HOMILÍA
HOMILÍA EN EL DUODÉCIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO DEL AÑO
Día de la entrega a la Parroquia de San Isidro del Ejido de una preciada reliquia de San Isidro Labrador
Lecturas: Za 12,10-11
Sal 62
Gál 3,26-29
Lc 9,18-24
Querido Sr. Cura Párroco, Vicarios episcopales y demás hermanos sacerdotes y diáconos
Ilustrísimo Sr. Alcalde y miembros de la Corporación municipal;
Venerable Hermandad sacramental de San Isidro Labrador del Ejido; y Real, muy ilustre y primitiva Congregación de San Isidro de Madrid, y hermanos mayores y miembros de las Cofradías diocesanas presentes.
Queridas religiosas y fieles laicos:
Hoy es un día muy significativo en la historia de esta comunidad parroquial de san Isidro Labrador, que con tanto fervor venera a su Patrón, al cual se ha confiado con fe plena viendo él un modelo de digna imitación, en íntima comunión de fe y vida cristiana con su esposa santa María de la Cabeza, matrimonio santo y padres de familia cristiana, que por su adhesión personal a Cristo y la Santísima Virgen supieron hacer del hogar y del trabajo cotidiano vocación y medio de santificación.
Cultivadores de la tierra hicieron de la labranza no sólo un medio de sustento sino de pleno desarrollo personal y social hasta la admiración de aquellos a quienes servían en el campo y de sus convecinos. De la labranza del campo y el cuidado del ganado, labradores y ganaderos de profesión fueron extraídos algunos de los profetas, como del negocio de la pesca humilde de los pobladores de las orillas del lago de Tiberíades quiso el Señor asociar a su misión evangelizadora a los Apóstoles, para hacer de los pescadores de hombres. Propietarios y asalariados, los Apóstoles, en efecto, fueron seguidores de Cristo, cuyo padre a los ojos del mundo fue asimismo un modesto artesano autónomo, el bienaventurado san José, esposo de la Virgen María.
El trabajo se convierte de esta suerte, en su variada realidad productiva e inserto en la red de relaciones sociales que la producción genera, en el medio habitual de santificación de la vida humana. Mandato de Dios, acarrea a causa del pecado el sufrimiento y la disciplina que lleva consigo el esfuerzo y la génesis y desarrollo de toda empresa humana. El trabajo, sin embargo, es el medio del desarrollo de las facultades de la persona y de despliegue de sus capacidades, instrumento y medio de crecimiento personal y comunitario y deuda social que hace posible la vida en comunidad. Dios ha querido asociarnos por medio del trabajo a la obra creadora que él puso en marcha en los orígenes de cuanto existe, para descansar el séptimo día y gozarse en la obra creada, buena y santa, salida de las manos de Dios. Nada más contrario a la condición personal y social que hurtar el trabajo que nos hace solidarios y capaces de sobrevivir con dignidad. Contra sus adversarios, Jesús diría: “Mi Padre trabaja desde el principio, y yo también trabajo” (Jn 5,17).
La lectura del profeta Zacarías que hemos escuchado, sin embargo, nos recuerda que incluso los adversarios de Cristo tuvieron que volver su vista hacia él: “Me mirarán a mí, a quien traspasaron” (Za 12,10). Palabras proféticas que se cumplieron cuando elevaron en la cruz sobre la tierra regada con su sangre al Crucificado. El libro del Apocalipsis presenta a Cristo viniendo glorioso sobre las nubes del cielo y ante su vista nadie podrá esquivar su figura, cuando aparezca como Señor de la historia y juez de los hombres: “Mirad, viene acompañado de nubes; todo ojo lo verá, hasta los que le traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de la tierra” (Ap 1,7).
Cristo es, con toda certeza, el Señor de la historia humana y ha de ser confesado por todas las razas de la tierra. La universalidad del cristianismo reside en la universalidad del Redentor del mundo. Fuimos creados en él y por él, único camino hacia Dios, están todos los pueblos llamados a llegar a la salvación que Dios ofrece, perdón de los pecados y fraternidad universal que se hacen realidad cuando los hombres, por Cristo invocan a Dios como Padre.
Por esto, la gracia y la oración son los signos de la condición litúrgica de la comunidad de la Iglesia en la que tiene cabida toda raza y lengua para formar en ella un solo pueblo que. según el Apóstol san Pedro, es “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de Aquel [Cristo] que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable (...) vosotros que en un tiempo no eráis pueblo y ahora sois Pueblo de Dios” (1 Pe 2,9-10).
La fuerza unificadora de la Iglesia viene por la confesión de fe en Cristo Jesús, tal dice san Pablo: “Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestidos de Cristo” (Gál 3,26-27). Así, por este revestimiento común de Cristo, los que antes eran desiguales por su procedencia y estaban separados por la raza y la condición social, la lengua o la cultura, la diferencia de sexo o la religión, han alcanzado en Cristo aquella fundamental igualdad que genera la fraternidad cristiana: “Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús” (v.28).
Sé muy bien en qué estima tenéis esta igual de todos y el respeto a la dignidad de todos que profesáis. En ello reside, contra el parecer de cuantos os descalifican por intereses no confesados y sin razón, una de las claves fundamentales de vuestro progreso y desarrollo, pues nunca la conducta indebida de algunos particulares puede generalizarse. Amparados por la santidad de san Isidro Labrador, habéis juntado codo con codo para sacar adelante una sociedad que hoy es próspera y ofrece indudables ventajas de bienestar social que alcanza a todos. Gracias a las modernas técnicas agrícolas y al espíritu emprendedor que es conocido de todos sois una comunidad generosa y desarrollada que reclama ahora el perfeccionamiento espiritual que debe inspirar y acompañar todo desarrollo verdaderamente humano. Si nada humano carece de defectos y hay que reconocer que, en efecto, el justo peca siete veces al día, todos hemos de procurar superar con la gracia de Dios las deficiencias de nuestro cotidiano vivir.
Cristianos como sois, vuestra devoción a la Santísima Virgen María, en el misterio de su Concepción Inmaculada y de su infancia de niña destinada a la maternidad divina, la Divina Infantita, os inspira sentimientos de acogida y compasión por cuantos sufren. Devotos de san Isidro, vuestro Patrón, habéis visto en él la ejemplaridad de una vida llena de honradez y bonhomía que queréis imitar. Contra quienes no aprecian estos consistentes valores de vuestra comunidad seguid ofreciendo el ejemplo de una vida laboriosa y industriosa, amparada en la justicia y los valores de la fe cristiana.
Todos hemos de corregir cuanto desacredite nuestra condición de cristianos, pero también los cristianos hemos de declarar con valentía nuestra fe, que todos deben respetar. Hemos de dar testimonio público de la misma, como lo hicieron los Apóstoles y discípulos que extendieron el Evangelio por todo el mundo conocido, aun a riesgo de su propia vida. Nadie puede reprimir el carácter público de nuestra fe porque la fe es inspiración de un modo de vivir que aparece como tal ante los demás y es socialmente reconocible. Más aún, tiene repercusiones sociales sobre el modo de entender la convivencia y ordenar la vida en comunidad.
Los cristianos hemos de proponer con valentía el Evangelio y los valores que dimanan de él como programa de vida y ordenación social, haciendo uso de la libertad que ampara los derechos de todos y es garantía del ejercicio de la religión en una sociedad democrática. Porque el respeto a la religión, incluso cuando defiende valores absolutos como la Verdad y el Bien supremo según la fe de quienes así lo creen y entienden, no es amenaza para nadie y sí propuesta a la conciencia de todos. Lo que los cristianos no podemos admitir es que se niegue de entrada y se nos quiera imponer que no existen ni la Verdad ni el Bien supremo y que todo cuanto se proponga como verdadero o bondadoso ha de tenerse por relativo y opinable.
Dios creó al hombre capaz del bien y del mal en aquella libertad que hace de él es ser espiritual, condición que le aparta del resto de los vivientes. Contra la opinión reiteradamente publicada de algunos, la Iglesia no tiene dificultades para entenderse con las libertades modernas, porque precisamente la libertad democrática ampara su capacidad para expresarse y enjuiciar con toda libertad la conducta moral de los ciudadanos y el valor moral de las leyes. Porque el solo consenso de los ciudadanos no es fuente suficiente de moralidad.
Todo esto es consecuencia de la confesión de fe en Cristo que profesamos como bautizados. Frente a quienes no ven en Cristo más que un hombre extraordinario, nosotros movidos por el Espíritu Santo vemos en él el Redentor del mundo y el Salvador de los hombres, diciendo con san Pedro a la pregunta de Jesús: “Quién dice la gente que soy yo? (...) El Mesías de Dios” (Lc 9,18.20) Hemos de ser muy conscientes de que seguir a Cristo lleva consigo incomprensiones y a veces descrédito y fácil descalificación, pero tenemos las palabras de Cristo: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará” (Lc 9,23-24).
Sabemos que esta es la paradoja de nuestra fe. Que nuestra laboriosidad no nos impida mantenernos lúcidos. Sabemos que los bienes de aquí abajo son todos frágiles y quebradizos, no duraderos; y que “esperamos, según nos tiene prometido, unos cielos nuevos y una tierra nueva donde habite la justicia” (2 Pe 3,13). Trabajemos de tal forma mientras vivimos en este mundo que podamos hacer de él anuncio de lo que esperamos, creando fraternidad y compartiendo nuestros bienes con los necesitados, acogiendo a todos cuantos vienen a nosotros con voluntad de paz y justicia, dispuestos a trabajar y construir con nosotros un futuro mejor para la sociedad. Justamente el anuncio de la fraternidad y comunión de todos en Dios es la Eucaristía, en la cual además se nos anticipa los bienes definitivos que esperamos en la fe por nuestra participación en el Cuerpo y Sangre del Señor que nos unen a Dios y nos dan la vida divina.
Que así nos lo alcancen la Divina Infantita y san Isidro Labrador, que vivió en oración el cultivo de la tierra como medio del que hizo causa y vocación de santidad.
Iglesia parroquial de San Isidro Labrador
El Ejido, 20 de junio de 2004.
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
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