HOMILÍA
HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO
Ordenación de presbíteros
Lecturas: Hech 12,1-11
Sal 32,2-9
2 Tim 4,6-8
Mt 16,13-19
Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, religiosas y fieles laicos:
Nos reunimos una vez más en asamblea eucarística en esta solemnidad de los santos Pedro y Pablo, para hacer memoria de los príncipes de los Apóstoles y columnas de la Iglesia, enviados por Cristo a anunciar el “evangelio de la vida”, por el cual murieron entregando sus propias vidas por amor a Cristo. Sobre la sangre de los apóstoles, y de los numerosísimos mártires de la fe cristiana que riega la tierra empapada en ella, se ha levantado la fe en Cristo como redentor del mundo de pueblos enteros. De esta fe han vivido generaciones, hitos que marcan veinte siglos de testimonio. Cuando en el viejo continente esta fe pareciera que ya no inspira la conducta de sociedades que han sido cristianas, la regeneración está en marcha y hemos de esperar que el Espíritu del Resucitado lleve a término la obra evangelizadora a la que estamos llamados y con la que estamos comprometidos y es nuestra tarea en las circunstancias del tiempo en que vivimos.
Nada debe importarnos merecer el descrédito de cuantos están convencidos de su visión de las cosas y pretenden construir una sociedad en el que el nombre de Dios y de Cristo sea reprimido y expulsado del ámbito público. No debe importarnos porque nuestro propio convencimiento de que Dios es el misterio del mundo y el suelo firme sobre el que vivimos nos da fuerzas para recordar a todos que, en efecto, sin Dios no es posible la esperanza; sin Dios viviríamos confinados en un mundo sin otro futuro que el que podamos atribuirnos a nosotros mismos. La experiencia histórica nos dice a qué abismos puede descender el hombre y qué desolación es capaz de generar el desamor y la concupiscencia del poder y de la carne.
Por eso, nosotros, testigos de la resurrección de Cristo, estamos llamados a anunciar que en él está la salvación. Los Apóstoles extendieron este anuncio y el mundo cambió por el poder de Dios. Todo había madurado para este cambio, porque ni siquiera el desarrollo prodigioso de la cultura grecorromana fue ajeno al designio providente de Dios. Después de largos siglos de cristianismo, el evangelio de Jesús, proclamado a toda la tierra, ha abierto nuevos horizontes a los pueblos que lo han recibido agradecidos.
¿Cómo no sentirnos impelidos a proclamar de nuevo este anuncio de vida en una sociedad envejecida y que está marcada por una cultura de la muerte? Tendremos que arrostrar incomprensiones, pero no podemos perder la esperanza, porque el ángel del Señor abre las puertas de todas las prisiones cuando llega el momento oportuno; como abrió la cárcel donde Pedro esperaba su ejecución, pero ni el rey Agripa ni los carceleros habían contado con el poder salvador que venía en su auxilio “mientras la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él” (Hech 12,5).
Hoy, queridos hijos que vais a recibir el presbiterado, sois un motivo de alegría para nuestra Iglesia particular, y debéis tener más claro que nunca que sois discípulos de Jesús, el buen Pastor que entregó su vida por la ovejas. Tened en cuenta las palabras de san Pedro: “Cristo sufrió por vosotros dejándoos un modelo para que sigáis sus huellas” (1 Pe 2,21). Configurado con el buen Pastor el sacerdote está llamado a prolongar en el tiempo la entrega Cristo por nosotros, ofreciendo su vida para que los fieles conozcan y amen a Cristo, que por nosotros padeció la muerte llevando nuestros pecados en su cuerpo, dice san Pedro, que añade:“con cuyas heridas habéis sido curados” (1 Pe 2,24). Todo de forma que pueda aplicarse a vuestra generosa entrega sacerdotal a los hombres, nuestros hermanos, aquellas palabras dichas de él y de sus sufrimientos: “Erais como ovejas descarriadas, pero habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas” (1 Pe 2,25).
He aquí la tarea, queridos hijos, que hoy se os confía y constituye un modelo de vida, una forma existencial de estar en el mundo para los hombres, sólo posible por haber conocido a Cristo y haberle amado y no poder vivir si no es para él. Vuestra caridad pastoral ha de ser reproducción de la oblación sacerdotal de Cristo, de modo que, inspirados por sus sentimientos e identificados con él, los demás puedan reconocer en vuestro amor al mismo Cristo, en cuya caridad se ha revelado el amor de Dios al mundo, tal como os decía en la misa en la que habéis hecho profesión de fe y emitido vuestro juramento de fidelidad.
En la celebración cotidiana de la santa Misa y mediante vuestra unión con Cristo habéis de nutrir el amor por los pobres y necesitados que ha de llevaros a atender las urgencias de cada día que impera la caridad, pero también y sobre todo ejerciendo el cuidado de los humildes y de cuantos a vosotros acudan buscando protección y amparo. Un amor para con los pequeños que habéis de practicar con especial dedicación a los niños, adolescentes y jóvenes; y con particular ternura para con los enfermos y los ancianos.
Si así lo hacéis viviendo de Cristo para los hombres, por vuestra caridad pastoral los hombres se sentirán atraídos a Cristo y un día podréis decir con san Pablo: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe (...) El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje” ( 2 Tim 4,7.17a).
No podéis predicaros a vosotros mismos sino a Cristo crucificado, por eso habéis de manteneros en comunión con su cuerpo que es la Iglesia, en la cual habéis sido bautizados en Cristo y hoy sois constituidos presbíteros. Vais a formar parte del colegio diocesano de los presbíteros y no podéis ejercer el ministerio si no es dentro del presbiterio, porque se os entrega un mismo y único ministerio del que todos los presbíteros participan gracias a su ordenación por el Obispo. De ahí que hayáis de vivir en plena comunión con el Obispo, al que hoy prometéis obediencia. No debéis apartaros de esta comunión sin minar el fundamento del ejercicio ministerial que se os confía y sin lesionar gravemente la comunión eclesial. Vosotros habéis de ejercer el ministerio de la unidad de la Iglesia que alcanza en la celebración de la Eucaristía la forma perfecta de expresión y realización sacramental. Por eso no podéis ser nunca causa de división entre los fieles, porque estáis al servicio de su unidad en Cristo.
Reconciliando a los hombres con Dios en el sacramento de la Penitencia devolvéis a la comunión eclesial a quienes se han alejado de ella por el pecado y les abrís a la comunión con Dios, al facilitar a los fieles la participación sacramental en la vida de la santa Trinidad. Es tarea ineludible del sacerdote la búsqueda de cuantos se han alejados de la Iglesia y pretenden vivir con Cristo sin la Iglesia, porque al abandonar la Iglesia se apartan de la voluntad de Dios, que ha querido congregar a la humanidad en ella, en la santa Iglesia, para hacer de esta congregación de los santos el sacramento de la unidad del género humano, como ensaña el Concilio (VATICANO II: Constitución dogmática Lumen gentium, n. 1). No infravaloréis el alejamiento real de la sociedad actual de la mente de Dios ni el carácter agnóstico de la cultura contemporánea y sed capaces de ofrecer una proclamación del evangelio que tenga en cuenta el estado real del hombre actual ante Dios.
No dejéis, por ello, de formaros en lo humano igual que en las ciencias sagradas de forma permanentemente, conscientes de que la difusión de la mentalidad imperante es empeño cultural de unas élites contrarias a la fe evangélica, en la que encuentran clara oposición a su propia visión del hombre y de la sociedad. Nada más opuesto al genuino humanismo trascendente que inspira la vida de la civilización cristiana que la desconsideración de los principios éticos que se desprenden de la razón natural, y que constituyen el patrimonio moral de esta nuestra civilización. Nada más contrario a ella que el desprecio de la luz que a la razón ha aportado el evangelio de Cristo, llevando la inteligencia a la contemplación de la dignidad y destino del hombre a su origen y meta en Dios. Cambiar el orden natural de las cosas es ir contra el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, por mucho que se quiera apelar engañosamente a la misericordia de Dios como coartada para desobedecer la ley de Cristo; o decir que se opta por Cristo y no por la Iglesia, cuando es Cristo quien se ha querido identificar con la Iglesia que es su cuerpo.
Sí, la Iglesia es fundación de Cristo y creación del Espíritu Santo. Es Iglesia de la Trinidad porque su origen emana de la vida intradivina y es ámbito de adoración en “espíritu y en verdad” (Jn 4,23); lugar donde se confiesa públicamente el señorío de Cristo y él mismo está presente por los siglos; congregación de pecadores redimidos y comunión en el Espíritu, que habita en ella. La Iglesia, a la que san Pablo llama nuevo “Israel de Dios” (Gál , 6,16), está levantada sobre el cimiento de los Doce y es el gran sacramento ofrecido por Cristo al mundo y entregado a Pedro y a sus sucesores, para que con el colegio de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, se mantenga en la unidad que se funda en la comunión entre las divinas Personas del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Así es la Iglesia, levantada sobre la roca de Pedro, a quien Cristo entregó las llaves del reino de los Cielos después de haber exigido de él, a pesar de su debilidad, que Cristo conocía, aquella confesión de fe: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo” (Mt 16,18). Hoy como siempre el Papa, Obispo de Roma y sucesor de Pedro, cabeza del colegio de los Obispos, es el principio visible de la unidad de la Iglesia y su magisterio es garantía de permanencia en la verdad, porque Cristo quiso que pastoreara a pastores y fieles. No es posible, por ello, confesar una sumisión respetuosa al Romano Pontífice y a los Obispos y al mismo tiempo mantenerse al margen de su magisterio y de aquella comunión afectiva que es expresión de la aceptación de la doctrina y de la disciplina de la Iglesia.
Hoy es el día del Papa y al hablaros de la necesaria aceptación de su guía y magisterio, a todos recuerdo nuestra obligación de orar por él, justo cuando el nuevo Papa se encuentra en los inicios de su pontificado, cargado como llega a él de sabiduría y humilde servicio en la verdad a la Iglesia, un don de Cristo a sus discípulos en esta hora de la Iglesia y del mundo que hemos de agradecer a la misericordia de Dios.
Que la santísima Virgen María siga protegiendo a los discípulos de su Hijo como lo hace de continuo y que, por la intercesión de los santos Pedro y Pablo y de los Apóstoles, podáis realizar en vosotros, queridos ordenandos, la vocación sacerdotal a la que habéis sido llamados.
Santa Apostólica Iglesia Catedral de la Encarnación
29 de junio de 2005
San Pedro y San Pablo
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
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