HOMILÍA
HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN ESTEBAN
Aniversario de la entrega de Almería a los Reyes Católicos
Lecturas: Hech 6,8-10; 7,54-59
Sal 30
Mt 10, 17-22
Muy Ilustres Señores Capitulares y hermanos sacerdotes;
Ilmo. Sr. Alcalde y Corporación municipal de Almería;
Respetadas Autoridades civiles, militares y judiciales;
Miembros de la Policía local, que hoy celebráis
el patrocinio de san Esteban;
Hermanos y hermanas en Cristo:
Un año más la fiesta de san Esteban, que sigue a la Navidad, nos congrega para celebrar el aniversario de la entrega a los Reyes Católicos de la Ciudad de Almería, con la cual se asentó definitivamente la recuperación de estas tierras para la España cristiana. Aquel acontecimiento fue un paso decisivo hacia la unidad nacional, que se venía gestando con la contribución a ella de todos los reinos hispanos. Todos ellos, en efecto, aunaron esfuerzos para ver logrado un proyecto de reconstrucción histórica malogrado por la invasión musulmana durante siglos.
Damos gracias a Dios y pedimos que nuestra conmemoración sea hoy un acontecimiento portador de paz, porque nuestra fiesta no es algo que resulte incompatible con nuestra fraterna apertura a los hombres de otras culturas y a los valores de otras religiones. La fraternidad de los hombres y de los pueblos se ha de dar, por lo demás, sobre diversidad de las culturas y de las religiones. Más aún, las religiones, si de verdad son expresión de la experiencia de Dios, siempre cercano al hombre, sólo pueden ser portadoras de paz. La utilización del nombre de Dios para el enfrentamiento y, más aún, la dominación o el exterminio, es algo por entero contrario al sentido cristiano de lo divino, resultado de la revelación de Dios en Jesucristo, verdadero Príncipe de la Paz.
El pasado 28 de octubre se cumplían los cuarenta años de la Declaración conciliar sobre las religiones no cristianas Nostra aetate, aprobada ya en el último trecho del Vaticano II, que se clausuraba el 8 de diciembre de 1965. Esta declaración expresa con claridad la doctrina de la Iglesia sobre las religiones no cristianas: “La Iglesia no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo”, y por eso “exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los seguidores de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio culturales que se encuentran en ellos” (VATICANO II, Declaración Nostra aetate, n. 2). La Iglesia Católica reconoce que las religiones “no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” (ibid.); pero la Iglesia, como depositaria de la revelación que Dios ha entregado a la humanidad en Jesucristo, tiene que anunciar la plenitud de la verdad revelada en Jesucristo.
La Iglesia tiene que anunciar que Jesús es el Hijo de Dios encarnado, es la Palabra de Dios que ha querido nacer de la Virgen para la humanidad en el tiempo, pero que nació de Dios, como dice san León Magno, en la eternidad. Fue engendrado en el seno del Padre antes de los siglos, porque él era “la Palabra que estaba junto a Dios y era Dios” (Jn 1,2). Lo que quedó acreditado por su resurrección de entre los muertos y su gloriosa aparición a los testigos de su historia, enviados a anunciar el Evangelio de sal salvación a todos los pueblos: “Id y haced discípulos de todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo cuanto yo os he mandado” (Mt 28,19s).
Por esto, la Iglesia Católica, agrega la declaración conciliar “anuncia y tiene la obligación de anunciar sin cesar a Cristo, que es «camino, verdad y vida» (Jn 14,6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa, en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas” (NA, n.2b).
Manifestándolo así la Iglesia no sólo no ofende a nadie, sino que declara aún que el reconocimiento que le merecen otras religiones se funda en la misteriosa relación que toda religión guarda con Cristo, Palabra de Dios, “pues todo se hizo por él y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho” (Jn 1,3). Cristo, en verdad, por quien Dios hizo el universo, “es el resplandor de su gloria e impronta de su sustancia” (Hb 1,11), dice el autor de la carta a los Hebreos; y san Pablo, por su parte, escribiendo a los Colosenses dice que en Cristo “reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y vosotros alcanzáis la plenitud en él, que es la cabeza de todo principado y de toda potestad” (Col 2,9-10).
Lo sabían bien aquellas nuevas comunidades parroquiales que vieron en la encarnación del Verbo de Dios el misterio de Cristo al que mejor dedicar las nuevas iglesias de la recién restaurada diócesis de Almería, que en 1505 dio cauce a la creación de más de 42 parroquias. Justo a lo largo de este año que termina hemos celebrado el V centenario de aquella ordenación canónica de nuestra Iglesia. Algunas de las iglesias levantadas entonces fueron dedicadas al misterio de la Anunciación a María de la Encarnación del Verbo.
La libertad religiosa se ejerce mediante la libertad de palabra con la que se proclama el Evangelio llamando a la conversión y la fe. La palabra pronunciada en libertad ayuda a configurar la vida con el credo que se acepta en la fe profesada. La vinculación de la conciencia creyente al credo profesado hace imposible la reducción de las religiones a común denominador. No es posible allanamiento alguno de la conciencia religiosa de los ciudadanos, porque en la libertad de religiosa las sociedades verdaderamente democráticas encuentran la expresión más elevada del ejercicio de las libertades que son inherentes al ser humano.
En un contexto histórico y social ciertamente diverso, nuestros antepasados quisieron vivir en libertad su fe y emprendiendo la aventura histórica de recomponer el tejido social cristiano de los pueblos de España. Quisieron la fe en Cristo como inspiración de un modo de vida y de una cultura que era la misma que estaba dando forma a los pueblos de Europa, a cuya natural unidad espiritual habían pertenecido y querían seguir perteneciendo, considerando el islam una grave amenaza para su duración histórica como pueblos cristianos.
Hoy vivimos una situación distinta pero no exenta de graves riesgos. El Concilio declaró: “La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios vivo y subsistente, misericordioso y omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse por entero, como se sometió a Dios Abrahán, a quien la fe islámica se refiere de buen grado”. Al mismo tiempo, el Concilio, que hace cuarenta años expresaba así su sincero reconocimiento de los valores religiosos del islam, recordaba a todos que en el pasado habían existido “no pocas disensiones y enemistades entre cristianos y musulmanes” (NA, n. 3), para exhortar a todos a buscar hoy caminos de paz y de cooperación.
Hoy no es bueno para la paz soslayar que estas disensiones y enemistades de las que habla el concilio han vuelto a ser un factor de honda preocupación. Hoy no es posible no prestar atención al riesgo que entrañan algunas corrientes actuales del integrismo islámico, que no se han de identificar con los mejores sentimientos religiosos del islam. No es aceptable la utilización de la religión para la desestabilización de los países y las sociedades, y hacerlo así, tratando de imponer mediante el terrorismo la propia visión de la historia y del mundo coloca en una difícil situación todos los intentos de buena voluntad por establecer cauces de diálogo interreligioso por la paz y la tolerancia.
No es nada bueno para la memoria histórica, ciertamente, ocultar los hechos sucedidos y encubrir la verdad de los hechos históricos, ni mucho menos cambiarlos y desfigurar su significado notorio para hacerlo coincidir con la propia ideología. Los reinos de España defendieron históricamente su identidad. El que España no sea hoy del mismo modo que ayer una sociedad confesionalmente cristiana no quiere decir que no lo fuera ayer, y que el cristianismo no haya infundido su más profunda inspiración en nuestra historia. Nuestra sociedad de hoy no podrá sobrevivir si sólo se apoya sobre la negación de la historia de ayer.
En mi mensaje de Navidad he llamado a todos a la concordia y a la paz en el ámbito de nuestra Iglesia, en el cual Dios me ha constituido pastor del pueblo de Dios. Por eso con la autoridad de Cristo permitidme, hermanos, que con toda humildad os exhorte a todos al reconocimiento recíproco y la unidad en la estima de unos por otros, porque los valores de todos son estimables siempre. Se han de evitar descalificaciones y enfrentamientos que destruyen la paz social y crean una crispación dañina para la vida en libertad. El espíritu de la transición que condujo a la recuperación de la democracia es, sin duda alguna, un camino de encuentro permanente para todos.
Permitidme también que pida una comprensión objetiva de la vida de la Iglesia, empeñada en la defensa de las libertades fundamentales por servicio al hombre y a los más desfavorecidos. Nadie con honradez de conciencia podrá negar el compromiso social y el inmenso bien que la Iglesia Católica lleva a tantos desfavorecidos y desheredados del mundo. Tampoco se podrá poner en duda su compromiso en defensa de las libertades de todos. Expone la doctrina cristiana con libertad evangélica y propone la concepción del hombre que emana de la predicación de Cristo. La Iglesia declara que los derechos fundamentales de la personas son anteriores al Estado y al ordenamiento positivo de la ley. Reconoce, naturalmente que es al Estado a quien compete regular el ejercicio de estos derechos, pero no puede aceptar que se impida el libre ejercicio de los derechos fundamentales de la persona, de las familias y de los grupos sociales. El Evangelio de Cristo ha sido y es fuente de libertad y de reconocimiento de la dignidad de la persona y de todas las causas justas y nobles en su favor; y en algunas circunstancias la Iglesia es en algunos lugares el único reducto de libertad y de concordia.
Confesar a Cristo como lo hizo san Esteban, el primero en dar la vida por testimoniar que Cristo es la Verdad de Dios, es anunciar al mundo que el nombre de Cristo es el único en el que hemos sido salvados. Si por ello hay que padecer, la palabra de Cristo nos lo advierte: “Todos os odiarán por mi nombre: el que persevere hasta el final se salvará” (Mt 10,22).
La Iglesia es consciente de la estima en que la religión católica es tenida en nuestro pueblo, por eso quiere confiar en que esta estima sea considerada como lo que sin duda es: aprecio por los valores que derivan del Evangelio de Cristo. Por los valores evangélicos merece, en verdad, entregar la vida al servicio de los hombres.
No puedo dejar de referirme a la labor en defensa de la ley y de la paz social que realiza el Cuerpo de policía local. Sabemos que la estabilidad de una sociedad como la nuestra se ha vuelto muy vulnerable, y su defensa requiere un esfuerzo mayor. Las violaciones de la ley y de la convivencia ciudadana, y la aparente impunidad con que se comenten actos contrarios a la ley amenazando la vida de las personas con la agresión y el crimen suponen hoy un reto que exige grandes sacrificios por parte de los defensores del orden público. A todos los que componen este cuerpo de paz tan necesario y a sus familias encomendamos hoy a san Esteban Protomártir. Que él los proteja, y que su entrega hasta la muerte por amor a Cristo sirva de estímulo a cuantos dedican su vida al servicio de los demás.
Encomendamos la Ciudad y su Corporación e instituciones ciudadanas y sociales a la bienaventurada Virgen María, Madre de Jesucristo nuestro Señor, y a su esposo san José, custodio de ambos por designio de Dios; suplicando de la sagrada Familia que el nuevo año traiga paz social y el mayor bienestar a los que habitamos estas amadas tierra de Almería, a sus naturales y los que entre nosotros buscan mejor vida y mayor bienestar.
A. A. I. Catedral de la Encarnación
26 de diciembre de 2005
+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería
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