HOMILÍA
HOMILÍA EN EL DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR
Lecturas: Procesión de Ramos: Mt 21,1-11
Santa Misa: Is 50,4-7
Sal 21,8-9.18-20.23-24
Fil 2,6-11
Mt 26,14-27,66
Queridos hermanos sacerdotes del Cabildo Catedral; diáconos y seminaristas;
Queridos fieles laicos:
La liturgia del domingo de Ramos se desenvuelve en dos escenarios bien diversos: la proclamación del Evangelio y la procesión de los ramos, que conmemora la entrada profética de Cristo en Jerusalén; y la celebración de la Misa en la Pasión del Señor. Después de proclamar el primer evangelio, hemos venido gozosos, evocando procesionalmente la entrada de Jesús en Jerusalén, percibida por la multitud que acompaña a Jesús como un signo mesiánico en el que se expresa la realeza del Cristo de Dios. Jesús es aclamado como el Rey que viene en nombre del Señor, como hijo de David, descendencia real de David en quien se cumplen las promesas hechas a la dinastía davídica.
Jesús llevó a cabo un gesto enteramente profético, aunque “la gente, muy numerosa” le acompañaba y vitoreaba. A pesar de ello, no parece haber llamado la atención de la guarnición romana asentada en Jerusalén y no causó especiales recelos en la guarnición. Pero lo que no preocupó a los romanos, sí preocupó a los sacerdotes y maestros de la ley (cf. Mt 21,15ss; Lc 19, 39s). Jesús que nunca se dio a sí mismo el título de “hijo de David”, se identifica plenamente con él cuando es interpelado por ellos que quieren reprimir las aclamaciones de los niños y del pueblo.
Jesús entra en Jerusalén, pero su entrada en la ciudad santa no es para tomar posesión del trono real de David, sino para consumar en ella su pasión y su muerte, tal como lo había predicho el mismo Jesús, cuando le dijeron sus discípulos que le buscaban para matarlo: “Pero conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén” (Lc 13,33). La ciudad santa será el escenario de su pasión y muerte, donde va a “ser consumado al tercer día” (v. 32). De esta suerte, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz, Jesús, el Siervo del Señor, que ofrecerá la espalda y la mejilla a los que van a golpearle, llevará a término la obra que el ha encomendado su Padre.
Sostenido por Dios, el Siervo ha puesto en él su confianza y espera ser librado del sufrimiento por su poder. Pero Jesús sabe que este sufrimiento es necesario para la salvación del mundo y acepta el designio de su Padre: “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad” (Mt 26,42). Por eso el autor de la carta a los Hebreos puede decir de Jesús que, “habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, por los padecimientos aprendió la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación para todos los que le obedecen ...” (Hb 5,7-9).
La narración de la pasión y muerte de Jesús según san Mateo nos presenta al Siervo sufriente que ha visto en su propio dolor el triunfo sobre la muerte por su entrega al designio de Dios. Por eso responderá al sumo sacerdote refiriéndose a su glorificación futura: “Desde ahora veréis que el Hijo del Hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo” (Mt 26,64). Aunque Jesús no se defiende a las acusaciones que se han levantado contra él. Consciente de la conspiración que se ha tramado contra él, va a la muerte en libertad y sabiendo que así agrada a Dios. Le han traicionado incluso entre los suyos y Pedro ha negado conocerle. Por eso calla ante las acusaciones con las que quieren justificar su muerte porque de nada sirve defenderse de quienes han decidido matarle.
La pasión según san Mateo nos hace ver a Jesús entregándose en libertad a una muerte redentora, en la cual se cumplen las profecías de Isaías sobre el Siervo de Dios, cuyo dolor traerá la salvación de muchos. Un dolor que termina por ser vencido en la gloria de la resurrección, cuando el Hijo del Hombre venga sobre las nubes del cielo. También san Pablo hace referencia a este desenlace de la pasión de Jesús, al referirse a su exaltación por haberse entregado, obediente a la voluntad de Dios, a la ignominia de la muerte en cruz. Por eso, “Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el ‘Nombre sobre todo nombre’; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo, y toda lengua proclame: ‘¡Jesucristo es Señor!’, para gloria de Dios Padre” (Fil 2,9-10).
Isaías había profetizado los sufrimientos del Siervo del Señor y había adelantado la clave de su triunfo: “Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado” (Is 50,7). Jesús va a su pasión con la confianza puesta en Dios, aun cuando la tentación ronde siempre al justo. Crucificado y pendiente del madero Jesús recitará el salmo 22 haciendo suyas las palabras del salmista: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). Grita Jesús antes de morir, pero la queja de Jesús es la del dolor del abandono en que se siente aquel que no duda que Dios es su Padre. Es la queja del Hijo, que previamente ha aceptado en total sumisión la voluntad del Padre.
Jesús nos ofrece en la cruz la lección suprema: ha llevado a término cuanto le confío su Padre, a pesar del sufrimiento que le ha embargado y el anonadamiento en que ha caído. Ahora sólo le espera la respuesta del Padre a su fe y sumisión a su designio. Jesús había anunciado su pasión, pero también su triunfo. Sigamos, pues, su camino: “Si morimos con él, también viviremos con él; si nos mantenemos fieles, reinaremos con él” (2 Tim 2,11).
Si la suerte de los justos está en las manos de Dios, el sufrimiento y la muerte no tendrán nunca la última palabra. La celebración de la pasión del Señor nos invita a configurar nuestra vida con la suya y a no ceder ante la tentación de lo pasajero y de lo efímero, fieles a la verdad y al bien. Carguemos con nuestra cruz cada día y sigamos a Jesús camino del Calvario. Los sinsabores de la vida, las dificultades y contrariedades de cada día, e incluso el mal moral que hemos de padecer con frecuencia, acompañado a veces del dolor de la enfermedad, nos hacen participar de los sufrimientos de Cristo. El ejemplo de su pasión nos ha de ayudar a soportarlo todo con aquella paciencia y confianza que Jesús tuvo entregando el espíritu a su Padre en la certeza de que Dios no lo entregaba a él al abismo, permitiendo su muerte para llegar a la gloria de la resurrección.
Gracias a su paciencia y a su confiada entrega a Dios, la muerte redentora de Jesús y su resurrección gloriosa se hacen ahora eficaces para cada uno de nosotros, al participar de la Eucaristía, sacramento de la cruz y del triunfo de Cristo.
S.A.I. Catedral de la Encarnación
20 de marzo de 2005
Domingo de Ramos
+ ADOLFO GONZÁLEZ MONTES
Obispo de Almería |