HOMILÍA
HOMILÍA EN LA MISA DE PATROCINIO DE Nª Sª DEL PERPETUO SOCORRO SOBRE EL CUERPO DE POLICÍA LOCAL DE VÍCAR
Lecturas: Gn 3,1-6.13-15
Sal: Jdt 16,13-15
Jn 2,1-11
Rvdo. Sr. Cura párroco, Vicario del Poniente y queridos hermanos sacerdotes;
Ilmo. Sr. Alcade y Corporación municipal;
Excmas. e Ilmas Autoridades;
Cuerpo de Policía local de Vícar
Queridas religiosas y fieles laicos:
Nos reúne hoy en torno al altar del Señor la declaración de Patrocinio de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro sobre el Cuerpo de Policía local de Vícar, que hemos querido llevar a cabo como respuesta a la súplica presentada por el Sr. Alcalde, en nombre del propio Cuerpo de Policía local, con el respaldo de familias y fieles en general de la comunidad parroquial y la aprobación y alabanza del Sr. Cura párroco.
Con fecha de 15 de diciembre de 2002 y mediante decreto episcopal declaramos Patrona ante el Señor del Cuerpo de Policía local de Vícar a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y, posteriormente, a ruego nuestro, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos confirmó mediante decreto de 4 de junio de 2003 nuestra declaración, conforme a las facultades concedidas por el Papa a dicha Congregación y la práctica habitual de la Iglesia.
Este hecho no deja de tener un hondo significado para todos los fieles del municipio de Vícar, pero también para todos los católicos de la provincia, pues al pedir de la Iglesia esta declaración de patrocinio se reconoce públicamente el carácter histórico y social de la fe católica como credo religioso de la mayoría de la población y su actual vigencia y práctica. Que las instituciones civiles así lo reconozcan y hayan sido sensibles a la fe de los miembros de un Cuerpo de Policía no puede sino invitarnos a dar gracias a Dios por el hecho feliz para los creyentes y para todos los hombres de buena voluntad de que la fe cristiana siga inspirando la vida de los ciudadanos en tan alto grado.
Vosotros, queridos miembros de este Cuerpo policial, que veláis por por la seguridad y el orden público con riesgo incluso de vuestra propia vida, manifestáis así vuestra fe en Cristo como personas que ejercen libremente su derecho a la libertad religiosa; pero más aún lo hacéis sin que nadie pueda coaccionar vuestra libertad ni impedir tampoco que la ejerzáis en vuestra condición profesional como guardianes de la sociedad. Porque si la fe cristiana no es fe del Estado, sí que es vuestra fe personal para vivirla en privado y en público, pues la fe tiene una inevitable y muy lógica dimensión social. La Iglesia, con solicitud pastoral, os cuenta entre sus hijos y bendice vuestra labor, os encomienda a Dios y pide para vosotros y vuestras familias la protección de la Santísima Virgen María bajo la advocación del Perpetuo Socorro.
Reconocerlo así es sólo hacer justicia a la realidad social y servir a la ciudadanía respetando los sentimientos religiosos que han alentado la historia de nuestro pueblo y que hoy, a pesar del movimiento secularizador de la cultura vigente y de todo cuanto se hace agraviando innecesariamente a la fe cristiana, estos sentimientos siguen inspirando los quehaceres de la vida cotidiana de quienes, al tiempo que miembros de la sociedad civil, lo son también de la comunidad eclesial. No en vano la Constitución española así lo reconoce y ampara la colaboración del propio Estado con la Iglesia Católica en orden a un mejor servicio a la sociedad. Así, al tiempo que afirma que ninguna confesión tendrá carácter estatal, declara del mismo modo: “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones” (art. 16 §3).
Nuestro pueblo sigue viendo en el Evangelio de Cristo la luz que ilumina la vida humana y proyecta sentido sobre ella. La luz que ha abierto el corazón humano a la misericordia de Dios, afligidos los seres humanos por el sufrimiento y las desgracias a las que nos vemos abocados por nuestra frágil condición de criaturas mortales, pero queridas por Dios y sostenidas por su amor, origen de cuanto existe y amigo de la vida. Mensaje que no podemos menos de reiterar una y otra vez para esperanza y salvación de todos: Dios quiere nuestra felicidad y por eso quiere nuestra salvación.
Es este misterio del amor de Dios el que se desvela en la advocación de la Virgen María como abogada y auxiliadora de los creyentes, Perpetuo Socorro de cuantos acuden a ella implorando su amor maternal y su intercesión ante Cristo. María viene en socorro de cuantos invocan su nombre y, por medio de ella, quieren llegar a alcanzar la misericordia divina suplicando a la Madre de Dios: “Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”.
Misericordia de Dios que es perdón y plena reconciliación con él, alejados nosotros de su amistad por el pecado, como hemos visto en la lectura del Génesis. Si por Adán entró el pecado en el mundo, por Cristo nos ha llegado la gracia y la amistad divina con carácter irrevocable (cf. Rom 5,12.15), duradero para siempre. Si por Eva, la “madre de todos los vivientes” (Gn 3,20), nos vino la perdición, por María nos ha llegado el Autor de la vida, el nuevo Adán, Jesucristo hombre nuevo, victorioso por su cruz y resurrección sobre el pecado.
Entendemos que la lectura que hemos escuchado del Génesis sea en verdad protoevangelio o anuncio evangélico de salvación: “Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tu la hieras en el talón” (Gn 3,15). Justo ahora, cuando nos acercamos al ciento cincuenta aniversario de la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción de María, el Señor, por su misericordia, nos concede contemplar a la “llena de gracia” (Lc 1,28) y bendecirle porque en ella ha sido vencida la serpiente del paraíso, el poder del demonio y del pecado. María se ha convertido en verdadero “refugio de los pecadores”, al ofrecernos por su parto virginal a Cristo, Redentor de los hombres, ha aplastando con ello la cabeza de la serpiente, entregándonos al que había de arrancarnos de la esclavitud del pecado, Jesucristo Señor nuestro.
Bien podemos bendecir y dar gracias a Dios con el prefacio de esta misa mariana: “Porque has constituido a la Inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, en madre y auxiliadora del pueblo cristiano, para que bajo su protección, participando valientemente en el combate de la fe, persevere con fidelidad en la enseñanza de los apóstoles, y camine seguro entre las dificultades del mundo hasta alcanzar gozoso la Jerusalén del cielo”.
Concebida sin pecado, María, por ser madre del Señor, fue destinada también ocuparse de nosotros llevándonos hasta Él, en quien hemos sido agraciados con la salvación. María aparece así vinculada al destino de su Hijo, forzando incluso la hora del Cristo de Dios, para que a nadie faltase la ayuda y el socorro divino. María, en verdad, tal como hemos escuchado en la lectura del Evangelio, adelantó la hora de Cristo en aquellas bodas de Caná de Galilea invitando a los criados a seguir las instrucciones de su hijo, que convirtió por súplica de su Madre el agua en vino. Fue así como en Caná de Galilea, dice el evangelista, “Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en él” (Jn 2,11).
María aparece de este modo como verdadero socorro de los necesitados, auxiliando a los recién casados en situación de necesidad. Auxiliadora de los cristianos, María es el refugio de cuantos acuden a su intercesión y buscan su manto protector. Su mano tendida en la necesidad hace de ella consuelo de los afligidos, salud de los enfermos y socorro perpetuo de los pobres y necesitados, de aquellos sobre los que puede cernirse algún peligro. Amparo de cuantos a ella se dirigen, María manifiesta en su solicitud por todos aquella maternidad que Cristo quiso ejerciera no sólo sobre él, sino sobre todos sus discípulos, cuando la entregó por madre a Juan, el discípulo amado, estando ambos junto a la Cruz: “Dice a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dice al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’ . Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19,26-27).
Somos hijos de María y su intercesión y amparo son resultado de su maternidad espiritual sobre nosotros. Podemos acudir a ella en la necesidad, sabiendo que seremos escuchados. Podemos confiar en ella en la desgracia y en la hora de desventura, nunca estaremos solos, aun cuando nos parezca que no hemos sido escuchados por Dios ni se nos ha hecho justicia. Como dejó dicho el Vaticano II sobre la Virgen María: “La Madre de Jesús precede con su luz al pueblo de Dios peregrino, como signo de esperanza segura y de consuelo” (VATICANO II: Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, n.68). Que a ella acudamos y nos confiemos sin temor alguno, porque de ella hemos recibido la humanidad de Jesús, que en la Eucaristía se nos entrega en su Cuerpo y su Sangre juntamente con su divinidad.
Iglesia parroquial de Santa María Madre de la Iglesia, de Vícar
26 de junio de 2004
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería |