HOMILIA

HOMILÍA EN LA MISA POR EL NUEVO PAPA
BENEDICTO XVI

Lecturas: Hech 20,17-18
Sal 109,1-4
1 Te 2,2-8
Jn 21,15-17

Queridos hermanos sacerdotes,
Dignísimas Autoridades,
Religiosos y religiosas, fieles laicos.
Hermanos y hermanas:

Nos reunimos en la Iglesia Catedral de la diócesis, después de haber orado en ella por el gran Papa que Dios regaló a su Iglesia en la persona de Juan Pablo II. Lo hacemos ahora, en la vigilia de la inauguración del nuevo pontificado, para orar por el nuevo Papa Benedicto XVI y pedir a a Dios por la persona y el ministerio del Vicario de Cristo, que mañana inaugura el ministerio petrino al ser instalado en la cátedra del Sucesor de Pedro como Obispo de Roma, Patriarca de Occidente y Pastor de la Iglesia universal.

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! El nuevo Papa ha querido imponerse a sí mismo el nombre de Benedicto, siguiendo la tradición de los papas a ejemplo de Pedro, a quien Cristo cambió el nombre para significar en el cambio la honda transformación que había de realizarse en la persona del Príncipe de los Apóstoles, llamado por Cristo a ser principio y fundamento visible de la unidad de la Iglesia: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las lleves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16,18-19). Son las palabras con las que Jesús confía la Iglesia a Pedro en respuesta a la confesión de fe del Apóstol, una declaración de fe en el misterio de la persona de Jesús que no se la ha revelado ni “la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (v.17).

San Agustín explica que sólo Pedro ha podido representar a la Iglesia entera y que, por eso, Pedro y la Iglesia resultan permutables, pues estas palabras se le dicen a él pero en realidad se le dicen a la única Iglesia, no a un hombre único: “De ahí la excelencia de la persona de Pedro, en cuanto que él representaba la universalidad y la unidad de la Iglesia”. Y continúa san Agustín: “No es que él fuera el único de los discípulos que tuviera el encargo de apacentar las ovejas del Señor; es que Cristo, por el hecho de referirse a uno solo, quiso significar con ello la unidad de la Iglesia” (SAN AGUSTÍN, Sermón 295, 1-8: PL 38,1348-1352).

Estas palabras del santo Obispo de Hipona nos permiten comprender por qué el Obispo de Roma, no siendo realmente obispo de ninguna otra Iglesia fuera de la suya de Roma, es sin embargo, una instancia determinante e interna a cada Iglesia, pues en el ministerio episcopal del Obispo de Roma como Pastor universal de la Iglesia tiene cada una de las Iglesias particulares el fundamento de su inserción en la unidad de toda la Iglesia. Cosa que sucede mediante la inserción del Obispo diocesano el Colegio episcopal. El Obispo de cada Iglesia es sucesor de los Apóstoles y miembro del Colegio de los obispos, del cual es Cabeza el Obispo de Roma, Pastor universal de los pastores igual que de los fieles, tal como dice el Vaticano II cuando siguiendo al I Concilio Vaticano afirma: “El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y el fundamento perpetuo y visible de la unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles” (VATICANO II: Constitución dogm. Lumen gentium, n. 23a).

Cada uno de los obispos apacienta su propia grey como verdadero sucesor de los Apóstoles, pero en comunión con Pedro y bajo la guía de Pedro. El nuevo Papa explana en su mensaje al mundo la interpretación de estos textos conciliares. Así, dice el nuevo Papa: “Como Pedro y los demás apóstoles constituyeron por voluntad del Señor un único colegio apostólico, del mismo modo el Sucesor de Pedro y los obispos, sucesores de los Apóstoles, tienen que estar unidos entre sí” (Mensaje, n. 2). El Concilio, en efecto, dejaba dicho además que, por esta intrínseca comunión que se da en la Iglesia de todos los obispos con el Papa, los obispos dirigidos por él “han de impulsar y defender la unidad de la fe y la disciplina común de toda la Iglesia y enseñar a todos los fieles a amar a todo el Cuerpo místico de Cristo, sobre todo a los pobres, a los que sufren y a los perseguidos a causa de la justicia” (LG, n. 23b). Es decir, han de actuar como maestros de la fe y verdaderos impulsores de la caridad pastoral de la Iglesia universal para con todos, pero especialmente con los que más lo necesitan, para que así la Iglesia pueda aparecer ante el mundo como verdadero sacramento de la misericordia de Dios con el mundo.

Cada obispo, agrega todavía el Vaticano II, gobierna su grey y no otra, pero todos, en la comunión de Pedro “han de preocuparse por toda la Iglesia” (LG, n.23b). Se ve de qué modo el Papa es el vínculo de la comunión de todos. El libro de los Hechos nos dice por eso cómo hemos de cuidar los pastores de nosotros mismos y “del rebaño que el Espíritu Santo nos ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su Hijo” (Hech 20,28).

Si al Papa y a los obispos corresponde el supremo magisterio en la Iglesia, están por esto llamados a desempeñar aquella difícil misión de discernir las doctrinas, porque algunos “deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos” (Hech 20,30). Se trata del ejercicio de un ministerio que el Papa ejerce en modo singular y que hemos de aceptar por la fe y acoger con agradecimiento. Dios nos envía un sucesor del gran Papa Juan Pablo II que será, sin duda alguna, un gran don para la Iglesia como maestro de la fe de los discípulos del Señor. Un don que en el tiempo presente hace de él el hombre de este momento, cuando la dificultad de discernir la verdad de la fe hace especialmente difícil el testimonio cristiano. La obra ingente del Papa Juan Pablo II encuentra continuidad en este nuevo Papa que tiene por lema episcopal la exhortación de la 3ª de san Juan a cooperar con los que anuncian la verdad:“Cooperatores veritatis”, esto es, colaboradores de la vedad. Su compromiso apostólico con la verdad revelada juntamente con su preparación teológica nos ayudará a permanecer fieles a Cristo y al Evangelio de la vida.

Como hemos dicho siguiendo al Vaticano II, el ministerio de los obispos se ejerce en comunión con Pedro, es decir en una comunión de actuaciones que tienden a guiar la Iglesia bajo la autoridad pastoral suprema del Obispo de Roma, y a ocuparse con él de las necesidades de los hombres, en especial de los más menesterosos. La caridad pastoral ha de hacer del pontificado del Papa y de los obispos un ministerio del amor y de la misericordia divina. Pues, si se proclama la verdad es para que por medio de ella brille la caridad de Dios que nos desvela su misterioso amor por nosotros. El estilo de todo ministerio pastoral queda bellamente reflejado en la primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses: “Como bien sabéis, nunca hemos tenido palabras de adulación ni codicia disimulada. Dios es testigo. No pretendimos honor de los hombres ni de vosotros, ni de los demás, aunque como apóstoles de Cristo podíamos haberos hablado autoritariamente” (1 Te 2,5s).

La fe nos dice que hemos de acoger la palabra del Papa y de los obispos cuando pretenden enseñar la fe revelada y orientar la vida moral de los fieles no sólo con respeto sino con obediencia, porque esta palabra brota de la moción del Espíritu que los impulsa a la guarda y custodia del depósito de la fe, pero movidos por su amor a Cristo. Nadie capitula ante alguien que se afirma sólo con autoridad, sino que, además de tener esta autoridad de Cristo (que no es preciso que se gane ni se conquiste por la propia valía, pues se tiene recibida de Cristo), se presenta como aquel que viene movido por el amor a Jesucristo, y como tal quiere amar a todos y a todos acoger y todos dar amparo: “Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor” (1 Te 2,8).

Con esta voluntad de amor inaugura el Papa su Pontificado Romano. Fiel a la verdad de la revelación y movido por el amor a Cristo. Cómo habrán resonado en su corazón aquellas palabras de Cristo a Pedro: “¿me amas más que éstos?” (Jn 21,15). Retomemos las palabras que Benedicto XVI en su mensaje a los cardenales y al mundo al día siguiente de su elección: “Me dispongo a iniciar este ministerio peculiar, el ministerio «petrino» al servicio de la Iglesia universal, abandonándome humildemente en las manos de la Providencia de Dios. Ante todo renuevo a Cristo mi adhesión total y confiada: «In Te, Domine, speravi; non confundar in aetérnum!»” (Mensaje, n. 2).

El amor a Cristo ha sido la clave de interpretación de la vida del Papa como de un cristiano verdadero, pero de manera propia de un sacerdote y de un Obispo. En el corazón maduro del Papa, gasto en una vida de entrega a Jesucristo y de servicio a su Evangelio, resuena en esta hora: “¿me amas más que éstos?”. Estas palabras de Jesús, oídas de nuevo, habrán evocado él la primera vez que las oyó el día de su consagración episcopal, después de un seguimiento de Cristo que fue primero vocación y después tarea como sacerdote y teólogo. Estas palabras habrán tenido una particular emoción en su conciencia el día de su elección por los cardenales romanos, y el Papa se habrá sentido abrumado con la confesión de fe de Pedro y la respuesta de Jesús convirtiéndolo en piedra sobre la que edificar la Iglesia. Pero, al mismo tiempo, habrá sentido y no dejará ya de sentir sobre él la mirada llena de ternura de Jesús que, de nuevo y por tercera vez le demanda amor incondicional. Jesús le pide ahora que ese amor lo ejerza en la forma en que él mismo, único Maestro y Señor, le ha amado a él, tanto como para colocar sobre sus hombros su Iglesia, después de una larga trayectoria de vida enteramente entregada a la Esposa santa e inmaculada. Una Iglesia que, en palabras de testamento del Papa Pablo VI, es ahora suya, porque el Señor se la entrega confiado a su cuidado.

La pregunta de Jesús habrá conmovido las fibras de su corazón al confrontar su propia vida con la de Jesús, que amó a los suyos “hasta el extremo” (Jn 13,1). No habrá podido decir otra cosa distinta de la que Pedro respondió a Jesús, confrontando con su amor la debilidad humana: “Señor, tú lo sabes todo, tu sabes que te quiero”(Jn 21,19).

¿Cómo podría esquivar Benedicto XVI la demanda de Jesús, si el Papa mismo ha escrito siendo Cardenal: “si el rasgo esencial de la persona es realmente parecerse a Dios, ser una persona que ama, a la humanidad y a cada uno de nosotros sólo puede existir si existe el amor y enseña el camino hacia ese amor”. Palabras en las que el nuevo Papa se apoya para concluir exhortandonos: “Retornemos a Cristo: el acto redentor de Cristo consiste precisamente en hacernos palpable que Dios nos ama. Él nos lo cuenta a cada uno de nosotros y nos acompaña personalmente con su via crucis por el camino de perderse uno mismo. Y, al convertirse la ley del amor en el regalo del amor, Él supera la soledad por antonomasia que supondría no ser redimidos” (CARDENAL J. RATZINGER, Dios y el mundo [Barcelona 2002], 176).

Hermosa exhortación que constituye, sin duda, el arranque del corazón para llevar adelante, unido a Cristo, un programa petrino para el tiempo presente. Pidamos a la santísima Virgen María que ayude al Papa a llevar este programa de amor adelante como camino de salvación para la humanidad. Hoy como siempre, la Iglesia está llamada a presentar al mundo el amor de Dios como felicidad del hombre. El amor de Dios se hace experiencia sacramental en el sacrificio eucarístico que ahora vamos a celebrar. En él la entrega de Cristo a la muerte sigue siendo la mayor invitación a seguirle por el camino del amor.

Catedral de la Encarnación
Almería, a 23 de abril de 2005

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería