HOMILÍA

HOMILÍA DEL DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO DEL AÑO
Domingo de la procesión de la Virgen del Mar

Lecturas: Jer 20,7-9
Sal 62
Rom 12, 1-2
Mt 16,21-27

Muy ilustres señores Capitulares del Cabildo Catedral;
Prior y comunidad de la Orden de Predicadores;
Ilustrísimo Señor Alcalde y corporación municipal;
Respetadas Autoridades y representantes de las instituciones sociales de la ciudad y provincia;
Queridos concelebrantes, cofrades de la Virgen del Mar y fieles laicos:

“Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Rom 12,2).

Después de la celebración mariana de ayer sábado en honor de la Patrona, nos congrega hoy una vez más, en este año de la Inmaculada y de la Eucaristía, la celebración eucarística del domingo de la procesión de la imagen de la Virgen del Mar. Una ocasión para que el fervor que el pueblo cristiano siente por la Madre de Dios nos acerque a la palabra divina y la luz del evangelio de Cristo ilumine nuestra vida, orientando nuestra conducta personal y social.

El profeta Jeremías nos coloca ante la incomodidad de la misión profética, que le enfrenta al pueblo elegido para denunciar su infidelidad a la alianza con Dios y la ley divina. Su misión es incómoda e incluso, para el profeta, intensamente indeseable, tanto que desearía mejor no haber nacido, al verse obligado a denunciar la injusticia de una sociedad que ha vuelto las espaldas a Dios: “Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar «Violencia», y proclamar «Destrucción». La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día” (Jer 20,7b-8).

Estas palabras autobiográficas de Jeremías son un anticipo profético de las palabras de Cristo, perseguido como el profeta y llevado a la muerte por causa de la palabra de Dios. La tradición de fe ha visto en Jeremías, y en la dura persecución que hubo de padecer por desempeñar su misión profética en tiempos de dificultad, una figura del Redentor del mundo llevado a la cruz siguiendo la suerte de los profetas.

También la Iglesia y cada uno de los cristianos que dan testimonio de la palabra de Dios encuentra en la sociedad de cada época la dificultad de la fidelidad a la voluntad de Dios, pero muy particularmente en aquellos momentos históricos en que el oscurecimiento de la conciencia cristiana de la vida da pábulo a un modo de vivir enteramente alejado del Evangelio, e incluso contrario a la voluntad de Dios revelada por Cristo y a la palabra de Cristo confiada a la predicación de la Iglesia con aquellas admonitorias palabras: “Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (cf. paralelos según Biblia de Jerusalén: Lc 10,16; cf. Mt 10,40; Mc 9,37=Lc 9,48; y Jn 13,20).

Estas palabras del Señor advierten a la Iglesia contra el riesgo del anhelo de seguridad y bonanza que alienta en el corazón de los cristianos. Tenemos que tener muy presente que la incomprensión y el descrédito de la Iglesia, con demasiada frecuencia programado y calculado, forma parte de la predicación del Evangelio. Por eso el mismo Jesús hubo de advertir a los Apóstoles para que no se hicieran una falsa idea de la llegada del reino de Dios, que ellos concebían al modo de los reinos de este mundo. Jesús predijo ante ellos su propia pasión y muerte y hubo de recriminar con dureza a Pedro, al cual momentos antes él mismo había convertido en piedra sobre la que se habría de levantar la Iglesia. Jesús invitaba a seguirle tomando como criterio del seguimiento su misma suerte: “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24).

El seguimiento de Cristo encontró en la Virgen María la forma más perfecta y acabada de configuración con el destino de su Hijo desde el pesebre a la cruz. A todos nos invita la Madre del Redentor a seguir sus pasos, ya que Cristo nos ha dado en ella el verdadero modelo de la Iglesia peregrina en este mundo. Dichosa por haber escuchado la palabra de Dios, María encarna la obediencia a la voluntad divina y al designio de salvación, en cuyo desarrollo histórico entra de lleno la cruz. Por eso “avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie (cf. Jn 19,25), sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima” (VATICANO II: Constitución dogmática Lumen gentium, n. 58).

Los cristianos hemos de afrontar el sufrimiento que sigue a la predicación y al testimonio de Cristo sin escandalizarnos de la cruz. La cultura de nuestro tiempo se ha propuesto ocultar el dolor y velar la muerte, haciendo de la juventud y del culto al cuerpo un paradigma ante el que todos deben rendirse. El materialismo de la vida ciega los ojos de la razón natural impidiéndoles contemplar sin prejuicios la existencia del hombre en toda su verdad. El disfrute de la vida se ha convertido en un criterio que perturba gravemente el ejercicio de la razón y la vida espiritual.

Mientras se siga aconsejando a nuestros jóvenes que el ejercicio del sexo es tan sólo una cuestión de seguridad contra los riesgos de la contaminación infecciosa, sin variar en nada el enjuiciamiento moral que merecen las prácticas degradantes de la sexualidad, contrarias a la ley divina y a la luz natural de la razón, es que de hecho estamos reconociendo que ya no hay reservas morales a las que acudir que merezcan mayor respeto que la opinión estadística de quienes pueden crear opinión, divulgarla y finalmente imponerla.

Las leyes pueden elaborarse y promulgarse, pero si no responden a la razón y a la superior luz del espíritu, están destinadas a sancionar la degradación moral de una sociedad que ha expulsado a Dios de su horizonte. ¿Cómo es posible mantener fidelidad a la tradición de fe cristiana y al mismo tiempo mostrarnos indiferentes ante la degradación programada de la vida cristiana en la sociedad de nuestros días?

La inseguridad jurídica en que se está situando al matrimonio y a la familia son una grave advertencia del alejamiento de nuestra sociedad del Evangelio de Cristo. De ahí la importancia que la Iglesia concede a una educación integral de los niños y de los jóvenes.

Como alternativa al comportamiento sin horizonte espiritual de tantos miles de jóvenes que se conducen gregariamente manipulados por quienes viven de ellos; jóvenes que han hecho aliciente para vivir del sexo y de la velocidad, la droga y el consumo de alcohol, en los que tantos malogran sus vidas, quisiera manifestar la esperanza que alienta en la Iglesia el movimiento de jóvenes cristianos. La experiencia que hemos vivido estos días en Colonia ochocientos Obispos y diez mil sacerdotes, reunidos con ellos en torno a Benedicto XVI, siguiendo los pasos del amado Papa Juan Pablo II, nos anima a esperar de los jóvenes con fe un futuro de esperanza. No hay todavía nada semejante en la sociedad civil que se pueda comparar a la pasión que Cristo suscita entre las jóvenes generaciones de los países cristianos. El millón de jóvenes a los que hemos acompañado son la expresión de la fe transmitida y la esperanza de un futuro cristiano en una Europa cuyas raíces cristianas se intentan ocultar de forma vergonzante, como si no existiera la advertencia de Cristo clara y admonitoria: “Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10,32 ).

¿Qué sentido puede tener celebrar esta fiesta patronal de santa María Virgen sobre la ciudad si no somos permeables al mensaje de Cristo? ¿Qué futuro sin Dios podremos ofrecer a los niños y a los jóvenes? Hemos de integrar a los jóvenes en una sociedad verdaderamente madura, en la que la defensa de los legítimos derechos personales y sectoriales no suponga nunca la desatención a los derechos de los demás posponiendo el bien común de la sociedad.

Este año en que estamos celebrando la creación canónica de cuarenta y dos parroquias diocesanas hace quinientos años, es ocasión propicia para examinar el tenor de vida que llevamos y dejarnos conducir a Cristo por la mano maternal de la Virgen María. Hemos de volvernos a Cristo porque sólo él tiene palabras de vida, aun cuando hayamos de sufrir por causa del Evangelio. San Pablo nos exhorta a no acomodarnos a este mundo y a renovar la mentalidad según la inspiración del Espíritu. El Apóstol nos invita a ofrecer a Dios nuestros cuerpos mortales como único sacrificio razonable, un “culto espiritual” que agrada a Dios. Él no tiene necesidad de otras víctimas ni ofrendas y quiere que acatemos su voluntad, porque Dios tiene siempre designios de salvación y felicidad para el hombre y para el mundo, destinados por él a la salvación. Que nos ayude a volver a Cristo su Madre santísima, a la que veneramos con fervor en la advocación de la Virgen del Mar, e invocamos como Madre y Patrona de nuestra ciudad.

Santuario de la Patrona
Almería, a 28 de agosto de 2005

+ ADOLFO GONZÁLEZ MONTES
Obispo de Almería

PALABRAS AL TÉRMINO DE LA PROCESIÓN DE LA PATRONA

Almerienses: Hemos acompañado un año más la imagen sagrada de la Virgen del Mar, Patrona de nuestra ciudad, dando así testimonio de nuestro amor por la Madre de Cristo y agradeciendo a Dios su misión de salvación para con nosotros. Es el mismo Cristo crucificado quien nos la ha entregado por Madre momentos antes de su muerte en la cruz.

María nos está siempre invitando a que acojamos a Cristo en nosotros para poder hacernos verdaderamente hermanos en él e hijos del Padre de los cielos. El fervor con que hemos acompañado a María es expresión de nuestro compromiso con Cristo. Lo pide así una vida consecuente con la fe en la misión de salvación que Dios ha confiado a María como Madre del Redentor y Mediador único entre Dios y los hombres, Jesucristo nuestro Señor.

Este compromiso con Cristo exige de nosotros vivir unidos en la comunión de la Iglesia, dejarnos iluminar por la palabra de Dios y el magisterio de los pastores de la Iglesia que la interpretan por voluntad de Cristo.

Acudamos a María y ella nos llevará a Cristo en las dificultades de la vida igual que en las alegrías, porque todo cuanto nos sucede ha de servir siempre para aceptación en nosotros de la voluntad de Dios Padre, que tiene entrañas maternales de misericordia.

En este año de la Inmaculada y de la Eucaristía, volveos hacia Cristo con espíritu de fe y de conversión. No permitáis que se debilite vuestra vida cristiana y vivid según los mandamientos de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. Así se lo pedimos a la santísima Virgen del Mar poniéndonos bajo la protección de su manto.

Almerienses gritad conmigo: ¡Viva la Virgen del Mar!, ¡Viva la Patrona de Almería!, ¡Viva la Madre de Dios!