo
13 de junio de 2004

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería