HOMILÍA

HOMILÍA EN EL DOMINGO DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

Lecturas: Hech 10,34ª.37-43
Sal 117, 1-2.16-17.22-23
Col 3,1-4
Jn 20,1-9


Queridos miembros del Cabildo y hermanos sacerdotes,
diáconos, religiosas y seminaristas,
queridos hermanos y hermanas:

Un año más la Pascua nos trae la gran noticia, cuya actualidad nunca acaba: ¡Jesucristo ha resucitado! Porque Cristo ha resucitado hay esperanza para una humanidad siempre necesitada de ella, amenazada por tantos males físicos y morales que constriñen la vida de los seres humanos. Por eso, porque Cristo ha resucitado, a pesar de la cruz que representan los males que afligen a la humanidad: la guerra y el terrorismo, las condiciones inhumanas de vida de millones de seres humanos y el comercio con las personas, males sociales que amenazan la convivencia y la paz, es posible la esperanza. A pesar de la perversión moral de tantos, la vida según Dios triunfa en la obediencia redentora de Cristo iluminada por la resurrección. En la victoria de Cristo resucitado, Dios ha revelado al mundo el verdadero destino del hombre, creado por amor y para la vida. La muerte ha sido vencida por Cristo crucificado con su propia muerte y sepultura.

La cruz de Jesús no fue algo fortuito o no querido por él, sino el resultado de un designio de amor aceptado de antemano con plena libertad. Así lo habían anunciado las profecías y los poemas del Siervo del Señor habían narrado sus sufrimientos redentores. Por eso, “el testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados” (Hech 10,43). La muerte de Jesús tiene un sentido que escapa a la lógica del mundo. La muerte de Jesús responde al designio de amor de Dios por el mundo, al que entregó su Hijo unigénito, para que el mundo no se pierda. Jesús, el Hijo del Hombre, ha sido levantado y colocado entre el cielo y la tierra “para que todo el que crea, tenga en él la vida eterna” (Jn 3,15). En la cruz de Jesús se nos ha dicho qué es amor: entregar la vida por aquellos a quienes se ama.

María Magdalena, llena de dolor por la ausencia del cadáver de Jesús, no supo interpretar el signo del sepulcro vacío y desconcertada corrió a decírselo a Pedro y al discípulo fiel: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). Vacío, el sepulcro de Cristo es prueba palpable de su victoria y así lo supo interpretar el discípulo a quien Jesús tanto quería: “Vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de rsucitar de entre los muertos” (Jn 20,8b-9).

También las otras mujeres, igual que María Magdalena, fueron al sepulcro aquella mañana pascual. Jesús resucitado sale al encuentro de aquellas valerosas mujeres que le acompañaron durante su vida pública y permanecieron junto a la cruz, para entregarles un mensaje de esperanza destinado a los discípulos desconcertados: “No temáis; id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán’” (Mt 28,10). El Resucitado alienta la desvanecida fe de sus discípulos y les ofrece la interpretación de los hechos que ellos no logran alcanzar por sí mismos. Todo había sucedido según las Escrituras, les dijo, saliendo al paso de los dos discípulos desalentados y sin esperanza que iban camino de Emaús: “¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria? Y empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras” (Lc 24,25-27).

Hoy parece que son muchos los que quisieran ahogar esta noticia que cambió la historia, para mejor ocultar al ser humano su destino trascendente, pero nada podrá acabar con la inquietud del corazón mientras aliente en el espíritu del hombre la búsqueda de la verdad total y la belleza. ¿Quién podrá adormecer el espíritu del hombre sin destruirlo? ¿Quién podrá domesticarlo? ¿Quién reducirlo a conformarse con un mundo envuelto en sus propios errores y en los males que lo aquejan, fruto del pecado?

El apóstol san Pablo nos invita a superar la ceguera y comodidad de una vida presa de los bienes pasajeros de un presente efímero y escurridizo, una vida meramente placentera que no es digna de la humanidad. Las palabras del Apóstol resuenan con particular fuerza en esta mañana pascual: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1-2). Hemos de invitar a los hombres y mujeres de hoy a seguir la propuesta del Apóstol. Sólo si Cristo arrastra el mundo tras de sí, podrá la humanidad alcanzar la meta de su destino.

¿Cómo podríamos ignorar que Cristo está vivo para siempre? Jesús ha sido glorificado y se ha mostrado a los Apóstoles vivo en Dios y Señor de la historia: “Lo mataron colgándolo de un madero; pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse (...) a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección” (Hech 10,39b.40.41b)

Contra quienes quieren eliminar los signos de su victoria, los cristianos hemos de ser capaces de dar testimonio de su vida nueva , mostrar con nuestra propia vida que él vive en Dios y en nosotros. Para todos nosotros es un desafío, un reto que no podemos evitar, buscar el modo y la manera de presentar a la sociedad de hoy a Cristo como a aquel que tiene el sentido de la vida humana. La Pascua viene, en efecto, a impulsar la misión y el apostolado de cuantos hemos sido bautizados en su nombre, fortaleciendo nuestra fe e impulsando nuestro testimonio público, conscientes de que él está con nosotros “todos los días hasta el fin de los tiempos” (Mt 28,20). No es posible encerrar al Resucitado en la esfera privada de la conciencia creyente. Hoy, cuando la cultura de la muerte se ha convertido en dramática amenaza para una vida sin otra esperanza que la sola calidad que humanamente le podamos dar, más que nunca se hace preciso el anuncio del triunfo de Cristo sobre la muerte. Hoy más que nunca la resurrección de Cristo proyecta su poderosa luz sobre la vida del hombre, capaz de transformarla en vida duradera.

Los cristianos hemos de vivir y comportarnos de acuerdo con la fe en el evangelio de la vida que profesamos. Una fe que abarca todas las dimensiones y circunstancias de la vida personal y social. Hemos de hacernos dignos del nombre que nos acredita como discípulos de Cristo en privado y en público, capaces de “dar razón a todo el que nos pida cuentas de la esperanza que alienta en nosotros” (1 Pe 3,15). Más aún, para que nuestro testimonio resulte convincente, hemos de prepararnos cada día, alimentando nuestra fe con la audición y la meditación asidua de la palabra de Dios y la práctica de los sacramentos. No se puede ser cristiano sólo de nombre sin ser digno de llevarlo. Sin una fe practicada y vivida a la luz del mensaje evangélico, es imposible ser discípulos de Cristo.

Así lo quieren entender los catecúmenos que bautizamos anoche en la Vigilia pascual, y todos cuantos desde hoy han comenzado a recibir el bautismo en nuestras iglesias y han comenzado a identificarse valientemente ante los demás como nuevos cristianos. Hemos de apoyarlos amparando su fe con una vida ejemplarmente coherente, en comunión con la comunidad eclesial. Cuando muchos se alejan de la fe, la llegada de nuevos cristianos a la comunidad de la Iglesia se convierte en un signo del poder del Resucitado, en un signo de esperanza que refuerza la misión y el apostolado de la Iglesia.

Tal como he deseado a los neófitos en mi felicitación pascual, quiera Dios conservarlos en su santo servicio; y a todos nosotros, queridos hermanos y hermanas, quiera el Resucitado llenarnos de la luz pascual que transforma la vida, para que así demos testimonio de él ante los hombres, para que toda la humanidad pueda convivir en la paz y alabar a Dios, que por amor nos llamó a la vida y resucita a los muertos para una vida sin fin.

En verdad, ¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya! Feliz Pascua de Resurrección a todos.

27 de marzo de 2005
Domingo de Resurrección

+ ADOLFO GONZÁLEZ MONTES
Obispo de Almería