HOMILÍA

HOMILÍA EN LA DEDICACIÓN DE LA IGLESIA PARROQUIAL
DE SAN JUAN BAUTISTA DE ROQUETAS DE MAR

Lecturas: Ne 8,2-20
Sal 18
Ef 2,19-22
Jn 2,13-22

Venerable Hermano, Sr. Obispo emérito
Ilmo. Sr. Alcalde y demás miembros de la Corporación municipal de Roquetas de Mar,
Dignísimas autoridades,
Rvdo. P. Párroco y sacerdotes misioneros de África, queridos sacerdotes y fieles laicos:

Celebramos este día gozoso en el que, terminada la construcción de la nueva iglesia parroquial de san Juan Bautista de Roquetas de Mar, procedemos a su dedicación y consagración de su altar en el marco de la primera celebración eucarística en el recinto que dedicamos a Dios nuestro Señor.

Hemos llegado a este momento después de un esfuerzo generoso, con el propósito de dotar a esta nueva parroquia de san Juan Bautista del templo y complejo parroquial necesario para la acción pastoral de la Iglesia y evangelización de una comunidad humana muy populosa, que ha seguido al cambio sociológico profundo que se ha producido en esta zona del Poniente, al ritmo de un desarrollo económico muy notable y con esperanza de futuro.

Quiera Dios bendecir el espíritu emprendedor y el trabajo humano que han hecho posible esta nueva situación social, en la cual la llegada de mano de obra extranjera ha contribuido de modo muy significativo a la formación de la nueva realidad humana, a la que también quiere responder esta iglesia parroquial. Porque este complejo parroquial ha de servir de punto de referencia y acogida en la Iglesia a hermanos nuestros de los países subsaharianos que son católicos y tienen su domicilio en esta barriada, o bien se quieren incorporar a la Iglesia de Cristo, que los acoge como nuevos hijos.

Ciertamente, es obligado que los mismos extranjeros católicos y cuantos piden la entrada en el catecumenado con miras a su plena incorporación a la Iglesia, lo hagan dentro de sus parroquias, pero ello no obsta a que, contando con esta nueva iglesia parroquial en la barriada, queramos contribuir también a esa integración de los catecúmenos y nuevos cristianos en las comunidades parroquiales que le son propias. Justamente a esta integración quiere servir la colaboración de los Misioneros de África, conocidos como “Padres Blancos”, como primera referencia para el conocimiento de Cristo mediante la catequesis y la iniciación cristiana.

Es preciso, sin embargo, tener en cuenta que la iglesia de san Juan Bautista es la iglesia parroquial de esta amplia barriada de población católica, cuyo tejido social es preciso afianzar en la fe. Una población que, en consecuencia, está pidiendo por nuestra parte una comprometida acción evangelizadora y una entregada acción pastoral. Un compromiso, en definitiva, de apostolado que exigirá de los pastores inmediatos de esta iglesia y de todos sus colaboradores más estrechos, los llamados “agentes pastorales”, un amplio conocimiento de los feligreses y un esfuerzo que dé por resultado la creación del sentido de pertenencia a la comunidad parroquial.

Se trata de una comunidad parroquial propia y no de una filial de la antigua parroquia de la que se desgajó canónicamente en su día. Sin la ayuda y generosa contribución de la parroquia matriz de Nuestra Señora del Rosario hoy no tendríamos esta nueva parroquia de san Juan Bautista, pero esta hija crecida y en desarrollo pide ahora aquella independencia de acción de una comunidad parroquial autónoma regida por su párroco, responsable último de la ordenación pastoral, litúrgica y administrativa de la nueva parroquia. Algo que tampoco pueden dejar de tener presente los fieles que son feligreses de esta comunidad parroquial y no de otra, pero también aquellos que no son ya miembros de esta nueva comunidad.

La parroquia sigue siendo la pieza fundamental de la administración pastoral de la Iglesia y de la organización del apostolado y de la evangelización de la comunidad humana en la que se inserta. De ahí que el crecimiento de la población y su profunda transformación acontecida en estas últimas décadas esté esperando de nosotros el cauce firme para una nueva organización parroquial, dotando a la nuevas parroquias de iglesias y complejos parroquiales necesarios para la vida eclesial plenamente desarrollada.

En este sentido, la Iglesia agradece la ayuda de las instituciones civiles y de los movimientos sociales en favor de las nuevas y necesarias parroquias católicas que vienen a cubrir una demanda que es también ciudadana, porque los cristianos son miembros leales de la sociedad civil en la cual desarrollan su vida personal, familiar y profesional iluminados por la fe en Dios y la adhesión a Cristo al que confiesan como verdadero Hijo de Dios y redentor de los hombres.

La fe no es asunto estrictamente privado. Es ésta una opinión que no responde a la realidad de la religión como fenómeno histórico y social. Las creencias son de la persona, es cierto, pero cada persona tiene derecho a vivir en privado y en público conforme a su fe, sin otras limitaciones que las que establece la salvaguarda de libertad de todos y el orden público. Las comunidades de fe no pueden ser reprimidas ni los católicos obligados a poner entre paréntesis no sólo su visión del hombre y del mundo sino su vida creyente y su organización social. Cuando la fe inspira el modo de vivir d ela sociedad o de amplia mayoría de la misma, el alcance social de la fe se manifiesta en su plena verdad externa, se hace visible a los ojos de todos. Las iglesias son así signo visible y social del carácter público de la fe.

El cristianismo ha inspirado la fe de Europa y se ha expandido por los continentes del mundo, llevar la fe a la conciencia privada de los ciudadanos nos obligaría a suprimir nuestra historia. Europa no se comprende sin sus catedrales y sin sus iglesias, que no se pueden convertir en una sala de uso múltiple. Son lugares sagrados, cuya inviolabilidad garantiza la ley en un Estado democrático. Quienes hacen programa de la reducción del cristianismo a mera opinión privada no pueden pretender que los católicos les ayudemos a suprimir la religión de la escena pública. La ley ha de garantizar la práctica de la fe y la transmisión leal de la fe, la educación en la fe dentro de la escuela y fuera de ella a quienes así entienden la vida a luz del Evangelio de Cristo y así ofrecen a los demás un sentido para la vida que Dios ha revelado en Jesucristo.

Por eso, al consagrar esta iglesia, los católicos dedicamos a Dios un espacio donde elevar hasta él nuestra plegaria, como hemos escuchado en el libro de Nehemías, el copero del rey persa Artajerjes, que en el tránsito del siglo VI al siglo V a. C. en enviado a Jerusalén para reconstruir las murallas de la ciudad después de los cincuenta años del destierro de los judíos y a restaurar la observancia de la ley de Moisés. Esdras, el sacerdote escriba comisionado por el rey lee en voz alta el libro sagrado de la ley ante el pueblo congregado que se compromete a observar los mandamientos del Señor. Así como Israel vio restaurado el templo de Jerusalén y la observancia de la ley así la asamblea cristiana de esta parroquia será congregada en este lugar santo para escuchar la proclamación de la Palabra de Dios y la predicación evangélica.

Que la Palabra divina rija la vida de cuantos celebren los misterios de la fe en este lugar, congregados por Cristo para saciar el hambre del alimento de vida eterna. Es la Palabra divina la que congregando al pueblo de Dios lo estructura en armónica comunidad de hermanos, donde nadie se siente extraño ni forastero, tal como dice el Apóstol: “Así, pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas siendo la piedra angular Cristo mismos” (Ef 2, 29-20).

Así es. Este edificio material que hemos levantado es la casa de la asamblea de la Iglesia, templo formado de piedras vivas que trabadas entre sí por la acción santificadora del Espíritu Santo se levantan sobre los cimientos del apostolado. Son los Apóstoles y sus sucesores, los obispos ayudados por sus colaboradores los presbíteros los que siembran la palabra de Dios y la transmiten haciendo crecer este templo espiritual en el cual “también vosotros con ellos estáis siendo edificados, para ser morada de Dios en el Espíritu” (v. 22).

La comunidad cristiana es así la morada de Dios entre los hombres, levantada sobre la piedra angular que es Cristo Jesús. Dios mora en Cristo, en él quiso Dios “que habitara la plenitud de la divinidad corporalmente, y vosotros alcanzáis la plenitud en él, que es la cabeza de todo principado y de toda potestad” (Col 2,9-10).

En verdad, sólo el cuerpo de Cristo Jesús es el templo de Dios porque sólo él es el Hijo de Dios encarnado. Los judíos no podían entender cómo reconstruiría Jesús el templo de Dios que a ellos les había costado levantar durante décadas, más aún generaciones, en un proceso de construcción y reconstrucción que llegaba a la época de Jesús, pero Jesús les dijo: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré” (Jn 2,19). Es el evangelista san Juan el que da cuenta del verdadero alcance de las palabras de Jesús: “Pero él hablaba del templo de su cuerpo” (v.21). Los discípulos lo comprendieron cuando resucitó al tercer día de entre los muertos.

Hemos levantado esta iglesia para proclamar la palabra divina y celebrar el memorial de la muerte y resurrección del Señor. Sobre este altar, mesa y ara del sacrificio eucarístico, se actualizará por la acción sacerdotal realizada en la persona de Cristo la obra de nuestra redención. Para llevar hasta el altar a los discípulos de Jesús, aquí se dispensarán los sacramentos de la iniciación cristiana, que abren las aguas del bautismo para los catecúmenos; y el oleo santo de la alegría los dispondrá para ser ungidos después con el crisma que comunica el Espíritu Santo. Aquí, por la participación en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo serán alimentados los fieles. Los desposorios en Cristo y la muerte en el Señor se celebrarán en esta iglesia que se convertirá a partir de hoy en lugar donde los que creen en Cristo se encontrarán con él y por medio de él entrarán en comunión con Dios.

La devoción cristiana verá crecer aquí el fervor de los bautizados por la intercesión de la santísima Virgen María; de san Juan Bautista, Precursor de Cristo, al que ponemos por titular de esta iglesia; de san José y de todos los santos mártires y testigos del amor de Dios. Que las imágenes de Cristo Crucificado y de María evoquen permanentemente ante vosotros el amor de Dios revelado en la muerte de Jesús, el Hijo de Dios nacido de María, la madre del Señor y madre nuestra, que acoge siempre nuestra plegaria. Que el Bautista os guíe hasta Jesús, al cual señaló ante los hombres como el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Iglesia parroquial de San Juan Bautista
Roquetas de mar, 17 de Junio de 2004.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería