HOMILIA
FIESTA DE SAN INDALECIO
PATRONO DE LA CIUDAD Y DIÓCESIS DE ALMERÍA
Lecturas: Is 52, 7-10
Sal 95,1-3.7-10
2 Cor 4,1-2.5-7
Lc 5,1-11
El patrocinio de san Indalecio sobre la Ciudad y diócesis de Almería viene de nuevo a congregarnos para la celebración festiva y solemne de la Eucaristía. Independientemente de los datos pormenorizados de la historia, San Indalecio es de hecho el Obispo evangelizador que dio origen a nuestra Iglesia en la Hispania romana en el tránsito del siglo I al siglo II. Si la tradición de los varones apostólicos tiene su fundamento histórico, éste no es otro que los hechos sucedidos. España fue muy pronto destinataria de la predicación de los discípulos de los Apóstoles, entre los que hay que colocar al Obispo fundador de nuestra Iglesia, sea porque, en efecto, fue discípulo inmediato de los mismos Apóstoles; sea porque san Indalecio predicó el evangelio en aquel contexto espiritual y misionero en el que se movieron los evangelizadores que sucedieron a la generación apostólica. Con la palabra de Cristo por todo equipaje, esa generación inmediata a la apostólica se entregó a la misión divina de predicar el evangelio afrontando desplazamientos cada vez más lejanos. Fue así como los primeros evangelizadores alcanzaron el Portus Magnus de la costa sur del Mediterráneo, si es que no fue Cartago Nova el único puerto de entrada del cristianismo en el sur de la Península.
La fe plantada por aquellos predicadores de Cristo, muchos de los cuales hubieron de sufrir el martirio ratificando con su sangre la palabra proclamada, habría de dar frutos abundantes en tan sólo dos siglos. Los testimonios documentales, las crónicas y los monumentos dan fe de la expansión y del asentamiento del evangelio de Cristo en la Hispania romana del siglo III después de Cristo. Luego vino la ordenación canónica y la institucionalización del cristianismo. Los obispados, las iglesias y los monasterios configuraron un cristianismo, primero hispanorromano y después visigótico, con influencia bizantina en el sur oriental.
Por destino de la historia la Iglesia plantada y asentada hasta entonces durante más de seis siglos se vio bruscamente amenazada por la invasión y la dominación musulmana. La reconquista hizo posible el retorno de la fe de Cristo a estas tierras, que primero fueron cristianas. Se cumplen ahora los 500 años de la erección canónica de más de cuarenta parroquias almerienses. Cinco siglos de fe, que queremos celebrar a lo largo de este año en espíritu de acción de gracias y que, gracias a la colaboración y apoyo de las instituciones sociales y de las corporaciones municipales, será un centenario que no va a pasar inadvertido.
Damos gracias a Dios todopoderoso, verdadero Señor de la historia, a quien están sometidos los tiempos y las generaciones, igual que los poderes humanos, por la fe recibida y conservada hasta hoy. Sabemos que la transitoriedad de las dificultades nos permite fundar nuestra esperanza en lo único perenne y duradero: el verdadero poder de Dios y el señorío de Cristo sobre los acontecimientos. Esta esperanza nos da paz y sosiega la inquietud que generan los avatares de la historia, a veces causa de inmenso dolor para los pueblos, que nunca terminan de aprender de sus errores culpables. Sin esta esperanza trascendente sería difícil afrontar la pérdida de los valores y la falta de otro sentido para la vida que no sea el que discrecionalmente se quiera imponer desde los resortes del poder y los centros creadores y divulgadores de la opinión pública.
Sin embargo, las palabras del profeta Isaías son claras:“La hierba se seca, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios permanece por siempre” (Is 40,8). Si Dios ha dado el poder a Cristo su Hijo, podemos comprender las palabras de Jesús: “Los cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Lc 21,33). Fiarse de la palabra de Cristo es el principio de la fe, y la fe produce la vida eterna.
Jesús quiso hacer de Pedro y de los apóstoles pescadores de hombres, trocando las redes marinas por la proclamación de la palabra, por la predicación del Evangelio. Para ello quiso afianzar sobre su palabra la acción apostólica de sus discípulos. El evangelio de san Lucas nos cuenta que Jesús les ordenó echar las redes de nuevo, después de haber pasado una noche infructuosa pescando sin haber cogido nada. Pedro, a la voz del Señor respondió: “... por tu palabra, echaré las redes” (Lc 5,5). El evangelista continúa: “Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red” (v.6).
Sólo quien se fía de la palabra de Jesús accederá a la pesca milagrosa. Dios, que comienza la obra buena con otorgando el don de la fe que llega con la predicación, la lleva a término con los frutos abundantes de la conversión. Perder la fe es exponerse a cosechar las redes vacías. Pero san Pablo nos dice que la fe viene de la predicación, y que ésta es necesaria para poder invocar el nombre de Dios y salvarse por la fe en el evangelio de Cristo: “Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo invocarán a aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian las buenas noticias!” (Rom 10,14-15).
El Apóstol recoge las palabras que hemos escuchado a Isaías en la primera lectura describiendo la hermosura de los pies sobre los montes de los mensajeros de la salvación: “Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que anuncia la salvación (...) y verán los confines de la tierra victoria de nuestro Dios” (Is 52,7). San Indalecio como los varones apostólicos que afrontaron la misión de Hispania e hicieron los primeros discípulos que prolongaron su obra fueron los mensajeros de la primera hora, los sembradores de paz, no la paz del armisticio entre partes hostiles, sino la paz reconciliadora del perdón de Dios por la sangre de Cristo, la paz redentora que es la misma salvación ofrecida como don y entrega divina al mundo.
La siembra fue acompañada de la persecución y el martirio, siempre testimonio fehaciente de una esperanza que va más allá de lo que los hombres podemos prometer y esperar de nosotros mismos. Por eso, las dificultades hicieron exclamar a san Pablo: “Pero no todos obedecieron a la Buena Nueva”, y recurriendo de nuevo al profeta Isaías añade: “Porque Isaías dice: «¡Señor, ¿quién ha creído a nuestra predicación?». Por tanto la fe viene de la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo” (Rom 10,16-17).
Los pastores de la Iglesia, y con ellos todos los cristianos, hemos de ser muy conscientes de que la predicación es necesaria para la fe, pero la predicación encuentra dificultades de continuo. Siempre hay una amenaza sobre la predicación, por eso san Pablo tenía que advertir a su colaborar e hijo en la fe el Obispo Timoteo: “Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas” (2 Tim 4,3-4).
Vivimos tiempos, en efecto, en que el relativismo de nuestra cultura no soporta la predicación del evangelio, pero no por eso hemos de sucumbir al espíritu del tiempo. Los cristianos estamos llamados a dar testimonio de la verdad, como lo hizo Cristo ante Poncio Pilato (cf. 1 Tim 6,14). El predicador del evangelio de Cristo tiene que afrontar la oposición que encuentra la exposición de la verdad y padecer las consecuencias que la predicación trae consigo, pero no por eso puede renunciar a su misión, porque el encargo que ha recibido de Dios le impide el acobardamiento como le impide predicarse a sí mismo. No es la predicación un discurso impositivo sino la propuesta que hace a los hombres de parte de Dios, y por eso mismo, el que predica inevitablemente apela a la autoridad del que le envía. Pues dice el Apóstol de las gentes: “Porque no nos predicamos a nosotros, predicamos que Cristo es Señor, y nosotros, siervos vuestros por Jesús” (2 Cor 4,5).
San Pablo nos recuerda que quienes hemos sido iluminados con la luz de la fe no podemos oscurecer esta luz ni apagarla, sino iluminar con ella a los demás “dando a conocer la gloria de Dios reflejada en Cristo” (2 Cor 4,6). ¿Cómo podemos llamarnos cristianos y renunciar a iluminar la vida con la luz de Cristo, Palabra de Dios y “luz verdadera que ilumina a todo hombre viniendo a este mundo?”( Jn 1,9). Evangelizar es dar testimonio de la verdad que es Cristo en quien ha brillado la luz de la vida sin que las tinieblas hayan podido vencerla (cf. Jn 1,5). Pongamos, pues, en Cristo la esperanza de la victoria de la luz sobre toda la oscuridad, y confiando en las palabras de Cristo recordemos a los hombres de nuestro tiempo que Cristo es la verdad y que conocerle a él es conocer la verdad y “la verdad que hace libres”(Jn 8,32). Lo más grave de nuestros días es que, después de haber sido iluminados con la luz de Cristo no queramos permanecer en él y desoigamos sus admonitorias palabras y su advertencia: “Caminad mientras tenéis luz, / para que no os sorprendan las tinieblas; / el que camina en las tinieblas, no sabe a dónde va. / Mientras tenéis la luz, / creed en la luz, / para que seáis hijos de la luz” (Jn 12,35b-36).
Estas palabras de Cristo nos advierten del pecado contra el Espíritu Santo, cuya efusión sobre la Iglesia celebramos una vez más en este nuevo Pentecostés. Sólo es pecado sin perdón el pecado contra el Espíritu Santo, de ahí la extraordinaria gravedad moral en que inciden quienes se empecinan en invertir el orden de la creación asequible a la luz natural de la razón, y el pecado que representa oponerse a la luz con la que la revelación de Cristo ilumina la vida de los seres humanos. La luz con la que san Indalecio y los misioneros apostólicos que plantaron la Iglesia entre nosotros iluminaron la vida de Hispania, a cuyo resplandor hemos vivido.
Que la santísima Virgen María quiera defendernos de huir del resplandor luminoso de la verdad revelada. A ella confiamos, en este año de la Inmaculada, el cuidado de nuestra Iglesia diocesana de Almería y le pedimos que ampare la fe que profesamos y que deseamos alimentar en la exposición de la palabra revelada y en la celebración de la Eucaristía.
S.A.I. Catedral de la Encarnación
14 de mayo de 2005
San Indalecio
Fundador de la Iglesia de Almería
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
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