HOMILÍA
HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL
Lecturas: Is 61,1-3.6.8-9
Sal 88,21-22.25.27
Ap 1,5-8
Lc4,16-21
Querido y venerable hermano en el Episcopado;
Queridos sacerdotes y diáconos;
Respetados hermanos presbíteros de la Iglesia ortodoxa rumana y de la Iglesia de Inglaterra, que asistís a nuestra celebración;
religiosos y religiosas, seminaristas y fieles laicos:
1 La celebración de la Misa crismal vuelve a congregarnos entorno a la fuente de la gracia que mana de la Eucaristía, sacramento central de la fe. Justo en este año de la Eucaristía, el sacramento del Altar se convierte en objeto de nuestra particular atención, nunca alejada de este sacramento admirable, convite sagrado y memorial eficaz de la pasión de Cristo para los comulgantes, que reciben en él la prenda de la gloria futura, como tan bellamente lo expresa la liturgia de la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor.
Esta centralidad de la Eucaristía fue recordada por la encíclica del Papa Ecclesia de Eucaristía, que viene siendo objeto de reflexión y un importante referente magisterial del vigente Plan pastoral diocesano. A ello se añade la reciente Carta apostólica Mane nobiscum Domine, del pasado octubre, con la que el Papa propugna la celebración del año eucarístico. Justamente, para el mayor logro de fruto espiritual de este año eucarístico, la Penitenciaría Apostólica ha enriquecido algunos actos eucarísticos con el donde la indulgencia plenaria para todos los fieles. Se trata de motivar la conciencia cristiana ante el milagro admirable de la presencia de Cristo en la santísima Eucaristía: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos” (Mt 28,20).
El Señor está, en verdad, presente en la historia de los hombres, nada le es ajeno, pues todo fue hecho por él y todo está destinado a él, pero su presencia eucarística, siendo pneumática, es asimismo física y nos es sacramentalmente ofrecida en las especies del pan y del vino, síntesis y resumen del alimento que nos sustenta. La presencia de Cristo en la Eucaristía concentra en sí la comunión del Verbo eterno con nuestra carne mortal inmortalizada por su resurrección de entre los muertos, primicia de todos los que duermen.
2 Por la Eucaristía los que estábamos destinados a la muerte eterna por el pecado, recibimos anticipada la vida inmortal e imperecedera, pues por la Eucaristía todos los que han sido bautizados en Cristo reciben la vida de Dios. El bautismo tiene su meta en la Eucaristía y con ella se culmina la iniciación cristiana de los neófitos. Ungido Jesús en el bautismo con el Espíritu Santo, como profetizara Isaías, por su cruz y resurrección ha obtenido el don del Espíritu, derramado sobre toda carne, para cuantos creen en él. Se cumplen así las palabras proféticas de Joel: “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne (...) y también sobre mis siervos y mis siervas derramaré mi Espíritu” (Jl 3,1-2). Como Jesús fue enviado por el Padre para realizar la obra del Evangelio, así los que han recibido el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, son enviados a prolongar la obra de la evangelización del mundo como portadores del Espíritu de Cristo y testigos y partícipes de su sacerdocio.
La obra evangelizadora y redentora de Jesús tiene como fin, que el Padre mismo le ha dado, “reunir en uno a los hijos de Dios dispersos” (Jn 11,52), pues Cristo murió para lograr esta congregación de los pecadores entorno a él, piedra angular de la salvación, comunidad que se nutre de su vida y vive por su Espíritu. Los bautizados forman la congregación de los santos porque beben del Espíritu, agua vivificadora “que brota para la vida eterna” (Jn 4,14). Del seno de los bautizados corren “ríos de agua viva” (Jn 7,38), aguas que purifican y sacian la sed de vida de cuantos Cristo acerca a su costado abierto en la cruz, manantial de donde brotan las aguas sacramentales de la gracia que sana y santifica.
La congregación de los bautizados es pertenencia del Resucitado, que así los marca con el sello del don del Espíritu Santo en la Confirmación, para que, hechos propiedad de Dios, puedan participar de la vida divina en la Eucaristía, donde es edificada la Iglesia, verdadero reino de Cristo; es decir, comunión de cuantos reconocen explícitamente su señorío sobre el mundo y participan de él. Un reino de sacerdotes que ofrecen a Dios su propia vida convertida en verdadero sacrificio de alabanza asociándose a la ofrenda eucarística como liturgia de la nueva Alianza. De esta comunión de fe de los santos dice el Vaticano II: “La identidad de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Su ley es el mandamiento nuevo: amar como el mismo Cristo nos amó. Su destino es el Reino de Dios, que el mismo comenzó en este mundo (...), aunque de hecho aún no abarque a todos los hombres y muchas veces parezca un pequeño rebaño, sin embargo es un germen muy seguro de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano.” (VATICANO II: Constitución Lumen gentium, n. 9b).
A esto tiende la evangelización: a la integración de esta comunión que llega a su término en la Eucaristía, centro y culmen de toda la vida cristiana; manantial de la gracia y fuente del apostolado. Por la Eucaristía la comunión eclesial, fruto de la iniciación cristiana, se transforma en sacramento de la presencia de Cristo en el mundo; pues la Iglesia alcanza en la Eucaristía su visibilidad perfecta como sociedad orgánica y armónicamente configurada. En ella la Cabeza, representada por el ministerio ordenado, y los demás miembros del cuerpo regidos por ella concurren para dar cauce a la vida del cuerpo entero.
3 No podemos olvidar, queridos sacerdotes, que para que sea así Cristo instituyó el ministerio ordenado, que sirve a la mediación del sacerdocio de Cristo en favor de la Iglesia y, por su medio, de la humanidad llamada a congregarse en ella. La Iglesia nace y crece por la entrega sacrificial de Cristo, que la Eucaristía hace presente para que los fieles se apropien por ella los frutos de la redención. De modo que es imposible separar el carácter convival de la Eucaristía de su condición de sacrificio de la nueva Alianza, en cuanto es memorial del sacrificio de la cruz y verdadero y propio sacrificio de la Iglesia. La Eucaristía, que está en el origen de la Iglesia, es quien la consuma como cuerpo de Cristo y sacramento de salvación.
Así lo recoge el magisterio perenne de la Iglesia, recordado por el Santo Padre, que bellamente enriquece la doctrina: “Hay, en efecto, un influjo causal de la Eucaristía en los orígenes de la Iglesia. Los evangelistas precisan que fueron los Doce, los Apóstoles, quienes se reunieron con Jesús en la Última Cena (cf. Mt 26,20;Mc 14,17; Lc 22,14). Es un detalle de notable importancia, porque los Apóstoles ‘fueron la semilla del nuevo Israel, a la vez que el origen de la jerarquía’ (VATICANO II: Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia Ad gentes, n.5). Al ofrecerles como alimento su cuerpo y su sangre, Cristo los implicó misteriosamente en el sacrificio que habría de consumarse pocas horas después en el Calvario. Análogamente a la alianza del Sinaí, sellada con el sacrificio y la aspersión, los gestos y las palabras de Jesús en la Última Cena fundaron la nueva comunidad mesiánica, el Pueblo de la nueva Alianza” (Ecclesia de Eucharistia, n. 21).
De ahí la importancia de reparar de nuevo en las palabras del Papa, que, en la Carta a los sacerdotes de este Jueves Santo de 2005, vuelve a recordarnos, una vez más, la imposibilidad de separar del carácter sacrificial de la misa la entrega y autodonación del ministro por la vida de la Iglesia; pues si Cristo implicó a los Apóstoles en su propia entrega a la cruz, en la Eucaristía se hace presente aquella autodonación de Jesús a la cual quiso asociarlos a ellos: “No se pueden repetir las palabras de la consagración sin sentirse implicados en este movimiento espiritual. En cierto sentido, el sacerdote debe aprender a decir también de sí mismo, con verdad y generosidad, ‘tomad y comed’. En efecto, su vida tiene sentido si sabe hacerse don, poniéndose a disposición de la comunidad y al servicio de todos los necesitados” (JUAN PABLO II: Carta a los sacerdotes para el Jueves Santo de 2005, n. 3).
Por esta entrega oblativa de sí mismo la existencial sacerdotal se hace más visiblemente sacramento del Señor, que se sigue entregando por nosotros en la acción eucarística que el sacerdote realiza en la persona de Cristo. En esta acción sacramental, el sacerdote recoge en las ofrendas eucarísticas la entrega sacrificial que de sí mismos hacen los fieles, asociándolos a la ofrenda de Cristo. Los fieles ejercen así el sacerdocio real de los bautizados que se consuma mediante esta asociación al sacrificio eucarístico. De este modo, por la acción de Cristo que se sirve de la acción ministerial del sacerdote todo el pueblo ejerce como pueblo sacerdotal.
4 Bien se puede ver que la Eucaristía concentra en sí el contenido pleno de la salvación y que de ella brota la fuerza evangelizadora de la misión y de la caridad de la Iglesia. Identificados con la caridad de Dios, con su amor al mundo, los discípulos de Cristo han de manifestar este amor mediante su testimonio y su compromiso con los necesitados. Por su propio dinamismo unificador e integrador, que brota del dinamismo divino del amor de Dios por el mundo y de la comunión trinitaria que da origen a la Iglesia, la Eucaristía lleva al compromiso de solidaridad fraterna. La Iglesia aporta así a la sociedad la fuerza espiritual que transforma la paz en algo más que un mero equilibrio de intereses. La caridad inspira la demanda de justicia.
Por la caridad de Cristo que mueve a los cristianos, el reclamo de una sociedad más justa deja de ser mera repetición de otros reclamos, para convertirse en testimonio del amor incondicional de Dios al hombre. Allí donde los necesitados requieren la atención de la Iglesia, allí debe estar la Iglesia para defender su dignidad, revelada en la entrega de Cristo por cada ser humano. Por eso, nuestra palabra debe ser la propiamente nuestra, la que como Iglesia nos corresponde, sin remedar programas sociales que difícilmente pueden esconder los intereses del poder que tantas veces los mueven. Allí donde sufre el necesitado allí estar la fe eucarística alimentando el compromiso social de los cristianos.
5 Esta caridad por los necesitados tiene en los enfermos un lugar especial. Aun cuando toda la comunidad cristiana ora por ellos viendo en su sufrimiento cuanto falta a la pasión de Cristo, el dolor del enfermo encuentra en el ministerio sacerdotal un alivio que emana de su misión apostólica. En esta Misa crismal, junto con la consagración del crisma, bendecimos hoy el óleo de los enfermos y el óleo de los catecúmenos. La unción con el santo Crisma es realidad sacramental por medio de la cual los bautizados son hechos partícipes de la unción real de Cristo, enviado a sanar los corazones afligidos y a los contritos de corazón.
El respeto y veneración que requieren los santos óleos está en relación con la dispensación de los sacramentos a los que se destinan como materia sacramental. La Congregación para la Doctrina de la Fe recuerda estos días que la Unción de los enfermos constituye un sacramento de institución divina, cuya dispensación sólo pueden realizar los sacerdotes; esto es, los Obispos y los presbíteros. En consecuencia, se reprueba cualquier otra práctica, que la Congregación considera no justificada de ningún modo. Se trata de la identidad de un sacramento, cuya fervorosa y atenta dispensación constituye parte del ministerio sacerdotal, llamado a prolongar en este signo sacramental el ministerio de curación del hombre interior llevado a cabo por Cristo, que tiene en la curación del cuerpo, cuando Dios así lo quiere, el signo de la sanación plena del hombre por la gracia. Que así lo apreciemos todos agradeciendo a Cristo el alivio sacramental que trae al enfermo el perdón y la curación cuando Dios así lo quiere.
6 Que la santísima Virgen María, Madre de la Iglesia y, como la ha definido el Papa en su encíclica, “mujer eucarística con toda su vida” (Ecclesia de Eucharistía, n. 53) por haber asociado su obediente aceptación del designio de Dios para ella a la entrega de su Hijo a la muerte redentora, nos ayude a mantenernos fieles, ministros y fieles a nuestra condición de miembros del pueblo sacerdotal en el que fuimos introducidos por el bautismo para el logro de nuestra salvación y la de todos los hombres.
Catedral de la Encarnación
23 de marzo de 2005
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería |