HOMILÍA
HOMILÍA EN LA MISA “EN LA CENA DEL SEÑOR”
Lecturas: Ex 12,1-8.11-14
Sal 115,12-13.15-18
1 Cor 11,23-26
Jn 13,1-15
Después de haber celebrado la Misa crismal, celebramos esta tarde la tradicional Misa “en la Cena del Señor”, de la tarde del Jueves Santo. En ella la comunidad cristiana conmemora la institución del sacramento de la santísima Eucaristía y del sacerdocio de los ministros. Misa, además, en la que rememoramos al mismo tiempo el mandato del amor, resumen de la ley y los profetas, que recoge el testamento de Jesús vertido por el evangelista en el discurso del adiós del Maestro a sus discípulos. Jesús se dispone a emprender la vuelta al Padre, a través de un nuevo éxodo que le llevará desde este mundo a la tierra prometida de la humanidad redimida y salvada por su sangre: el camino de la pasión, muerte de cruz y sepultura.
En este año eucarístico nos es particularmente obligado volver nuestros ojos a la institución de la Eucaristía, para agradecer a Cristo este gran don de su presencia y estimular en nosotros el gusto por este divino sacramento, que resume su entrega a la muerte de cruz y su resurrección gloriosa. Es Cristo glorificado el que se hace presente en este sacramento, pero con los estigmas de la pasión y de la cruz y el efecto salvador de la misma, es decir, el fruto de su redención. En el sacramento del Altar es el sacrificio de la cruz el que se hace presente en virtud del memorial eucarístico.
No se trata sólo de un símbolo ni de una mera conmemoración a modo de recordatorio de unos hechos históricos, sino del hacerse presentes de aquellos hechos centrales de nuestra redención, de modo que somos nosotros hechos contemporáneos de aquellos hechos salvadores, por así decirlo. Todo cual sucede gracias a la mediación de la acción sagrada de la Misa; y por esta presencia del sacrificio de Cristo por nosotros en el memorial de la santa Misa, llega a nosotros la redención. Es decir, se nos aplican los frutos de la redención, porque somos verdaderamente unidos a la muerte y resurrección del Señor que nos redimieron. Recibimos la salvación al aplicársenos personalmente de modo eficaz el fruto de la cruz y resurrección del Señor: el perdón de nuestros pecados y la gracia de la santificación.
El sacramento del Altar es el memorial del sacrificio de Cristo y verdadero y propio sacrificio de la Iglesia, que se entrega en él al designio de Dios, perfectamente unida a su Señor. Por medio de la acción sacerdotal, los fieles ejercer el sacerdocio real de los bautizados ofreciéndose a sí mismos con Cristo en la oblación sacrificial de la Misa. Este carácter sacrificial de la Eucaristía hace que este sacramento sea un verdadero “sacrificio de comunión” en la muerte y resurrección del Señor, tal como san Pablo dice a los Corintios: “Por eso cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz proclamáis la muerte del Señor hasta que él vuelva” (1 Cor 11,26).
El texto del libro del Éxodo que hemos escuchado da cuenta de la institución de la Pascua hebrea, que habría de agotarse en su propia limitación temporal, no podía perpetuarse, ya que esta llamada a ser superada por el sacrificio del verdadero cordero pascual, Cristo, en quien Dios ha establecido una alianza superior y mejor con su pueblo. La pascua de los israelitas nuestros padres, igual que el ejercicio del sacerdocio de la antigua Alianza, no pasarían de ser “sombra y figura de las realidades celestiales” (Hb 8,5; 9,23; 10,1).
Aunque cuanto había de venir tiene aún que aguardar su misma consumación en los cielos, con la Resurrección de Cristo y su glorificación la obra realizada por él en favor nuestro ha comenzado ya a ejercer su eficacia. Por su muerte y resurrección, Jesús ejerce ahora para siempre junto a Dios Padre como verdadero “sumo Sacerdote de los bienes futuros” (Hb 9,11). Por esta razón, la Eucaristía, tal como dice el Papa en su encíclica Ecclesia de Eucharistia, al mismo tiempo que memorial de hechos históricos de salvación, “es tensión hacia la meta, pregustar el gozo pleno prometido por Cristo (cf. Jn 15,11); es, en cierto sentido, anticipación del paraíso y ‘prenda de la gloria futura’. En la Eucaristía todo expresa la confiada espera: «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo» ” (EE, n.18). Al tiempo que se hacen presenten aquellos hechos de redención acontecidos de una vez para siempre, anunciamos en la Misa la gloria que esperamos, a la cual nos conducen los sacramentos que recibimos en nuestra peregrinación hacia la patria definitiva. La Eucaristía nos coloca así entre el pasado en cual Cristo ha realizado por nosotros la obra redentora y el futuro que esperamos de gloria.
Por la Eucaristía somos integrados en la comunión de la Iglesia, que vive de la Eucaristía como Cuerpo de Cristo y es edificada por la comunión en el Cuerpo y Sangre del Señor. De ahí que sea imposible celebrar la Misa sin sentirnos plenamente en comunión con la Iglesia. No se puede separar la adhesión a la fe de la Iglesia de la comunión en eucarística, porque la proclamación de la Palabra de Dios, la catequesis y la enseñanza moral tienden a que todos los creyentes en Cristo se apropien de la mente de la Iglesia mediante la fe y, unos en comunión con los otros y todos en la comunión de la Iglesia, tengan aquella sola alma que se nutre espiritualmente de la voluntad de Cristo: “Que todos sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado” (Jn 17,22-23).
La comunión con Dios pasa por la comunión eclesial, ya que la Iglesia vive de la comunión trinitaria y la hace presente en Eucaristía, memorial de la entrega de Jesús al mundo. Es en esta comunión donde se nutrimos la vida espiritual los discípulos de Cristo y donde recibimos la gracia santificadora, por medio de la cual Cristo nos une al Padre en el Espíritu Santo. No es posible vivir la fe eucarística sin plena adhesión a los pastores de la Iglesia, que son quienes por voluntad de Cristo le representan y quienes en su propia persona (“in persona Christi”) realizan la Eucaristía, que de este modo aparece como un don apostólico a la Iglesia: es decir, un don que Cristo ha entregado a la Iglesia mediante los Apóstoles.
El amor al prójimo no suple la comunión eclesial, se nutre de ella y la supone. Por eso el mandato del amor se practica en comunión con la fraternidad eclesial y es difusión eclesial de la caridad de Cristo. Nuestro amor por los pobres y los necesitados recibe de la Eucaristía fuerza de vida y convicción. Fuerza de vida, porque mediante el amor al prójimo los cristianos estamos llamados a dar testimonio del amor que Dios nos ha tenido entregándonos a su propio Hijo en sacrificio salvador. Convicción, porque la fe del mundo depende de nuestro amor: “para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21).
En este Jueves Santo reavivemos estas hondas convicciones de fe, para que no se vacíen nuestras tradiciones religiosa hoy amenazadas por la fuerza secular de una sociedad que se aleja del mensaje evangélico y puede sentir la tentación se convertir en tradición cultura el rico patrimonio espiritual de la Semana Santa. La presencia y la eficacia de la pasión, muerte y resurrección del Señor ha sido entregada a la Iglesia por el ministerio de los sacerdotes en este santísimo sacramento de la Eucaristía, que hoy queremos venerar con especial fervor, en este año eucarístico enriquecido con el perdón pleno de la indulgencia que cancela las deudas del pecado.
A lo largo de los meses que siguen a la celebración del Triduo pascual, pongamos empeño en reavivar en nosotros la estima por el sacramento del Altar y el culto eucarístico fuera de la santa Misa, pero que emana de ella y sin ella perdería su sentido. No pasemos de largo ni distraídamente ante la reserva eucarística, que hoy queremos venerar con toda solemnidad. Que la adoración eucarística venga a poner paz en las ansias de nuestro corazón deseoso de plenitud; y busquemos en este sacramento de la entrega de Cristo por nosotros la misericordia y el amor de Dios siempre ofrecidos por nuestra redención hasta el retorno glorioso de Cristo.
S.A.I. Catedral de la Encarnación
24 de marzo 2005
Jueves Santo
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería |