HOMILÍA
HOMILÍA EN EL XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO DEL AÑO
En la Misa retransmitida por el Canal 2 de TVE,
Lecturas: 1 Re 19,16.19-21
Sal 15
Gál 4,31-5,1.13-18
Lc 9,51-62
Queridos hermanos sacerdotes, religiosas y fieles laicos presentes y los que nos seguís a través de las pantallas de TV:
El evangelio habla hoy de la decepción que el rechazo por parte de los samaritanos supuso para los discípulos que Jesús había enviado delante de él, camino de Jerusalén. Ni siquiera pudieron prepararle a Jesús alojamiento porque se negaron los samaritanos a recibirle. Los discípulos, desairados, hubieran deseado la venganza divina: “Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?” (Lc 9,55). Jesús, dice el evangelista, les regañó y los llevó a otra aldea.
También nosotros podemos sentirnos tentados a responder de la misma forma que los discípulos, pero el Señor nos propone el programa de las bienaventuranzas: “Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo’ y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre malos y buenos (...). Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo los publicanos?” (Mt 5,43-46).
En estas palabras de Jesús han encontrado muchos seres humanos la prueba de un mensaje divino. Sólo el amor incondicional es digno de fe. Un amor que ofrece la vida como entrega total sin buscar recompensa humana, confiando sólo en el premio de quien ve en lo escondido. Un amor que la Iglesia ha inculcado generación tras generación, dando cauce a los valores del Evangelio del perdón, garantía de la verdadera paz social.
Quien no esté dispuesto al perdón no cabe en el reino de Dios. El seguimiento de Cristo lleva consigo la renuncia a sí mismo y a los deseos de afirmación propia contra el prójimo. Se trata de un seguimiento que no se aferra a la propiedad personal y ni siquiera a los derechos de piadosa preocupación por la propia familia. Para Jesús las cosas son radicales: “Las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc 9,58). Es un seguimiento a costa de sí mismo y de los que nos pertenecen: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a nunciar el reino de Dios” (Lc 9,60).
Nuestra vida está hoy amenazada por un individualismo sin medida, fortalecido por la competitividad de los individuos, esclavos de su propia ambición, sin reparar en medios. La búsqueda del poder ha llevado al hombre de nuestros días a una nueva forma de esclavitud. Se vive para lograr el control social mediante la descalificación y el desprestigio del adversario, una inmoralidad desdeñable que manifiesta la mezquindad de espíritu con que se procede en la sociedad actual.
Contra las nuevas formas de esclavitud san Pablo recuerda a los Gálatas que “para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado” (Gál 4,31); para recomendarles a continuación: “Por tanto manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud” (v. 5,1). La libertad no consiste en dar rienda suelta a lo que arbitrariamente quiera yo hacer seducido por el poder y su disfrute o el placer y su gozo momentáneo, la conveniencia o la utilidad de mi estrategia de conducta. Somos verdaderamente libres cuando elegimos el bien que edifica y construye nuestra personalidad humana en la presencia de Dios y bajo su voluntad, que siempre quiere para nosotros lo que más conviene a nuestra salud espiritual, es decir, a nuestra condición humana, orientada por nuestra vocación a la felicidad de la vida eterna. Una libertad que incluye la libertad del prójimo y su desarrollo personal y social.
Con la distancia de los años transcurridos, podemos valorar mejor la iniquidad de aquellos sistemas de ordenación social de la vida que oprimieron la libertad de individuos y pueblos enteros en Europa. Pero hoy también es posible sucumbir a la opresión de quienes imponen una visión del mundo que hipoteca la libertad de individuos y comunidades en el consumo; y de quienes se sirven de las libertades ciudadanas para encubrir la descomposición moral de la sociedad. Sigamos a Cristo por el camino de la negación de sí que es amor por los demás, y abramos las puertas de nuestro corazón al prójimo que nos pide acogida fraterna y hospitalidad. No dejemos de ayudar a los hermanos que sufren a causa de la fe y buscan la libertad para servir al Señor.
La Eucaristía es apertura al prójimo porque es acogida de Dios en nosotros, que en Cristo se hace nuestro huésped, siendo así que es él quien nos convida y agasaja hasta hacerse alimento de vida eterna.
S.A.I. Catedral de la Encarnación
Domingo 27 de junio de 2004
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería |