HOMILÍA
PREDICACIÓN AL INICIO DE LA PROCESIÓN MAGNA DEL VIERNES SANTO
Hermanos sacerdotes y diáconos,
Presidente de la Agrupación de Hermandades y Cofradías de la Ciudad,
Hermanos mayores y Cofrades todos,
Seminario, religiosas y fieles:
En la tarde de este Viernes Santo, hemos querido organizar esta procesión magna con motivo del 150º Aniversario de la declaración del dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, dando gracias a Dios que la destinó en su designio de amor por nosotros a ser la Madre del Justo, único inocente, entregado a la pasión y a la muerte de cruz redentora de nuestros pecados. En ella hemos pretendido una representación completa de los misterios de la pasión y muerte del Señor y de los dolores de su santísima Madre, la Inmaculada Virgen María, que nos dio al hombre Jesús como verdadera encarnación del Hijo unigénito de Dios.
Esta procesión magna quiere asimismo rendir tributo a la Eucaristía, memorial de la pasión y muerte del Señor, donde permanece para siempre entre nosotros “hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20). En este año de la Eucaristía la Iglesia proclama el misterio que encierra el sacramento del amor entregado hasta la muerte, celebrado sobre los altares de nuestras iglesias y convertido, por la acción del Espíritu Santo, en pan de vida eterna y germen de comunión y fraternidad universal.
Hoy, cuando el poder salvador de la Cruz se levanta sobre el pueblo de Dios, que lo muestra a la humanidad entera como señal del triunfo definitivo de Cristo sobre la muerte, se aúnan en una sola realidad, gracias a esta procesión magna, la tradición de fe y el genio creador de las generaciones: las que nos han precedido y las que hoy son protagonistas de esta Semana Santa, enriquecida con el fervor y al mismo tiempo con el sentido del arte y la belleza de los imagineros que han aportado lo mejor de sí mismos en sus creaciones, expresando plásticamente en sus obras los misterios de nuestra redención.
En esta procesión veremos desfilar entre los fieles hermosas imágenes, pero sólo pálido reflejo de la verdad divina que quieren representar: aquellas realidades divinas que son el contenido de nuestra fe. Es la fe la que las ha inspirado y es esta fe la que irradia su figura, para que cuantos las contemplamos podamos alcanzar las realidades de salvación a las que nos remiten estos misterios.
Estas imágenes nos hablan de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén para celebrar la Pascua de la Alianza antigua mediante la institución de la Alianza nueva y eterna en su sangre, la Pascua definitiva que habría de conducirle a su paso de este mundo al Padre, cumpliendo con ello el designio de amor misericordioso de Dios que lleva a Jesús a padecer su pasión y cruz.
Entregándose libre y generosamente a la muerte, a Jesús nadie le quita la vida, dirá él mismo a sus seguidores y a sus enemigos: “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo” (Jn 10,18). Estas palabras de Jesús, que acabamos de recordar en la conmemoración de su muerte en los santos Oficios, expresan la honda verdad de la cruz de nuestro Redentor, que es el amor de Dios que nos ha salvado.
Por eso contemplaremos en esta procesión el misterio de la sentencia que condena a Jesús a una muerte aceptada, seguida de los pasos que jalonan su trayectoria hasta la crucifixión en el Calvario, acompañado en soledad de los suyos tan sólo por su el dolor de su Madre, del fiel discípulo amado Juan y de unas cuantas mujeres, que le habían seguido y le amaban. Acompañado también inmerecidamente del dolor de cuantos hoy le amamos y contemplamos la representación en imágenes de su entrega a la muerte.
La cruz gloriosa de Cristo se alza hoy en la ciudad como signo y señal de una fe que es ampliamente compartida por la población, una fe que, por ser parte de la identidad de un pueblo, no puede ser ignorada ni soslayada. Esta cruz que hoy levantamos es símbolo del amor definitivo: “Nadie amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,14). El mensaje de la cruz es un mensaje de paz y reconciliación, de perdón de los agravios y superación de las enemistades, pues tal como dice san Pablo a los corintios, “en la cruz de Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación” (2 Cor 5,19). Por eso, con palabras del mismo Pablo, quisiéramos hoy al tiempo que levantamos en alto la cruz de Jesús, proclamar a todos el mensaje de la paz: “Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios mismo os exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! A quien no cometió pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,20).
Si así queremos ahora acompañar estas imágenes, servirá la procesión a obtenernos de Dios su gracia y su favor. Enjugando las lágrimas del inmenso dolor de María, y al mismo tiempo sostenidos nosotros por ella, refugio de los pecadores y consuelo de todos los afligidos, demos escolta al santo Sepulcro, donde yace depositado el cuerpo del Hijo del Hombre. El sepulcro donde la humanidad del Redentor esperó la gloria de la resurrección.
Con la confianza puesta en el triunfo de Cristo, cuantos contemplen con arrepentimiento de sus pecados el paso de las imágenes sentirán que se restañan las múltiples heridas de su corazón; y, sanados por el bálsamo del perdón de Dios, volverán a descubrir en el rostro de sus hermanos el verdadero rostro de Cristo, identificado con su suerte y su dolor, con la historia personal de cuantos sufren y padecen la necesidad y la indigencia, de cuantos huyen perseguidos y buscan sobrevivir junto a los que pueden ayudarles con su amor.
Contemplada con ojos de fe, la procesión que ahora iniciamos se transformará así en un auto sacramental del que salen purificados cuantos participan en él, arrebatados por la belleza de su ejecución y abiertos, en humilde obediencia a Dios, al mensaje de salvación que transmite la representación de la pasión y muerte del Salvador del mundo. La representación de la pasión, muerte y sepultura de Cristo no es la historia de un fracaso, sino la crónica sagrada del triunfo de la vida. Una victoria que se alcanza por la cruz que conduce a la luz. Bien podemos decir con la comunidad de fe que canta este triunfo:
“¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!
Jamás el bosque dio mejor tributo
En hoja, en flor y en fruto.
¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza
Con un peso tan dulce en su corteza!
Tú sólo entre los árboles crecido
Para tender a Cristo en tu regazo;
Tú, el arca que nos salva; tú, el abrazo
De Dios con los verdugos del Ungido.
Al Dios de los designios de la historia,
Que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;
Al que en la cruz devuelve la esperanza
De toda salvación, honor y gloria. Amén.
Almería, 25 de marzo de 2005
Viernes Santo
+ ADOLFO GONZÁLEZ MONTES
Obispo de Almería |