HOMILÍA

HOMILÍA EN LA FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR
Domingo después de la Epifanía
Romería de Torregarcía en honor de la Virgen del Mar

Lecturas: Is 42, 1-4.6-7
Sal 28
Hech 10,34-38
Mt 3,13-17

Celebramos la romería anual de la Patrona en Torregarcía en esta fiesta del Bautismo del Señor, que nos invita a la reflexión sobre el hecho determinante de nuestra vida: que estamos bautizados en el nombre de la Trinidad santísima y que, en consecuencia, como dice el Apóstol, “en la vida y en la muerte somos del Señor” (Rom 14,8). El bautismo imprime en nosotros la imagen de Cristo, segregándonos de la vida del hombre viejo, del hombre de mentalidad mundana sin otra esperanza que la transitoriedad de esta vida subyugada por el poder del pecado. Por eso san Pablo le recuerda a los cristianos de Roma: “Los que hemos muerto al pecado ¿cómo seguir viviendo en él? ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?” (Rom 6,2-3).

Quienes hemos sido bautizados hemos muerto al pecado y no podemos vivir ya como si no hubiéramos sido injertados en Cristo resucitado a una vida nueva, una vida que por el bautismo comienza a ser realidad en nosotros ya en esta vida, abriéndonos a la esperanza del triunfo definitivo sobre la muerte eterna y el pecado que la causa. Continúa así el Apóstol: “Porque si nos hemos injertado en él en una muerte semejante a la suya, también lo estaremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido el cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado” (Rom 6,5-6).

¿Cómo vivir entonces como si no hubiéramos sido bautizados?; y ¿cómo no desear el bautismo para los que no están bautizados? Hemos de llevar una vida digna de nuestro bautismo, pues hemos sido ungidos con el Espíritu de Cristo. Él no cometió pecado alguno, pero quiso cargar con los pecados de todos y, solidario con la humanidad pecadora, descendió a las aguas del Jordán para recibir de manos de del Precursor Juan el Bautista el bautismo de purificación y perdón. Aunque, como hemos escuchado en el evangelio, Juan trataba de disuadirlo, diciéndole: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”(Mt 3,14). Jesús le respondió manifestando el sentido de su bautismo: “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere” (v.15). Es decir, Jesús se sometía a la voluntad del Padre, cuyo designio de salvación para nosotros incluía el sometimiento de Jesús a la ley de nuestra carne pecadora. El bautismo de Jesús es así manifestación de su plena solidaridad con nosotros, con nuestro pecado, haciéndose con ello “en todo semejante a nosotros menos en el pecado” (Hb 4,15), porque el pecado es nuestro, es de los hombres desde el origen.

Por esto pudo dar testimonio de él san Pedro, el apóstol débil y fuerte a un mismo tiempo, testigo ocular de la vida pública, pasión, muerte y resurrección de Jesús. Aquel que en los difíciles momentos de la pasión lo había negado Jesús por miedo, declaraba en casa del centurión pagano Cornelio el carácter universal de la salvación traída por Jesús, pues “Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea” (Hech 10,34-35). Dios se fija en el corazón de los humanos y no practica tráfico alguno de influencias como hacen los hombres. Por eso Pedro pudo dar este testimonio de Cristo: “Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él” (Hech 10,38).

Para curarnos de nuestras dolencias y males, Jesús fue ungido por el Espíritu Santo e investido como Cristo, esto es, como Mesías Salvador ante Juan el Bautista y cuantos acudían al bautismo que el Precursor predicaba en el Jordán. Mesías quiere decir precisamente Ungido, aquel sobre quien ha sido derramado el perfume de la unción con el que se ungía a los profetas, reyes y los sacerdotes de Israel. Estas unciones eran figura de la unción de Cristo y de la unción de los bautizados, niños o adultos, a quienes, una vez bautizados, el ministro unge con el crisma diciendo: “entra a formar parte de un pueblo de reyes, de profetas y sacerdotes”.

Este perfume con el que somos ungidos es signo por el cual los bautizados reciben el Espíritu Santo, del cual participamos por la unción bautismal y la crismación de la confirmación. ¿Cómo no vamos a pedir a los padres y educadores cristianos, muchos de ellos también presentes hoy aquí, todo el esfuerzo necesario para concluir la educación cristiana de nuestros adolescentes y jóvenes con la recepción del sacramento de la Confirmación? Porque hemos sido ungidos con el Espíritu de Cristo, participamos de él, para ser liberados por Jesús del pecado y configurados con la nueva vida que Jesús nos da y que nos hace hijos de Dios por adopción sin distinciones humanas.

Ungidos como Jesús, los cristianos estamos llamados a dar testimonio de la salvación que Dios Padre nos ofrece en Cristo, pues hemos sido hechos evangelizadores del mundo, es decir, aquellos que llevan la buena noticia de la salvación y que invitan la conversión y la vida nueva ofreciendo en su propia vida los efectos de la liberación del pecado que produce el bautismo.

No podemos honrar a la santísima Virgen si no somos capaces de llevar una vida coherente con nuestro bautismo. Hoy hemos venido aquí, a Torregarcía, un año más, a la playa donde apreció su sagrada imagen, peregrinos de esperanza, convencidos de que en ella Dios nos ofrece un ejemplo del más perfecto seguimiento de Cristo, verdadero camino, verdad y vida, por el que hemos de transitar para alcanzar la salvación, escuchando sus palabras: “Nadie va al Padre si no es por mí” (Jn ). Vamos a Dios por el camino que es Cristo como verdadero evangelizador enviado por el Padre. Por eso, María, Madre del Redentor, es ejemplo a seguir, porque ella es el discípulo perfecto del Mesías, del Ungido, que participa del Espíritu Santo que recibió juntamente con los apóstoles y discípulos y con las santas mujeres en el Cenáculo el día de Pentecostés.

María nos invita como invitó a los sirvientes de las bodas de Caná: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Jesús, a su vez, nos pide que le sigamos para anunciar el Reino de viene del Padre y que “no es comida ni en bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo”(Rom 14,17). Es decir, en acoger en nosotros el designio de salvación del Padre, ofrecido como vida nueva y renacimiento en el Espíritu Santo. Novedad que trae consigo un forma esperanzada de afrontar la vida según la mente de Dios. Los cristinos no podemos vivir poniendo entre paréntesis la fe que profesamos y que hemos de proponer a los demás como verdadera tabla de salvación. Hoy como siempre, sin reparar en que seamos o no comprendidos por los hombres. Justo cuando el cristianismo quiere ser arrinconado por una mentalidad intolerante, aunque reclama la tolerancia, que entra en contradicción con la luz de la razón y la revelación cristiana, se propone imponernos una concepción del hombre arbitraria, con una ceguera que resulta preocupante para cualquiera que tenga limpia la mente y no se cierre al resplandor de la verdad.

Si hoy venís a postraros a los pies de la Virgen del Mar para pedir su protección, habéis de llevar una vida coherente con el evangelio de Jesús su Hijo. Defended los valores que emanan de ese evangelio, de la concepción del hombre y de la vida en sociedad de ese evangelio; y defended su vigencia con la fuerza social que os da vuestra presencia pública. No tengáis miedo a hacer valer la concepción del hombre y de la paz social que constituye el mejor patrimonio humanista de nuestra civilización, imposible sin la luz del cristianismo. Por Cristo os lo pido. Si Dios existe y es el creador del hombre, hemos de acudir a su Palabra para saber quién es en verdad el hombre como hijo de Dios y cuál es la razón de su dignidad. Las ciencias humanas saben, ciertamente, del hombre, pero sus afirmaciones no están exentas de concepciones ideológicas sobre la vida humana.

La sociedad europea que hayamos de construir no podemos dejarla sólo en manos del laicismo y de una concepción de la vida que pretende imponerse como si Dios no existiera. Reclamad de nuestros representantes respeto por las de la mayoría de nuestra sociedad cristiana, pues no les entregamos el alma ni la fe, sino la administración del bien público, el orden ciudadano y la convivencia en libertad y justicia.

En este día pido a la Santísima Virgen coherencia para quienes en la vida pública, siendo cristianos y católicos, deben defender en conciencia los valores cristianos por encima de los programas de partido. Pido a la santísima Virgen que ilumine a los que tienen la responsabilidad de gobernar la vida pública, por quienes nosotros rezamos cada día, el acierto para afrontar las dificultades de la convivencia en la verdadera paz social.

Pido a la santísima Virgen del Mar que defienda con su protección a la familia, núcleo de la sociedad, que bendiga a los jóvenes, esperanza de nuestro futuro, arrancándolos de las seducciones del mal. Que a todos sepamos transmitir la fe a las jóvenes generaciones y educar en ella a los niños. Que consuele y acompañe a los ancianos e impedidos, muchos de los cuales hoy hubieran querido estar aquí con nosotros ante la imagen de la Virgen. Que con su ternura e intercesión nos proteja y acompañe, para que seamos capaces de dar testimonio de Cristo. Que ella nos lo conceda.

Ermita de Torregarcía
Fiesta del Bautismo del Señor
9 de enero de 2005

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería